neomito
julio 20, 2014 § Deja un comentario
Es un tópico del cristianismo «progre» la idea de que un corazón puro acaba transformando el mundo (Torres Queiruga dixit). La idea recibe su apoyo empírico de lo que podemos observar en las relaciones de tú a tú. Pues, ciertamente, es difícil que las cosas vayan a más cuando uno de los dos no quiere pelearse. En el terreno de las relaciones domésticas, el devolver bien por mal suele dar buen resultado. Sin embargo, lo que vale para las relaciones interpersonales no tiene por qué valer para las relaciones sociales. Esto es, una sociedad extensa no es simplemente una suma de individuos. O, por decirlo en los términos de la sociología de Ferdinand Tönnies, los principios que integran a los miembros de una sociedad no son estrictamente los mismos que aquellos que integran a los de una comunidad. Hay un corte ontológico entre una sociedad y una comunidad —corte que podríamos considerar análogo al que media entre el macrocosmos y el mundo de las partículas elementales— y, a veces, uno tiene la impresión de que el cristianismo «progre» sigue pensando la solución al problema social como si aún formáramos parte de una comunidad tribal: otro mundo es posible, si todos llegáramos a ser tan buenos como Jesús. Vale. Sin embargo, tengo mis dudas de que este lema sea propiamente cristiano, aunque la inspiración pueda ser, sin duda, cristiana. Pues a diferencia del antiguo profetismo de Israel, ligado aún a los esquemas de una religión regional, el cristianismo originario es muy consciente del poder del «mundo». Hay algo en el «mundo» que se resiste sustancialmente a la bondad. No parece que sea suficiente con ser buenos tal y como Dios manda. Aquí quizá convenga recordar aquello de que Satán es el príncipe del «mundo». La idea intenta expresar en clave mítica esa obstinación del mal, su carácter pétreo, definitivo. Más aún: en los evangelios lo que encontramos es, precisamente, el fracaso del corazón puro. Pues, si aquel que era tan bueno como solo Dios podía serlo, según dicen muchos cristianos, no llegó a transformar el corazón de los hombres, ¿cómo podemos seguir diciendo impunemente que un corazón puro acaba transformando el mundo? ¿Acaso no estamos ante la creencia típica de quienes pueden permitirse el lujo de soñar, que no esperar, un mundo mejor? ¿No es este un ejemplo, otro más, de onanismo espiritual? Obviamente, el cristianismo no es una receta moral, aunque incluya, sin duda, mucha moral. Y es que la superación del mundo, según la fe, no nace del esfuerzo moral por realizar la Ley, sino del sacrificio del Hijo. Ciertamente, para quienes creen que la Cruz podría haberse evitado, si los hombres hubiéramos aceptado la bondad que venía de Dios, el sacrificio carece de relevancia teológica. No hay necesidad. Pero esta idea es en el fondo tautológica. Pues resulta obvio que si fuéramos como Dios quiere, la cosa no habría terminado tan mal. La cuestión aquí es por qué los hombres no podemos aceptar la bondad que viene de Dios. Pues, cuanto menos, cabe sospechar que nuestra resistencia sustancial a la bondad tiene que ver con el hecho mismo de haber sido arrojados al mundo —con el simple hecho de ex-sistir—. Cabe sospechar que la existencia es, de por sí, atea, aun cuando, de hecho, lleguemos a manejar alguna que otra idea de Dios. Quizá sea la religión el mejor encubrimiento de nuestro ateísmo. Quizá gracias a la religión, mejor dicho, a una religión fuertemente moralizada, hayamos olvidado que no es posible habitar este mundo sin darle de algún modo la espalda a Dios. Así, cuanta más religión, menos Dios. En medio de las prácticas religiosas —aquellas que dan a Dios por descontado y que suponen sin rubor que el hombre puede aproximarse a Dios, si hace lo debido— es ciertamente difícil darse cuenta de que es la negación de Dios lo que hace posible la existencia del hombre. Mientras sigamos creyendo que el Mal es moralmente superable, aunque sea en nombre de algún dios, —o, por decirlo en teológico, mientras sigamos resistiéndonos a la necesidad cósmica, como quien dice, del sacrificio de Dios— difícilmente llegaremos a comprender el núcleo duro del novum cristiano. De ahí que muchos acaben diciendo que en verdad no hay tanta diferencia entre Jesús y, pongamos por caso, Confucio.