trileros

noviembre 19, 2015 § Deja un comentario

La sensibilidad transconfesional, aquella que da por sentado que las religiones son diferentes modos de ver un mismo paisaje, procede como el trilero con las cajitas, es decir, escondiendo la bola que se encuentra en una de ellas. Y es que, una vez hemos reducido la marca cristiana a una mínimo denominador común, es fácil demostrar que todas las religiones son visiones parciales de un mismo Dios. Pero solo hace falta leer 1Co 15, pongamos por caso, para caer en la cuenta de que la salvación cristiana no es un modo, culturalmente determinado, de concretar la universal aspiración a la plenitud. 1 Co 15 sería algo así como un concentrado de la esperanza cristiana. Ahí, como es sabido, Pablo nos dice, entre otras cosas, que, si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. La esperanza crIstiana no se basa, por tanto, en nuestra necesidad de un final feliz, sino en el acontecimiento de la resurrección: algo ocurrió con Jesús después de su muerte (y lo que ocurrió no puede comprenderse simplemente como si el alma hubiera sobrevivido al cuerpo). El hombre, para Pablo, se encuentra sujeto al poder del diablo, siendo la muerte el signo de nuestra esclavitud. La muerte, así, no es simplemente el destino de cuanto vive, algo que inevitablemente tiene que pasar, sino el sello de nuestra condición de hijos de Adán, el tatoo de quienes existen como los que reniegan de Dios. La muerte es el poder de la muerte que infecta cuanto hace y padece el hombre, incluyendo aquí sus gozos. Por eso, la experiencia de la resurrección es, en definitiva, física, pues se decide en el plano en donde se enfrentan la vida y la muerte: Dios rescata a Jesús de entre los muertos, dándole un cuerpo incorruptible, lo cual está muy cerca de ser un oxímoron. La salvación es, literalmente, un rescate de dimensiones galácticas. Se trata, en definitiva, de un reset cósmico, de una nueva creación. La salvación se da como historia de la salvación: primero pasan unas cosas y luego otras, siendo Dios el protagonista. Y esto es muy distinto a hablar, pongamos por caso, del nirvana. Para Pablo, la resurrección no es un como si, un modo de decir, culturalmente determinado, otra cosa (por ejemplo, que Jesús sigue vive en nuestros corazones o que, al final, el cuerpo se disuelve en el océano de la divinidad). Ciertamente, el lenguaje de la resurrección ya nos queda bastante lejos, de modo que difícilmente nosotros podemos seguir diciendo lo mismo. El cristianismo, sin duda, ha evolucionado. Pero ello significa que, aun cuando las fórmulas del credo sigan siendo las mismas, ya no sabemos qué hacer con ellas (o, al menos, con la mayoria de ellas). Pasa con toda evolución. Así, venimos del mono, pero ya no nos reconocemos en el mono. Hoy en día, el cristianismo es algo más que cristianismo. Pero ese plus es, propiamente, un eco de una cosmovisón que ya no puede ser la nuestra. El cristianismo, hoy en día, no sabe qué hacer con su dramática, en el sentido teatral de la expresión. De ahí que fácilmente el cristianismo se haya centrado, modernamente, en su ethos, hasta llegar a la parodia de quien dice que lo importante, cristianamente hablando, es ser buena gente. Actualmente, ningún cristiano, al menos ninguno de los que se encuentran cómodos con la Modernidad, es capaz espontáneamente de ver la escena del Gólgota como un acontecimiento cósmico en donde Dios pone un punto y final a la vieja creación. Hoy en día, necesitamos interpretar. Pero hacemos trampas cuando damos por sentado que nuestra interpretación es más ajustada a la verdad de fondo que la lectura, cargada de mito (decimos hoy), que hicieron los primeros cristianos. Si así lo creemos es porque hemos reducido el kerygma originario a los presupuestos de nuestra manera de encarar la existencia. Y, sin duda, en el occidente moderno, donde la tolerancia es un valor incuestionable, la sensibilidad transconfesional tiene las de ganar. Simplemente, juega en casa y el árbitro pita a su favor.

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