dejarse llevar por las apariencias
agosto 26, 2014 § Deja un comentario
¿Hay Dios? No lo parece. Sin embargo, es innegable que a algunos sí que se lo parece. Ahora bien, ¿hemos de concluir que hay Dios —o que no lo hay— sobre la base de lo que nos parezca? Nadie diría que hay más vacío que materia en la mesa sobre la que escribo estas líneas. Y aun así, según dicen los que saben, hay más vacío que materia. Consecuentemente, tanto podría haber Dios aunque no nos lo parezca, como no haberlo, aunque nos lo parezca. Pues el parecer no constituye la medida de cuanto es. Sin embargo, supongamos que efectivamente hubiera Dios aunque no nos lo parezca. ¿Tiene sentido un Dios que no parezca Dios—que no se imponga a nuestra receptividad, precisamente, como Dios? ¿Acaso no es Dios aquel que se muestra como tal? Vayamos por pasos. Una cosa es el parecer y otra el aparecer. El parecer solo tiene que ver conmigo. A mí me parece que hay Dios —o que no lo hay. En este sentido, el parecer posee el carácter de la interpretación. Desde la experiencia de las cosas que pasan, unos creen que hay Dios y otros no. Dios o su falta se muestran así como el garante de una visión del mundo. El aparecer, en cambio, pertenece a eso que aparece, aun cuando, sin duda, nada aparece si no es en relación con aquel que da fe de la aparición. Ahora bien, el peso de esta relación no lo lleva el testigo, sino la cosa, aunque estrictamente hablando eso que aparece no pueda ser en modo alguno cosa. En el dar fe hay una pasividad constituyente. Solo ficticiamente el parecer es pasivo. Bajo la capa de una simple receptividad, el parecer impone una férrea visión sobre lo dado. En cambio, el a-parecer, literalmente, niega el parecer. Nada parece en el aparecer. O, por decirlo en metafísico, lo que aparece no se muestra en su mostrarse a una determinada receptividad. Lo que a-parece siempre da, como quien dice, un paso atrás en su mostrarse. Por eso lo que a-parece siempre se muestra sensiblemente como ilusión: siempre parece pero no es. De ahí podríamos inferir que Dios en verdad no puede aparecer como dios. El aparecer de Dios va, pues, con la negación de la divinidad tal y como se muestra al hombre. Así, con respecto a Dios mismo, no puede parecer que haya Dios. La divinidad es Dios en a-pariencia. Dios se oculta en la divinidad. Y quizá aquí resida el hardcore de la crítica profética al ídolo. Pues no deberíamos olvidar que el Dios de Israel es un Dios que no parece que sea un dios.