fundamentación de las costumbres
febrero 26, 2016 § Deja un comentario
Ciertamente, no tiene sentido discutir sobre las bondades del helado de vainilla frente a las del helado de mango, pongamos por caso. Pero no parece que podamos decir lo mismo con respecto a nuestras diferencias en asuntos morales. No parece que, moralmente hablando, dé lo mismo ser generoso que no serlo, compadecerse del débil que aprovecharse de él. Así, damos por sentado que tienen que haber razones que justifiquen una opción frente a su contraria, es decir, que tienen que haber razones que justifiquen —y no solo causas o motivos que expliquen— nuestro sentido del deber. Entendemos que estas razones, de existir, deberían obligarnos a actuar moralmente, con independencia de si nos sentimos o no emocionalmente inclinados a hacerlo. La razón obliga —la razón es coactiva— y del mismo modo que nos fuerza a reconocer la necesidad de una determinada solución a un problema de lógica o matemáticas, debería también obligarnos en el caso de un dilema moral. Ahora bien, supongamos por un instante que existieran estas razones. ¿Tendría sentido responder con una demostración a aquel que nos preguntara por qué cuidamos de él o somos generosos con él? ¿Acaso no es esto, precisamente, lo que no deberíamos hacer? La pretensión de que una justificación de nuestro sentido del deber moral constituya, en última instancia, un buen motivo para cumplir con ese deber es, de por sí, aberrante. ¿Cómo es, entonces, que aún en filosofía moral algunos siguen exigiendo razones que pudieran convencer hasta a un psicópata?