una de castañas
enero 23, 2016 § Deja un comentario
Lo real es lo que se sitúa más allá de lo incondicional. El hombre, en tanto que arrojado al mundo, no es capaz de lo real. Cualquier intento de hacerse una idea de lo que trasciende lo incondicional supone caer en la especulación metafísica o religiosa. Lo real es aquello enteramente otro—la alteridad radical del rostro. Tratamos, en cualquier caso, con las imágenes del otro. Pero su alteridad permenece como eso inalcanzable en el otro. Literalmente es intocable —intratable— y, por eso mismo, sagrada. La alteridad del otro es, al fin y al cabo, su indigencia, su falta de ser, su no acabar de llegar a la presencia. La alteridad del rostro es, más que el signo, la huella de Dios, de un Dios en falta. En este sentido, lo real es lo siempre pendiente de la existencia: un eterno más allá. Dios es el eterno por-venir, lo siempre pendiente de la Historia. Pero es por ello que nos encontramos sujetos a lo incondicional. Lo incondicional es lo que se desprende del carácter trascendente de lo real, de nuestra incapacidad para lo real. Y lo que se desprende incondicionalmente de un Dios en falta es el mandato, el clamor que nos convierte en lo que somos: rehenes del huérfano, la viuda, el extranjero. Humanamente, no podemos ir más allá de lo incondicional. Lo incondicional es el non plus ultra de la existencia humana. Del resto, no hay saber. En cualquier caso, confianza.