diario filosófico

febrero 16, 2015 § Deja un comentario

Escribe Wittgenstein en su diario: «de ahí que tengamos el sentimiento de depender de una voluntad extraña. Sea como fuere, en algún sentido y en cualquier caso somos dependientes, y aquello de lo que dependemos podemos llamarlo Dios.» Este sin duda es el punto de partida. Sin embargo, hay más allá. Quiero decir que de hecho tenemos que ir más allá de esta posición básica. Pues hay Mal y el Mal es siempre una catástrofe. La experiencia del cielo es, podríamos decir, la de aquel que se encuentra dependiente de lo alto, un sentirse, en definitiva, amparado. Sin embargo, tarde o temprano el cielo se derrumba sobre nuestras cabezas —esto es lo que significa literalmente catástrofe—. Y, si no lo hace sobre las nuestras, lo hace sobre la de los demás. No parece, pues, que haya un sentido que respalde la existencia de los hombres. La cuestión es si ahí termina todo —y, por tanto, cualquier sentido fue una ilusión— o, al contrario, comienza. Un Dios que permanezca inmune a la catástrofe es, sencillamente, una proyección del hombre, algo de lo que cabe prescindir. De ahí —y ahí reside el núcleo duro de la confesión cristiana— que la realidad de Dios solo pueda afirmarse como la de un Dios que desciende en picado. La Cruz, en este sentido, representa la caída libre de Dios (o, si se prefiere, un Dios en caída libre). Es el cristianismo —y no la Ilustración— la que arroja al hombre a la mayoría de edad. Pues un Dios en caída libre es un Dios que se pone en manos del hombre como la vida frágil de un niño que el hombre debe preservar a toda costa frente a los poderes del Mal. El hombre es aquel que debe responder —literalmente, responsabilizarse— de la vida que le ha sido dada en medio del infierno: la vida del pobre, el huérfano, la viuda, el extranjero, esos niños. Así, no es tanto que el hombre dependa de Dios, sino que Dios depende del hombre. O mejor dicho, lo humano del hombre depende de Dios solo en la medida en que Dios —el Dios que se identifica con los crucificados de este mundo— depende del hombre. Con todo, aún podríamos preguntarnos que hay más allá de la obediencia del hombre —de este tener que preservar la vida más frágil del poder de la muerte—. Podemos preguntárnoslo, pero aún no poseemos la respuesta. Pues, en cualquier caso, existimos en el misterio.

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