dice Pagola
septiembre 20, 2014 § Deja un comentario
Como decíamos en una entrada anterior («según las Escrituras»), la creencia en la resurrección va con el pack Mesías. El Mesías, decíamos, es aquel que, según el mesianismo de corte apocalíptico, juzgará a vivos y a muertos en nombre de Dios. En este sentido, la convicción de que el crucificado fue en verdad el Mesías antecede, como quien dice, a la fe en la resurrección. En este sentido, la exégesis moderna suele desligar los relatos de las apariciones de la fe en la resurrección. Así, los primeros cristianos no creen en la resurrección porque se les apareciera Jesús, sino que se les aparece Jesús porque creyeron en su resurreción, esto es, porque confesaron a Jesús como el Mesías crucificado. Como suelen decir los exegetas, los relatos de las apariciones son relatos de legitimación. Un apóstol, un enviado, era alguien que había visto lo que los otros creyentes eran incapaces de ver por sí mismos. Pues bien, a la luz de lo dicho, no deja de sorprender que Pagola, y con él tantos otros, insistan en que por debajo de la fe en la resurrección hay, además (y puede que antes que nada), una experiencia. No tengo claro en qué pueda consistir dicha experiencia, sobre todo, si ha de poder expresarse por medio de las categorías de la resurrección, categorías que pertenecen a un mundo que ya no es el nuestro. Así, fácilmente acabamos expresando como resurrección lo que hoy en día expondríamos normalmente por medio de un concepto como el de «resilencia»…, sin darnos cuenta de que no estamos hablando de lo mismo. En cualquier caso, es de suponer que la insistencia en localizar la experiencia que hay detrás de la fe en la resurrección tiene que ver con el hecho de que la esperanza mesiánica ya no es la nuestra y que, por tanto, es necesario sentar sobre nuevas bases dicha fe, sin duda, nuclear en el cristianismo. Ocurre aquí algo parecido a la fe en la paternidad de Dios. Pablo, como es sabido, sostiene aquello de que fuimos hechos hijos por medio del Hijo (Gal 3, 25-26). Esto es, la fe en el Hijo es la que sostiene la fe en la efectiva paternidad de Dios. Intentar colar una experiencia independiente de Dios como Padre quizá pueda ser pastoralmente eficaz, pero probablemente no acabe de ser cristiano. Pues, es precisamente desde la cruz que el carácter paternal de Dios es, cuanto menos, problemático. O, mejor dicho, problemático… siempre y cuando no tengamos presente el perdón que desciende de esa cruz. De ahí que los intentos de lograr una experiencia de Dios como Padre al margen del crucificado, lejos de ser la expresión de una fe mas auténtica, sea el síntoma de que ya no sabemos qué hacer con la confesión que reconoce a Jesús como el unigénito de Dios.
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