la ley (no) salva
septiembre 14, 2014 § Deja un comentario
Se nos dijo que la Ley no salva. Y probablemente sea así. Al menos, esto es lo que tienden a pensar quienes, cual adolescentes, viven la Ley como coerción. Ahora bien, para medir el alcance de la tesis primero hay que hacer un esfuerzo por comprender el porqué de su contraria. ¿Cómo fue posible decir que la Ley salva? Quizá las cosas fueron así. Los hombres y las mujeres no somos nada sin vínculos que nos liguen a la tierra (o al cielo, depende): con nuestros padres, nuestros hijos, los amigos, el esposo, la esposa, la misión… Un vínculo es un atarse a lo que creemos incondicional y, por eso mismo, un vínculo pretende ser indisoluble. Sin vínculos que valgan —sin voluntad de abrazar eso que tiene que valer para siempre— fácilmente acabamos sometidos a la lógica de lo comercial: todo termina teniendo un precio, aunque no necesariamente monetario. Pero si esto es así, nosotros mismos acabamos siendo meras piezas intercambiables. De nuestros vínculos —de nuestras fidelidades— depende que podamos sustraernos al poder, por definición variable, de la circunstancia. Ahora bien ¿de qué dependen nuestros vínculos? Si el vínculo dependiera de los afectos ya se sabe: hoy me atraes, pero mañana me repugnas. Hoy te acaricio, pero mañana te ahogaría, si pudiera. Sobre la base de los afectos, no hay vínculo que no sea temporal. Y, sin embargo, desde la óptica de la muerte, que es la que nos permite distinguir entre lo que importa y lo que no, vemos con claridad que los hijos, el amigo, la esposa… no deben ser repudiados, por mucho que nos hayan fallado. Su vida vale más que nuestros afectos. Y porque vale más debe ser preservada del poder de la muerte. La Ley es, en su origen, sagrada porque su primer propósito es el de preservar aquello que de sagrado —aquello que de intocable, de valioso— hay en la existencia humana. Pero si los hombres y las mujeres vivimos como si fuéramos inmortales —que es como vivimos por lo común—, entonces no hay nada que hacer: inevitablemente viviremos la Ley como el muro que nos priva de libertad. Pues es normal que solo los afectos —las pasiones— nos hagan sentir vivos. La Ley, pues, no salva. Pero no porque no tenga sentido, sino porque los hombres y las mujeres difícilmente vemos la vida que nos ha tocado en suerte desde la óptica de los días finales. (Con todo, también es cierto que desde los días finales, como supo ver Pablo, la Ley deja de ser necesaria: cuando ya no hay tiempo por delante, fácilmente vemos qué es lo que tenemos que hacer.)