infancias
agosto 1, 2015 § Deja un comentario
La experiencia de la vida como don de Dios no exige, de por sí, la imagen de un Dios que, a la manera de un ente de ultratumba, nos entrega la vida como papá pueda regalarnos un juguete. Basta con el tzimtzum de Dios. Es así que la vida, con sus luces y sombras, se nos da desde la contracción —la desaparición— de Dios. En este sentido, la vida queda transfigurada por un Dios en falta del mismo modo que el sillón de papá queda cargado con el aura de su presencia después de su muerte. En ambos casos, sin embargo, la vida no es solo algo de lo que uno dispone impunemente, algo a consumir. El primero alcanza por la vía de la imaginación lo que el segundo, por la vía del asombro y el dolor. La diferencia reside en el sujeto que hay detrás. El primero sigue siendo el de la infancia. El segundo, no. El primero sigue habitando un bosque mágico, un bosque atravesado de espíritus. El segundo se encuentra en medio de un bosque en el que de repente se ha hecho el silencio. La cuestión, pastoralmente hablando, es si hemos de seguir alimentando al niño o, por el contrario, alimentar el niño de quienes ya no pueden seguir siendo unos niños.