hay como ay
enero 9, 2016 § Deja un comentario
La cuestión: si el absurdo —el silencio pétreo del puro y simple hay— prevalece o no sobre el significado. Es decir, si hay alguien —y no solo algo— ahí, en el fondo de la oscuridad… y qué quiere de nosotros. Con todo, esta cuestión, a pesar de las apariencias, está lejos de ser una cuestión última, pues aún podríamos preguntarnos, de existir ese gran otro, si un yo puede permanecer en paz junto a un otro constatado como dato; si, en definitiva, la conciencia no vive de su insatisfacción, de su estar expuesta, precisamente, a la trascendencia del otro, a su carácter de algo siempre pendiente: a su inaccesibilidad, su eternidad. Como si la eternidad de Dios fuera, no ya un dato fuera del tiempo, el objeto de una gnosis suprema, sino la condición misma de la situación irredenta del hombre, de tal modo que el hombre, en nombre de un Dios siempre más allá, más allá incluso de cualquier mundo sobrenatural, solo pueda alcanzar una cierta reconciliación cargando con el peso de su semejante. Gracias a Dios, estamos solos. Y, por eso, podemos encontrarnos, como náufragos que se abrazan en medio del mar. El mito, en tanto que hace de la fuente del significado el objeto de un conocimiento superior, es una solución solo para quienes no aceptan que la falta de respuesta a la pregunta sobre el sentido de tot plegat es el horizonte irrebasable de la existencia; que con respecto a la cuestión del significado, y en tanto que sigamos siendo un yo, tan solo cabe aguardar. Aunque quizá sea cierto que, solo porque el sentido no está disponible, la existencia se halla cargada de valor.