la filosofía como forma de vida

agosto 1, 2014 § Deja un comentario

¿Por qué Platón? Mejor dicho, ¿por qué Platón después de Sócrates? ¿Acaso es posible superar la confesión socrática de ignorancia, el reconocimiento de que nunca sabremos de qué estamos hablando, al menos mientras empleemos «las grandes palabras»? ¿Cómo es que Platón se atreve con una metafísica? Quizá porque resulta inevitable preguntarse por las razones de la ignorancia socrática. ¿Por qué no nos es posible llegar a saber? ¿Se trata simplemente de una cuestión de hecho o, por el contrario, estamos ante un cuestión de principio? ¿Es que Sócrates fue un inútil? Hay que entender la metafísica platónica como un intento de fundamentar la posición socrática, el dato originario de que el más sabio se va de este mundo con los deberes por hacer, es decir, sin tener mucha idea del porqué de tot plegat. Ahora bien, ¿deberíamos entender el relativo fracaso del platonismo como una revancha del viejo Sócrates? Puede. Sin embargo, la filosofía como actividad oscila desde entonces entre el análisis corrosivo de los conceptos y el ejercicio espiritual, en el sentido que Pierre Hadot le da a la expresión, esto es, el modo de existir de quien se habitúa al carácter necesariamente inconcluso de nuestro estar frente a lo real. Pues un análisis que de por hecho que cabe algo así como un término, un zanjar definitivamente la cuestión —y no solo crea que debería haber un término—, esto es, un análisis que en ningún momento se pregunte por qué siempre cabe un interrogante de más, un análisis que no se enfrente al carácter recursivo de la reflexión, tarde o temprano, termina en un mero ejercicio intelectual, en sofisma, en escolástica. Es decir, en pasatiempo. Por esto el análisis, si como tal pretende ser significativo, debe ir necesariamente acompañado de ciertas afirmaciones sobre la naturaleza de nuestro estar en el mundo y, en particular, sobre el modo de ser propio de quien se pregunta por la verdad, en el sentido de qué tiene en verdad lugar en medio de las cosas que (nos) pasan. Y de ahí a atreverse a entrar en el terreno pantanoso de la metafísica, en definitiva, al tener que hablar de lo que no podemos lógicamente hablar, hay un paso. De lo contrario, tendrían razón quienes vieron en Sócrates a un simpático embaucador.

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