el Diluvio
diciembre 21, 2014 § Deja un comentario
El sentimiento básico, por no decir atávico, del hombre es el de ser muy poca cosa frente al exceso de lo natural. La naturaleza es, de entrada, un tsunami, un fuego devastador. Lo divino es, por defecto, lo gigantesco. Y lo gigantesco —lo que nos desborda indiscutiblemente— es, en un sentido inmediatamente físico, lo enteramente otro. La metafísica es siempre posterior al exceso de lo físico. De hecho, surge al transformar ese exceso en concepto, lo cual solo es posible una vez hemos conseguido poner a buen recaudo al monstruo, situarlo más allá de los muros de la ciudad. La metafísica es una ilusión política, un artefacto de la polis. Lo originario es el pavor de los últimos días, el estremecimiento que provoca saber que podemos desaparecer definitivamente por un golpe de meteorito, que apenas contamos para un cosmos de piedra. De ahí que sea tan extraño —por no decir inconcebible— llegar a decir que Dios es bueno por naturaleza. Pues para quien se percibe a sí mismo como una mota de polvo, Dios es tanto el poder que da la vida como el poder devastador que la suprime de un guantazo. Que sigamos en pie, siendo en el fondo tan miserables: ese el misterio. Quizá por eso mismo algunos judíos se atrevieron a creer que es por la existencia de algunos hombres buenos que Dios se apiada de nuestra especie.