filosofía y religión

enero 23, 2015 § Deja un comentario

Es un tópico del catolicismo tradicional decir que la filosofía, al fin y al cabo, termina por reconocer el carácter trascendente de lo real. Es aquello tan manido de que la filosofía es, de algún modo, sierva de la teología. Y, ciertamente, no hay pensamiento profundo que no admita que lo real —lo enteramente otro— siempre se encuentra en cierto sentido más allá de su manifestación sensible. Sin embargo, quienes defienden la convergencia entre la filosofía y la teología olvidan que el sujeto de la filosofía no es —no puede ser— el mismo que el de la fe. Pues el sujeto de la reflexión —los Sócrates de turno— no se encuentran a sí mismos sometidos a esa realidad que, por defecto, nos supera esencialmente. De hecho, el ideal de la vida filosófica no es otro que el de llegar a ser dueño de uno mismo. Un filósofo permanece como tal fuera del juego que por lo común se juega. De hecho, no puede regresar a la cancha de juego, salvo irónicamente. Pues él es, de hecho, el que ha llegado a ser consciente de que nunca sabemos de lo que estamos hablando cuando empleamos las grandes palabras. Por tanto, el filósofo no espera nada. Como mucho, se preguntará de qué va tot plegat. Así, hay ciertamente más leña que la que arde. Pero no está claro que tenga que ver con nosotros. Estamos, pues, lejos de quien se encuentra, por su parte, sujeto al mandato, la voluntad de Dios. Un creyente, precisamente, nunca se atreverá a decir que es señor de su propia existencia. Si el filósofo llega a creer no será como filósofo, sino como aquel al que le ha alcanzado el escándalo del sufrimiento de los hombres.

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