confesiones

septiembre 16, 2014 § Deja un comentario

¿Puede un cristiano blanco y occidental confesar hoy en día que Jesús de Nazareth es el Hijo unigénito de Dios? ¿Qué él es el Cristo, el Ungido de Dios en el se cumplen las esperanzas mesiánicas? Es obvio que no. Pues para que pudiera hacerlo debería pertenecer a otro mundo: un mundo en donde se aguarda al Mesías, un mundo en donde la expresión «Hijo de Dios» se encuentra culturalmente disponible. Por tanto, no se trata de que pueda confesarlo como lo confesaron los primeros creyentes. Sin embargo, tampoco se trata de actualizar el kerygma, diciendo, por ejemplo, que confesar la filiación divina de Jesús de Nazareth es lo mismo que decir que Jesús fue «un hombre de Dios». O que Jesús nos da esperanza al permitirnos concebir un mundo fraternal. Esto es, no se trata de que nosotros —hombres y mujeres prou satisfets— podamos adaptar el anuncio evangélico a nuestra capacidad de comprensión. De lo que se trata, es de intentar comprender, desde la piel del único sujeto de la fe —el desgraciado, el abandonado de Dios, el lumpen—, qué pudo suponer, en la Galilea empobrecida de por aquel entonces, sometida al yugo romano y heredera de la tradición mosaica, la irrupción de una figura como la de Jesús de Nazareth, incluyendo aquí su mal final. Entonces es posible que entendamos algunas cosas. Entre otras que no somos, precisamente, nosotros, blancos y occidentales, quienes podemos verlo como Hijo de Dios.

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