the conjuring
marzo 15, 2016 Comentarios desactivados en the conjuring
La situación del hombre moderno, aquella que le convierte en espectador de sí mismo —aquella que le cierra a la irrupción de una genuina alteridad— queda en suspenso en las típicas películas de terror. En ellas el otro —o quizá mejor, lo otro— se presenta como lo que es, a saber, una amenaza, al fin y al cabo, como la cosa que quiebra los muros del hogar. Sin duda, la presencia espectral provoca tanto nuestra fascinación como el horror. Pero, en cualquier caso, el otro —lo verdaderamente otro— espanta. En medio del pánico, no hay sujeto que pueda volver sobre sí mismo, reflexionar sobre las condiciones, a la postre subjetivas, de la experiencia. La presencia del otro se impone aquí como el dato innegable de la existencia. Ciertamente, una vez nos hemos alejado del otro —una vez ha desaparecido su presencia espectral— podemos preguntarnos si acaso no habremos sufrido una alucinación. Pero no mientras dure el espanto. Hay una cierta discontinuidad entre el sujeto del miedo y el sujeto que ha conseguido exorcitarlo. El segundo puede, sin duda, creer que su miedo obedece a su ilusión. Pero también cabe sospechar lo contrario: que la ilusión se encuentra del lado de quienes hemos logrado hacer de este mundo un hogar. De hecho, la ciudad —y, por extensión, el mundo moderno— solo es posible donde hemos conseguido expulsar a los demonios fuera de los límites de lo habitable. En verdad, el otro es siempre algo de otro mundo. Ocurre aquí lo que ocurre con las meigas gallegas: que no existen, pero haberlas, haylas. De ahí que en el mundo moderno, el mundo que tiene el mundo bajo el control de la razón técnica, la experiencia religiosa, aquella en la que el sujeto se encuentra bajo el dominio de una genuina alteridad, sobreviva en las formas del relato mítico o de las historias de terror. Cualquier actualización —cualquier traducción— de la vieja experiencia religiosa a las condiciones más o menos confortables del mundo moderno, no consiguirá más que un dios doméstico, un ídolo, un caniche, en modo alguno hacer de nuevo presente lo que en realidad fue.