ambivalencias cristianas
abril 11, 2016 Comentarios desactivados en ambivalencias cristianas
El cristianismo, tradicionalmente, se mueve entre dos concepciones de Dios. Y quizá no pueda ser de otro modo, pues cuando nos quedamos con una de las dos, fácilmente caemos en el riesgo de poner a Dios al servicio de nuestra justificación. Así, por un lado, tenemos un Dios que se identifica con el crucificado, de tal modo que no hay un estar ante Dios que no sea un estar ante el que cuelga de una cruz. En este sentido, de Dios no tenemos más, aunque tampoco menos, que aquel que le es fiel hasta el final. O, por decirlo con otras palabras, no cabe otra presencia de Dios que la de quien encarna su voluntad. Desde esta óptica, Dios, en sí mismo, es el que está esencialmente por ver. Por otro lado, la verdad de Dios, siguiendo la estela de algunos Padres de la Iglesia, no es algo que se posea, sino algo en lo que se está, un ámbito, más que una cosa. Aquí se recurre con frecuencia a la imagen del «océano infinito» (apeiron pelagos) de la divinidad. A través de esta imagen, Dios se concibe como un campo abierto, que no podemos, ciertamente, abarcar, pero si en el que podemos habitar o incluso, siendo más atrevidos, bucear. San Agustín, por ejemplo, dirá que Dios está oculto, a fin de que podamos buscarlo para encontrarlo; pero al mismo tiempo Dios es infinito a fin de que, habiéndolo descubierto, podamos continuar buscándole. No puede decirse mejor. ¿Cómo entender, sin embargo, este contraste? Si nos quedamos solo con lo primero, resulta difícil evitar la deriva hacia el ateísmo. Si solo con lo segundo, corremos el riesgo de perder de vista la Encarnación —o de malinterpretarla a la platónica, como si Jesús de Nazareth fuera simplemente un avatar de Dios. De hecho el único modo de mantener unidas ambas visiones de Dios es por medio del Espíritu, tal y como lo entiende, pongamos por caso, el evangelista Juan. Pues, ciertamente, si Dios se nos da como Espíritu en el que habitamos —si Dios es apeiron pelagos— es porque ese Espíritu es el de un crucificado en nombre de Dios. Perder de vista esta conexión, típicamente cristiana, es hacer del océano de la divinidad una realidad que solo infantilmente podremos admitir como Dios.