Dios y el alma
junio 13, 2016 Comentarios desactivados en Dios y el alma
El cristianismo, a la hora de pensar la redención, posee una mayor profundidad, me atrevería a decir, que el helenismo más o menos oriental. Para este último, sobre todo el de raíz neoplatónica, la redención es, en el fondo, una liberación de las miserias del cuerpo. En el fondo de lo que se trata es de ascender —y de ahí la palabra «ascesis»— al territorio de lo divino. De lo que se trata es de soltar lastre, de rescatar el alma de las sujeciones de la materia. En este sentido, el helenismo concibe lo característico del hombre en los términos de una participación de lo divino. La historia de la salvación del alma, si podemos hablar así, sería, por tanto, la historia del alma, de sus esfuerzos por escapar de la prisión del cuerpo, de las bajas pasiones, del engaño de las ilusiones. En cambio, para el cristianismo, el hombre no es alma, sino, en cualquier caso, la tensión entre el alma y el cuerpo. Así, el hombre, en tanto que cuerpo, es incapaz de escapar del cuerpo. No puede hacerlo sin morir como hombre. La muerte, en este sentido, no es en modo alguno una liberación. No hay tampoco ascesis que nos acerque a Dios. La ascesis que parte del hombre, esto es, que no sea una respuesta a la gracia de Dios, como suele decirse, es siempre un motivo para el orgullo del hombre y, por eso mismo, el asceta que pretende alcanzar a Dios muscularmente, en el fondo, no sale de sí mismo. Para el cristianismo, lo que nos acerca a Dios es el silencio de Dios en medio del sufrimiento de los hombres —la falta de Dios en medio de Auschwitz—, pues es ese silencio el que nos pone en manos de la víctima, del que sufre, del que no es más que cuerpo que clama por Dios. Ahora bien, la redención según el cristianismo viene de la mano de Dios, de su iniciativa, de su descenso. Por eso la historia de la salvación, tal y como la entiende el cristianismo, no es propiamente la historia del alma sino la historia de Dios —del amor de Dios. Por eso la salvación a la cristiana, si ha de ser salvación y no simplemente un simulacro, tiene que afectar al hombre entero. La salvación aquí debe incluir el cuerpo. Para comprender mejor la diferencia, supongamos una mujer que aspira a ser querida por un hombre. Desde la óptcia helenística, de lo que se trataría es de estar «siempre perfecta», esto es, de mostrar su lado más bello, más amable, literalmente, aquello que hay en ella digno de ser amado. Ahora bien, no hay que ser muy sagaz para darse cuenta que el temor de esa mujer será que el hombre descubra lo que hay debajo de la alfombra. Pues ella es también ese mal olor, ese grano en la frente, esa deformidad. En cambio, desde una sensibilidad cristiana, podríamos decir que esa mujer será en realidad redimida de sí misma, cuando acepte el abrazo que alcanza lo desgradable que hay en ella —lo que no es, por lo común, digno de ser amado… salvo que quien te abrace sea tu padre o tu madre. Ahora bien, quien abraza en este caso no puede quedar inmune al mal olor, el grano, la pústula… que abraza. Esto es, no puedes abrazar eso sin, de algún modo, morir para ti mismo. Pues bien, apliquemos todo esto a Dios, mejor dicho, a la relación entre Dios y el hombre, y tendremos una bonita introducción a la dogmática cristiana.