aprender a leer

julio 9, 2015 § Deja un comentario

Una lectura seria de los textos veterotestamentarios ha de partir de un dato incuestionable, a saber: que para Israel, Yavhé es un Dios que interviene poderosamente en la Historia. Qué podamos hacer actualmente con este dato es otra cuestión (de hecho, una buena cuestión). Sin embargo, lo que en ningún caso podemos hacer es transformarlo en un como si —como si Dios hubiera intervenido—, dando a entender que ellos tuvieron, en el fondo, la misma experiencia de Dios que nosotros acaso podamos tener hoy en día solo que expresada míticamente. En un mundo donde los dioses campan a sus anchas —en un mundo donde la presencia del dios es un dato natural—, el lenguaje del mito no puede comprenderse simplemente como una manera de exteriorizar una experiencia interior. Yavhé es, para el pueblo de Israel, el que puede realizar lo imposible: abrir el mar en dos, hacer que la estéril conciba… Y aquí no hay medias tintas. Pues resulta evidente que los esclavos de Egipto no llegaron a la convicción de que tenían un Dios de su parte desde el asombro ante lo creado —o suponiendo simplemente que hay un dios bueno por ahí o que tiene que haber algo más que lo que nos podemos traer entre manos. Ciertamente, con posterioridad llegaron a creer que Yavhé, el Dios de la liberación, es también el creador. Cómo llegaron a esta convicción —pues el creador es, en gran medida, un Dios que permanece oculto— es otro tema. Pero, lo que no cabe discutir es que lo primero en Israel, lo que constituye su experiencia raíz, aquella que nada de lo que ocurra posteriormente llegará a cuestionar, exilio incluído, es que Yavhé los rescató, por medio de prodigios, del poder del Faraón. En este sentido, la fe es un permanecer fiel a una experiencia fundante, la cual se entiende como revelación de Dios, y la experiencia fundante de Israel es la del paso del Mar Rojo. Otra cosa es que, el pueblo de Israel no acabe de entender a Yavhé —que no termine de comprender, por ejemplo, por qué a menudo su ira se pasa de rosca o, simplemente, desaparezca del mapa. Pero lo que permanece imborrable en la conciencia de Israel, al fin y al cabo, lo que sostiene su inquebrantable esperanza frente a la desgracia, es la existencia de un Dios que intervino milagrosamente a su favor. Así, los esclavos de Egipto no creyeron simplemente en Dios, sino en el Dios de Israel. Cuando se abandona esta convicción, entonces la fe deja de ser bíblica y pasa a ser otra cosa, por lo común una especulación sobre las últimas cosas o la expresión de nuestra necesidad de Dios.

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