la tentación sacerdotal

agosto 28, 2014 § Deja un comentario

Una práctica muy extendida entre los pastores es la de mostrar a sus ovejas que estan «en falso». ¿Acaso dáis de comer al hambriento? ¿Acaso podéis declarar sinceramente que Jesús es el Señor? Obviamente, no hay manera de decir que sí. Ni siquiera los santos dicen de sí mismos que se encuentran cerca de Dios. Más bien, confiesan lo contrario, cosa la cual no deja de ser cuanto menos desconcertante. En cualquier caso, con su dedo acusador los pastores crean una doble ilusión. Por un lado, la de que es posible no estar en falso con respecto a Dios. Por otro, la de que ellos, los delatores, se libran de la quema, pues quien denuncia de este modo, se sitúa por defecto en la atalaya de la superioridad moral. Ahora bien, por ello mismo, esta doble ilusión no se encuentra tanto al servicio de la verdad como de la constitución de un orden moral, estrictamente, un orden familiar, al fin y al cabo, político. Un pastor es, literalmente, un padre. Y un padre es aquel que le dice al niño que es lo que tiene que hacer para ser bueno. El niño, tarde o temprano, lo hace, pues como niño que es necesita de la bendición del padre. Al detentar el padre el poder de la bendición, el niño termina creyendo que es posible hacer méritos para obtenerla. Y así, con la bendición de los padres, se crea una jerarquía, la casta de los niños buenos frente a los malos o simplemente tibios. Pura política. Acaso se trate de algo inevitable, siendo este asunto, el del orden político-moral, un asunto demasiado humano como para que pueda preservar el hálito de lo divino. Sin embargo, por esto mismo, un cristianismo que termina cosificado en un orden político-moral difícilmente permitirá la difusión de la verdad que lo soporta. Pues, si es que debemos atender el testimonio evangélico, ni siquiera quien ha sido capaz de Dios sabe a ciencia cierta si ha sido capaz de Dios.

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