capillas
julio 6, 2015 § Deja un comentario
Nos hemos acostumbrado tanto a ver al crucificado en las iglesias que ya no nos damos cuenta de lo que supone tener a un crucificado en el lugar de Dios. Así, imaginemos que, en vez de una cruz, tuviéramos la representación de un ahorcado —o, en vez de una representación, a cualquiera de los mártires de este mundo en cuerpo presente—. Quizá entonces caeríamos en la cuenta de lo que supone que, en lugar de Zeus o el Buda, tengamos a un crucificado en nombre de Dios. Quizá entonces caeríamos en la cuenta de que, ante la cruz, solo podemos postranos y exclamar «¡Dios mío!». Algo perdimos por el camino —algo esencial— cuando, frente al crucificado, nos atrevimos a permanecer de pie o, en su defecto, en la posición del loto. Fue el precio que tuvimos que pagar por nuestra calma espiritual.