a vueltas con Job

septiembre 10, 2014 § Deja un comentario

El problema que plantea el libro de Job quizá no sea propiamente el problema de la teodicea. Para el Antiguo Testamento, nada ocurre «sin Dios». Lo que encontramos en Amós —»¿sucede alguna desgracia en la ciudad que no la mande Yavhé?» (Am 3,6)— o en el libro de las Lamentaciones —»¿quién podrá decir que el mal y el bien no salen de la boca del Altísimo?» (Lam 3, 37-38)— atraviesa el conjunto de la Biblia hebrea. El problema que plantea el libro de Job no es, por tanto, el problema del sufrimiento, sino el del sufrimiento del justo. Si Dios bendice a quienes le son fieles, ¿cómo es posible que Job caiga en la desgracia? Ante el exceso del Mal, la respuesta profética —el sufrimiento es debido a la infidelidad de Israel— no resulta convincente. Sin embargo, la autoridad del profeta es, bíblicamente, incuestionable. Por eso el Antiguo Testamento, al querer mantenerse en la convicción de que Dios no abandona a los justos, se ve casi forzado a confesar que «no hay nadie justo, nadie capaz de hacer el bien» (Salmo 14). El problema de la teodicea, pues, se plantea crudamente después de que el cristianismo se atreva a declarar que Dios es amor (1 Jn 4, 7-12). Ahora bien, dicho problema —cómo es posible que un Dios que es amor permita la desgracia— no es, estrictamente hablando, evangélico. Pues el evangelio constituye, precisamente, el relato de la redención. Solo cuando el creyente deja de situarse en la óptica de la redención —solo cuando la soteriología cristiana deja de ser significativa para el mismo creyente—, el problema de la teodicea se plantea como tal. Es entonces —y no antes— cuando Dios deviene una cuestión —y no solo un misterio— para la conciencia creyente. Por consiguiente, el problema de la Teodicea no es tanto un problema como un síntoma.

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