cruz y ajos
julio 3, 2015 § Deja un comentario
En el instante en que el hombre pierde el miedo a ser devorado —acaso el miedo más atávico—; en el instante en que el hombre, por medio del fuego, aleja a la fiera, creando, así, un hogar, en ese instante, la alteridad deja de ser corpórea, tangible, epidérmica, para ser simplemente un residuo del pasado, una figura de la imaginación, un arquetipo. El carácter otro de lo otro se hace, sencillamente, abstracto. Un hombre seguro de sí mismo, de su posibilidad; un hombre capaz de arraigar en el mundo, transforma al otro en objeto de su deseo o, a la inversa, de su asco. Pero la alteridad que ofrece el cuerpo del deseo es ilusoria. El hechizo del deseo, como sabemos, tiene fecha de caducidad. La alteridad es, sin duda, fascinante. Ahora bien, sin amenaza que valga —sin temor ni temblor— lo otro apenas nos alcanza. Que solo podamos experimentar el terror atávico a ser devorados en las películas de miedo, indica lo lejos que estamos de aquella situación que nos obligó a hablar de Dios. Uno debería ver más a menudo películas como el chupacabras para al menos ponerse en la piel de los primeros creyentes.