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junio 21, 2016 Comentarios desactivados en divinus

Que la pregunta a la que se enfrentan muchos exegetas contemporáneos no sea propiamente si Jesús es o no Dios, sino cómo fue posible la divinización de Jesús, ya nos da a entender que estamos lejos de admitir la divinidad de Jesús como un dato de la experiencia. Pues, al plantear la pregunta tal y como la planteamos, presuponemos que Jesús, más que ser Dios, fue alguien al que se le consideró o quizá podemos aún considerar como Dios. Así, a la hora de confesar a Jesús como Dios, no saldríamos del marco de la interpretación. No estaríamos, por tanto, ante una constatación, aunque ésta exigiera un determinado punto de vista, sino ante un modo de ver las cosas: Jesús fue un hombre al que algunos vieron como (si fuera) Dios. El desplazamiento tiene su miga. Pues, a la hora de justificar que el credo no es estrictamente una interpretación, sino la respuesta creyente a la revelación de Dios, dicho desplazamiento obliga a una crítica frontal de los presupuestos de la epistemología moderna, la cual, como sabemos, tiene serias dificultades para admitir una realidad que no sea función de unas, por definición subjetivas, condiciones de inteligibilidad. La cuestión es, por consiguiente, si tiene aún sentido comprender las formulaciones de la fe como expresión de la revelación o si, por el contrario, deberíamos entenderlas como la expresión de la subjetividad creyente. Parece que la respuesta va en la dirección de la segunda alternativa, pues la divinización de Jesús de Nazareth no parece que surgiera como una especie de mutación en el contexto de la mentalidad judeohelenística. Quienes defienden esto esto último (Larry Hurtado et al.) dan por sentado que Jesús fue adorado como Dios… porque era Dios. Pero la cualificación de Jesús como Dios, en tanto que Jesús fue, al menos inicialmente, visto como un hombre, aunque fuese un hombre especialmente cercano a Dios, solo puede darse como reconocimiento y, por consiguiente, dentro del marco de uno o, mejor dicho, varios lenguajes disponibles. Y así parece que deberíamos fácilmente concluir que, ya desde los orígenes, la divinización de Jesús se da como interpretación del hombre que fue Jesús. De hecho, en los textos del Nuevo testamento encontramos, como es suficientemente conocido, dos modelos cristológicos: el que comprende la divinización de Jesús como exaltación de un hombre al estado divino o semidivino y el que comprende, inversamente, al hombre que fue Jesús como la encarnación —la epifanía— de una divinidad. Ahora bien, las cosas no son tan sencillas. Pues cualquiera de los primeros creyentes hubiese admitido la pluralidad de visiones, pues se trata de un dato. Pero no hubiese aceptado lo que nosotros damos por sentado, a saber, que no podemos salir de la interpretación: que más que decir «Jesús es Dios» lo único que cabe afirmar es «a mí me parece que es Dios» o «yo lo veo como (si fuera) Dios». Ahora bien, para esos primeros creyente, la interpretación va con la visión, por decirlo así. Evidentemente, no es posible ver según qué, si no es desde cierta óptica o saber previo. Pero, si vemos lo que vemos es porque hay ahí algo que exige ser visto. Así, por ejemplo, si el resucitado se apareció a un número determinado de testigos no es porque ellos alucinaran —no porque esa visión se determinara enteramente en el campo de la subjetividad. Es porque Jesús, de hecho, se les apareció… aunque nosotros ya no estemos dispuestos a aceptar este hecho, ni siquiera si pudiéramos desplazarnos en el tiempo. Pues qué pueda darse como hecho depende del marco conceptual que sostiene un mundo (y el nuestro no es, ni de lejos, el de los primeros creyentes). No hay un ver que que no sea un ver como. No hay hechos que no dependan de una visión de los hechos. Pero toda visión va con su carga teórica, una carga que nos viene dada como aquello en lo que habitamos. Lo que sí pertenece al campo de la interpretación teológica es que el crucificado fuera resucitado por Dios para nuestra salvación, no la aparición como tal. La aparición —junto con la tumba vacía— fue el dato fundacional. La cuestión, por tanto, es si nosotros aún podemos profesar la misma fe donde ya no somos capaces de ver lo mismo —donde solo cabe acceder a la experiencia de los primeros creyentes como una interpretación entre otras. O, por decirlo con otras palabras, donde nos hemos quedado con la interpretación pero sin el dato que le sirve de base ¿acaso no obliga al cristianismo a caer de nuevo en manos del gnosticismo?

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