Arrio

marzo 1, 2016 § Deja un comentario

El arrianismo fue, como es sabido, una herejía y, como ocurre con cualquier herejía, su propósito no fue otro que el de hacer digerible el kerygma cristiano. Así, para Arrio, Jesús de Nazareth fue más que hombre, pero menos que Dios. Esto es, Cristo como semidiós. La idea de fondo era preservar por un lado la trascendencia de Dios —el monoteísmo bíblico— y, por otro, el carácter excepcional de una figura como la de Jesús de Nazareth. Y, sin duda, la propuesta de Arrio era perfectamente integrable en el marco de una mentalidad como la griega. Jesús de Nazareth sería algo así como un Hércules cristiano. De ahí que sea tan interesante —tan reveladora— la feroz oposición de la iglesia romana al arrianismo. Pues la iglesia insensatamente no estaba dispuesta a admitir que Jesús fuese menos que Dios, pero tampoco más que hombre. Ahora bien que Jesús fuera Dios en verdad —que fuera la verdad de Dios— sin dejar de ser hombre, no puede afirmarse sin alterar significativamente el apriori religioso sobre Dios. Pues no decimos aquí que Jesús estuviera lleno de Dios como si el hombre fuera simplemente un receptáculo de la divinidad —como si Jesús hubiera sufrido una posesión demoníaca, pero en bueno. Ser hombre significa ser otro con respecto a Dios, y, por eso mismo, la capacidad del hombre con respecto a Dios no debe entenderse como la capacidad de recibir, sino como la capacidad de responder. El hombre, en cuanto tal, es aquel capaz de responder a Dios y, por eso mismo, aquel que puede negarse a responder. Y lo que decimos cristianamente es que Jesús fue un hombre en este sentido. Jesús pudo haberse negado a Dios (y ahí está el episodio de las tentaciones en el desierto para atestiguarlo). De aquí se desprende que Dios, en relación con el hombre, no es el poder, ni siquiera el poder de la bondad, sino aquel que nos llama con voz ineludible —la voz de aquellos con los que Dios se identifica: los huérfanos, las viudas, el extranjero. Dios sería, en cualquier caso, el poder de la Ley, del Mandato y no el poder a la manera de una superenergía. Es verdad que el hombre recibe el espíritu de Dios. Pero el espíritu de Dios es lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios, como quien dice. Y el espíritu de Dios es el que nos hace, precisamente, capaces de responder a la demanda infinita de Dios. Es evidente —o debería serlo— que todo esto se pierde en la concepción de Arrio, pues en ella no podemos evitar hacer de Dios una especie de ente o megapoder. Pero cristianamente no decimos esto, sino que no hay en el presente otro Dios que el que colgó de una cruz. Y algo le ocurre a Dios donde cuelga como un maldito de Dios. La concepción de Arrio es aún demasiado sustancialista, al igual que la de tantos otros hoy en día, como para ver que Dios no es independiente de la historia de Dios.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo Arrio en la modificación.

Meta