monasterios
septiembre 30, 2014 § Deja un comentario
Que vivimos en fuera de juego es evidente para quien se pare a pensar. Esto es, nuestra vida, por lo común, no arraiga en la verdad, mejor dicho, en lo que en verdad tiene lugar. Así, pongamos por caso, podemos llegar a darnos cuenta de que la vida es, efectivamente, un don, algo que nos ha sido dado dentro de un plazo. Ahora bien, las urgencias del día a día —las exigencias de la adaptación— de algún modo nos obligan a tratar con las cosas que nos han sido dadas como si fueran algo a nuestra entera disposición, algo más o menos útil. Por consiguiente, o bien marcamos la cotidianidad con los signos de la verdad, en último término, con las señas de la alteridad, o bien generamos un entorno en donde podamos hacer abstracción de las demandas, por lo común implacables, de la adaptación. Esto es, o bien rito, o bien monasterio. El rito ya no procede en sociedades fuertemente secularizadas. La inviabilidad del rito hace ciertamente difícil eso de ser contemplativos en la acción: el momento de la contemplación queda esencialmente separado del momento de la acción. Pero el monasterio, donde ya no cabe el rito, es hacer trampas. Con todo, quizá siga siendo necesario que haya hombres y mujeres que, aunque sea haciendo trampas, nos recuerden que es posible sobrevivir al trato, en definitiva, que hay vida, acaso la única posible, más allá de la utilidad.
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