despotes
mayo 8, 2016 Comentarios desactivados en despotes
La idea de un Dios todopoderoso u omnipotente nos resulta, hoy en día, un tanto incómoda, pues fácilmente nos imaginamos una especie de fantasma, se supone que bueno, que gobierna nuestra existencia desde las tramoyas del mundo. Y, ciertamente, de ahí al problema de la teodicea (cómo puede una divinidad todopoderosa y buena tolerar el mal) hay un paso. Por eso, modernamente, sintonizamos en mayor medida con la idea, tan cristiana por otra parte, de un Dios humillado hasta la impotencia o, también, con una concepción impersonal de la divinidad. Sin embargo, la intelección de las grandes declaraciones cristianas, como de hecho ocurre con cualquier obra significativa, solo es posible si tenemos en cuenta contra qué o quienes se afirman. Así, con la calificación de Dios como despotes, lo que esta en juego es la concepción cristiana de Dios frente a la pagana. Pues, lo que se está diciendo aquí es que al Dios en verdad creador, y a diferencia del demiurgo pagano, ni la materia se le resiste. En el fondo, de lo que se trata es del poder del espíritu de Dios frente al poder, aparentemente superior, de la materia. Para el paganismo, cualquier elevación, cualquier espiritualidad, se hallaba bajo la amenaza de la regresión, la decadencia, la recaída en lo informe, el caos, la violencia. En cambio, el creyente podía confiar en el poder del Creador como el poder último o definitivo frente a los poderes demoníacos. Más aún: la materia, al no ser preexistente al acto creador, no podia ser intrínsecamente mala, sino al revés, buena de por sí y, por ello, no debe despreciarse a la hora de buscar la salvación. Dios no crea contra la materia, sino contra la nada. De ahí que detrás de la idea de Dios como despotes hubiera una reivindicación del mundo natural, frente a las tendencias neoplatónicas a devaluarlo. Para el paganismo, la divinidad suprema no está presente en la creación del mundo, puesto que el demiurgo es, por defecto, una divinidad menor. El mundo no se encuentra, por consiguiente, sujeto a Dios. Nuestro prejuicio contra el Dios omnipotente se asienta, pues, sobre una reducción del campo significativo originario. Por eso, cuando perdemos de vista este background —cuando olvidamos la polémica originaria—, con suma facilidad acabamos diciendo o entendiendo otra cosa. Ahora bien, nuestros malentendidos quizá sean, de por sí, el síntoma de que ya no podamos seguir diciendo lo mismo.