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mayo 16, 2016 Comentarios desactivados en constantine

La conversión del emperador Constantino a la fe cristiana —y la posterior proclamación con el edicto de Milán (313) del cristianismo como religión oficial del imperio— debió sonar a oídos cristianos, cuyos martires aún conservaban la sangre caliente, como si Hitler, Goebbels y compañía hubieran terminado abrazando la Torá. No es casual que esos cristianos vieran en esa increíble (por imposible) conversión, la mano poderosa de Dios. Y no solo eso, sino la confirmación de la irrupción del nuevo mundo, anunciado por la resurrección. Por eso, que el cristianismo haya sobrevivido a su fracaso —al hecho de que ese nuevo mundo no era, en verdad, tan nuevo como parecía, sino, a lo sumo, el mismo lobo con la piel de un cordero— es algo que exige una buena explicación. 

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