hipóstasis

junio 10, 2016 Comentarios desactivados en hipóstasis

John Hick, al que pronto se adhirieron otros teólogos, entre ellos Roger Haight, sostuvo que el cristianismo se equivocó cuando pasó de comprender ontológicamente, en vez de metafóricamente, el logos de Dios. Originariamente, el logos —el plan, la razón, la sabiduría… conforme a las cuales el mundo fue creado— fue concebido como una personificación de uno de los modos de darse del único Dios verdadero, un Dios que, en sí mismo, permanece inaccesible, más allá de cualquier exteriorización. Una personificación es una metáfora, una figura literaria, un modo de hablar, un como si. Así, el logos, de entrada, no es un ente que actúa como intermediario de Dios, sino un símbolo de la presencia de Dios en el mundo: la sabiduría de Dios se da como si fuera una persona. La cuestión, por consiguiente, es por qué se produce la hipostatización, el paso del logos metafórico al logos ontológico, o por emplear las mismas palabras de John Hick, de la poesía a la prosa. Pues el problema es que, al hacer del logos un ente divino, pero diferenciado de Dios, nos alejamos del monoteísmo estricto. ¿Fue Jesús de Nazareth un «segundo Dios» —un «Dios menor»? ¿Cómo queda la humanidad de Jesús dónde concebimos a Jesús como el preexistente logos de Dios? ¿Acaso no estaríamos forzados a comprender la encarnación tal y como la entendieron los docetas, esto es, como si la humanidad del logos fuera simplemente una apariencia?  De alguna manera, podríamos decir que los concilios cristológicos —desde Nicea hasta Calcedonia— no fueron más que un intento de conciliar la divinidad de Jesús con el monoteísmo bíblico. La doctrina de la Trinidad, aparentemente tan extravagante, sería el resultado de este intento. De este modo, la dificultad inicial se resolvería a la hegeliana, si podemos decirlo así, esto es, entendiendo el logos de Dios —su exteriorización, su salida de sí, su presencia—como una diferenciación interna de Dios. Sin embargo, y esta es la tesis de John Hick, los primeros concilios, al hacer esto, falsificaron el significado original —metafórico— de los textos bíblicos, sobre todo, del prólogo del cuarto evangelio. ¿Acaso lo que hicieron no fue como si, hoy en día, nos tomáramos al pie de la letra los tropos literarios de los poemas de Góngora? ¿No diríamos que ello supone una recaída en los espejismos del mito? Sin duda, nuestra mentalidad, poco dispuesta al mito, está más cerca de John Hick que de los padres conciliares. Y es que, de facto, tendemos a leer dicho prólogo como lo que posiblemente fue, a saber, un poema, un impresionante himno de alabanza. De hecho, muchos cristianos de hoy en día entienden la encarnación como si, en el hombre que fue Jesús de Nazareth, se hiciera presente Dios mismo… pero de un modo semejante a como la belleza se hace presente en, pongamos por caso, Alessandra Ambrosio, esto es, hasta cierto punto o en cierta medida (aunque sea «en gran medida»). John Hick atribuía el paso en falso al hecho de que el cuarto evangelio fuese admitido, no sin ciertas resistencias, dentro del canon y, por consiguiente, se acabase entendiendo como palabra de Dios, lo cual obligaba, según John Hick, a hacer una lectura literal del mismo. Dicha lectura terminó de hecho condicionando, tal y como se puso de manifiesto en la dogmática cristológica, la recepción del resto de los escritos del Nuevo Testamento (aunque las cristologías subyacentes fuesen inicialmente muy distintas). Podríamos decir que la incorporación del cuarto evangelio al canon modificó su estatuto epistemológico. Ahora bien, aun cuando es innegable que el viento de los tiempos sopla a su favor, la tesis de Jonh Hick admite alguna que otra nota a pie de página. En primer lugar, podríamos decir, aunque no se trate de la objeción más relevante, que el hecho de que el cuarto evangelio forme parte del canon no tiene por qué implicar una lectura literal del mismo. Desde una óptica bíblica, la palabra de Dios admite, por no decir que exige, una hermenéutica. La exégesis rabínica, con sus infinitas ramificaciones, lo atestigua. Teniendo esto en cuenta ¿no deberíamos admitir que la «falsificación» fue obligada a la luz de cierta lectura de Juan, más que por una tendencia al fundamentalismo (sin negar por ello que dicha tendencia está de hecho muy presente en la historia de la Iglesia)? Por otro lado, y esta objeción sí que me parece más decisiva, podríamos discutir si el paso que hace del logos, en vez de un modo de hablar, un ente, se debe a la tendencia, propia de las sensibilidades religiosas, por no hablar de las jerarquías eclesiásticas, a recaer en el mito. Pues la cuestión de fondo que se debatió en los concilios cristológicos fue la del carácter soteriológico (salvador) de la Cruz. Así, o bien Dios mismo (y no solo su representante o un quasi-dios) estaba implicado en la muerte de Jesús de Nazareth como maldito de Dios, o bien no hubo propiamente redención, sino en cualquier caso un mal final, una vez más, para el profeta de Dios (y, si se quiere, también una lección moral). De ahí la insistencia en ver a Jesús no solo como hombre de Dios sino como Dios mismo entre los hombres. Otra cuestión, que los diferentes concilios dejan en el aire, es cómo entender esto de «Dios verdadero y hombre verdadero». O, por decirlo de otro modo, cómo comprender la identidad entre Dios y Jesús de Nazareth sin hacer de la humanidad de Jesús un simulacro, esto es, sin hacer de ella el vestido de quita y pon de la divinidad. Cómo situar, en definitiva, la diferencia entre el Padre y el Hijo sin que ello comprometa la identificación del primero con el segundo. Pero lo cierto es que de lo que se trataba en aquel momento es de hacer frente a la controversia arriana. Como sabemos, Arrio sostuvo, y a punto estuvo de ganar la guerra, que el Hijo de Dios, en tanto que creado (y no engendrado) «no era de la misma naturaleza que el Padre». En definitiva, que no podíamos decir de Jesús de Nazareth fuese Dios mismo entre los hombres. Esto es, en modo alguno podíamos hablar de encarnación —decir que Dios es Jesús—, sino en cualquier caso que Jesús participó en cierta medida de la compasión o la bondad de Dios, esto es, que Jesús es como (si fuera) Dios. De hecho, la posición de John Hick, como la de tantos otros hoy en día, es casi un calco de la de Arrio, con lo que se demuestra: uno, el carácter recurrente de las herejías; y dos, que la herejía de hecho suele ser la lectura más aceptable para la razón. Sea como sea, si se trataba, de ver la pasión-resurrección del lado de Dios, mejor dicho, si hubo salvación y no solo moraleja, entonces Jesús no pudo ser simplemente un hombre, aunque tampoco solo un Dios, sino un hombre con el que Dios se había identificado. Por tanto, si la dogmática fue una falsificación, entonces el lenguaje de la encarnación es simplemente un modo de decir y Jesús de Nazareth, en realidad, uno (y solo uno) de los nuestros. Pero el cristianismo no dice que Jesús fuese un símbolo —una metáfora— de Dios, sino algo tan chocante como lo siguiente: «este hombre que cuelga de una cruz como maldito de Dios es Dios mismo». Y evidentemente no podemos proclamar esto último sin que la noción tradicional de Dios salte por los aires.

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