la procesión
agosto 3, 2015 § Deja un comentario
La Iglesia suele sacar a sus santos —sobre todo si son mártires— cuando trata de justificarse a sí misma frente a sus acusadores. Hace bien, pues la vida de los santos acaso sea su único capital. De hecho, no hay empresa humana —y la Iglesia lo es— en donde no coexistan las sombras con las luces, la ganga con la plata. Ya se sabe: la Iglesia es santa y pecadora. Sin embargo, el problema es que los creyentes no suelen estar a la altura de sus santos. Y no por su falta de mérito o su cobardía moral, pues esto ya lo podemos dar por descontado, sino por su mezquindad, su orgullo, su fariseismo. Pues el que los santos hayan sido, por lo común, despreciados por esos creyentes que luego se llenarán la boca con ellos es casi una constante gravitatoria en la historia de la Iglesia. Por suerte, los creyentes siempre podrán echar mano del «santa y pecadora» para encogerse de hombros: como si el asunto no fuera con ellos.