el hombre que venía de Dios
octubre 28, 2014 § Deja un comentario
Es sabido que para los primeros cristianos Jesús de Nazareth fue algo así como un nuevo Moisés. Pues de él se decía lo que tradicionalmente se decía de Moisés, a saber, que Dios no se le dirigía por medio de sueños que exigen ser interpretados, sino cara a cara. «En presencia y no adivinando contempla la figura del Señor» (Nm 12, 6-8). Ergo, parece que en el judaísmo antiguo se distinguía entre el simple profeta y aquellos que gozaban, como quien dice, de una mayor intimidad con Dios. De ahí que no podamos sinceramente deducir la divinidad de Jesús diciendo aquello de que nadie como él estuvo tan cerca de Dios. No disponemos de un contador Geiger que nos permita medir los grados de santidad de los hombres de Dios. A lo sumo, siendo honestos, deberíamos decir que si Jesús fue algo más que un mero profeta, lo fue… como pudieron serlo otros (pocos más, sin duda, pero haberlos, haylos). El reconocimiento de Jesús de Nazareth como Señor, en definitiva, el reconocimiento de Dios como Jesús de Nazareth exige municion de mayor calibre que aquella con la que disparamos al decir que Jesús fue divino porque, según cuentan, tenía un trato especial con Dios. Ahora bien, en cualquier caso la tesis cristiana fue, evidentemente, escandalosa para cualquier creyente de por aquel entonces. Y es que a oídos de los judíos piadosos de la época, la confesión cristiana sonaba como si se hubiera escupido sobre la tumba de Moisés: como si hoy en día alguien, en el centro de la Plaza de San Pedro, proclamara que Joseph Smith, el patriarca mormón, fue el nuevo Jesús, mejor dicho, el verdadero Jesús. Que él —y no Jesús— será el que nos juzgue en el día Final en nombre de Dios.
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