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marzo 13, 2016 Comentarios desactivados en sóter

El cristianismo posconciliar, al desembarazarse de la noción de pecado, sobre todo, en la práctica pastoral, ha perdido el fondo desde el cual el kerygma cristiano deviene inteligible. Así, un cristianismo para el cual el pecado no es una condición —la situación que define nuestro ser-en-el-mundo—, sino, en cualquier caso, un salirse de la norma impuesta por Dios —un acto de desobediencia—, ya no sabe que hacer con el acontecimiento de la gracia. Pues, aquí de lo que se trata es, en último término, de hacer las cosas bien (o, si se prefiere, de purificar nuestro corazón). En este sentido, muchos cristianos progres acaban confundiendo la gracia con la experiencia de la vida como don. Pero, originariamente, no se trata de lo mismo. Pues, la gracia es, antes que nada, una medida de gracia, la cual exige, de algún modo, la intervención de Dios, aunque dicha intervención no se dé a la manera de los deus ex machina de las tragedias griegas, sino a través del escándalo de la Cruz. Gracia es redención, y la redención no es algo que el hombre pueda esperar donde confía solo en sus propias fuerzas, en su capacidad para hacer el bien. Sin redención, difícilmente Cristo puede ser reconocido como Señor. En el mejor de los casos, será visto como ejemplo, pero no como aquel por el que nos alcanza la salvación de Dios. Un cristianismo que no parta de la condición caída del hombre es un cristianismo que solo puede sobrevivir como moral —como precepto (y esto, a la larga, convierte el cristianismo en algo prescindible). Y es que para proclamar que es mejor amar que odiar, compadecerse del débil que pisotearlo —para defender el ideal de un mundo en donde impera la justicia— no hace falta apelar a ningún Dios. Evidentemente, la crisis actual del cristianismo es la crisis de la soteriología, de la idea misma de una Historia de Salvación.

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