Pulitzer

agosto 17, 2015 § Deja un comentario

«Siempre hay un hijo de la gran puta capaz de esperar horas al suicida indeciso en la cornisa del rascacielos para poder fotografiarlo en el aire un instante antes de estrellarse contra el suelo.» Lo escribe Rafael Sánchez Ferlosio. Se sobreentiende que el «hijo de la gran puta» sería incapaz de hacerlo, si se tratara de su hijo o su mujer. Si puede hacerlo es porque el que cuelga de la cornisa es «uno más» (o, en este de caso, de menos). ¿Se deduce de ello que deberíamos siempre actuar como si el otro, cualquier otro, fuera nuestro hermano? Quizá. Pero ¿quién podría soportar esta demanda? ¿Acaso no se trata de un peso excesivo, asfixiante? De ahí que no podamos tomarnos totalmente en serio esta obligación. En su lugar, nos contentamos con una cierta sensibilidad. ¿O es que la dicha no reclama mantener a una debida distancia los cuerpos del huérfano, el negro de la patera, el suicida? Difícilmente llegaríamos a respirar, si no contáramos con unas cuantas dosis de despreocupación. Por eso una civilización se define, no tanto por sus éxitos morales, los cuales siempre son precarios o ambivalentes, sino por las formas que debe guardar. Al menos, como si fuéramos hermano

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