olor de santidad
julio 18, 2014 § Deja un comentario
Un santo no puede soportar su dicha mientras haya otros que sufran de hambre y sed. Un santo es aquel que prefiere dejar de comer para que otros coman. Un santo se sacrifica —se inmola— por los demás. Estamos, sin duda, ante un exceso, pues no estamos hablando de la caridad puntual. ¿Se trata de una tara psicológica? ¿De una deformidad del carácter? ¿Qué diríamos, si el santo se arrancara el brazo para que los hambrientos pudieran comer (pues la «tendencia» es ésta)? ¿Qué diríamos, si quien lo hiciera fuera un padre para que sus hijos pudieran seguir con vida? ¡La eucaristía tal cual! Es posible que no haya santo sin tara. Al menos, por aquello de que cualquier exceso es «anormal». Pero un creyente debería ver en ese exceso, esa tara, el instrumento de Dios. Como los antiguos griegos veían en la locura el instrumento de las musas. Un santo es, al fin y al cabo, lo que representa o encarna. De ahí la importancia de una palabra que nos diga en nombre de qué —mejor dicho, de quién— un santo hace lo que hace. Sin palabra, la tara no deja de ser una tara.