himno a Atón

septiembre 15, 2014 § Deja un comentario

La tumba de Ai, un alto funcionario de la corte de Akhenaton, el faraón que impuso a Aton como única deidad merecedora de culto en detrimento de cualquier otro dios, encontramos la siguiente inscripción: «no hay otro que te conozca, salvo tu hijo Akhenaton, solo él conoce tus planes y tu poder. […] En cuanto a los que marchan a pie, desde que creaste la tierra, los has criado para tu hijo, que nació de ti mismo, el Rey del Alto y el Bajo Egipto, Akhenaton». El aire de familia con el evangelio de Juan o algunos temas de las cartas de Pablo es evidente. Tampoco debería extrañarnos, pues, como sabe cualquiera que posea una mínima cultura histórica, la noción de Hijo de Dios es un tópico de la Antigüedad. Sin embargo, esta constatación, a pesar de lo que pueda darnos a entender una primera impresión, no relativiza el kerygma evangélico. Al contrario: lo vuelve significativo. Pues, lo determinante aquí es que la expresión «Hijo de Dios» no se atribuye a quien, en principio, podría merecerla —un príncipe, un césar, alguien con poder—, sino a aquel que muere, precisamente, como un impotente, colgado de la cruz destinada a los malditos de Dios. Antiguamente, podría discutirse si fue Akhenaton o Augusto aquel por quien todo fue hecho, el verdadero hijo de Dios, del mismo modo que hoy en día los eruditos podrían discutir si fue Shakespeare o Marlowe el autor de Macbeth. Pero que Jesús fuera en verdad Hijo de Dios —más aún: el unigénito— era lo que ningún pagano se hubiera atrevido a discutir. A oídos antiguos la confesión de Jesús como Hijo de Dios debió sonar como si alguien, hoy en día, dijera, a propósito de la disputa anterior entre Shakespeare o Marlowe, que en verdad la tragedia de Macbeth fue escrita por un deficiente mental.

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