Ecl 1, 2-11

septiembre 11, 2014 § Deja un comentario

Dice Qohelet: todos los ríos fluyen al mar, pero el mar no se llena. El agua vuelve a los manantiales, y vuelve al mar. Te empeñas en expresar con palabras todo lo que sucede, pero no lo consigues. Porque oyendo y viendo nunca llegas al final. En realidad no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que fue, volverá a ser. Lo que se hizo, volverá a hacerse. «¡Mira —dicen—, ahí tienes algo nuevo.» ¡Absurdo! Eso ocurrió mucho antes de haber nacido nosotros. Nada sabemos ya de lo que hicieron nuestros antepasados. Y lo que hoy hacemos y hagan mañana nuestros hijos, pronto caerá en el olvido. Pues bien, hasta Nietzsche, nadie se atrevió a escribir con este estilo. Nadie, salvo Nietzsche miles de años después, fue capaz de decir las cosas de tal modo que ya no pudiéramos preguntarnos por su verdad. Es posible que Nietzsche haya escrito el equivalente moderno de la Biblia, un evangelio para la verdad antievangélica. Sin embargo, el error de Nietzsche fue no haber visto que la muerte de Dios, lejos de disolver el valor, lo hace posible.

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