daimon
febrero 6, 2015 § Deja un comentario
El Dios cristiano —suele decirse— es un Dios cercano. Pero ¿de que estamos hablando? La declaración, para que pueda ser entendida en su justa medida, debe situarse en el contexto de la Encarnación: si hubo Encarnación, entonces Dios «abandonó las alturas». Y esto solo puede hacerse, trantándose de un Dios, cayendo. Si la Encarnación fue algo más que un pasearse por la tierra con el aspecto de un hombre, entonces no hay Encarnación que no suponga una humillación de Dios. En cualquier caso, no estamos hablando solo de un sentimiento. No es cierto que Dios sea un Dios cercano porque así lo sentimos en la intimidad. La reducción sentimental del cristianismo, bajo capa de una apelación a la experiencia, es lo contrario a la experiencia. De hecho es lo contrario al cristianismo, algo así como paganismo por otros medios. Entre otras cosas porque en la genuina experiencia lo experimentado es precisamente lo que se encuentra, en cierto sentido, más allá de nuestra receptividad, al fin y al cabo, aquello que solo puede ser reconocido como algo enteramenge otro, una falta, un hueco, un aún no. Por eso Dios no es un Dios cercano como pueda serlo un ángel de la guarda o el daimon de Sócrates. Pues es obvio que no estamos hablando de lo mismo. La cercanía de Dios no es la de un espectro que nos sopla en el cogote. Aunque a veces lo parezca.