años luz

julio 4, 2016 Comentarios desactivados en años luz

Trascendencia es distancia infinita. En este sentido, no es que Dios esté lejos, sino que, visto de nuestro lado, simplemente no está. El Dios vivo no da señales de vida. Por tanto, desde un estricto monoteísmo, los signos de Dios —los síntomas de su presencia— no pueden comprenderse como ese humo que señala el fuego que no vemos. No hay signos de Dios, sino en cualquier caso símbolos. Pues el símbolo siempre remite a lo que ha sido (¿definitivamente?) dejado atrás. Sin embargo, muchos creyentes hoy en día siguen preguntándose por los indicios de Dios. Y, así, terminan hablando de la sonrisa de un niño o de la belleza eterna de las cumbres. Pero, cristianamente, no tenemos otra señal —otro símbolo— que la de aquel hombre de Dios que cuelga como un perro de un madero. En los primeros tiempos, el signo de los signos fue la resurrección del crucificado. Sin embargo, una vez el cristianismo pierde de vista el horizonte apocalíptico que dota de inteligibilidad creyente a la tumba vacía, la resurrección acaba siendo entendida, erróneamente, como una variante de la supervivencia post mortem del alma. De ahí que hoy en día no sepamos qué hacer con la resurrección, salvo malinterpretarla como si fuera un modo mítico de hablar del significado de la Cruz o, siendo más modernos, de la resiliencia. Ahora bien, sin resurrección —sin la iniciativa de un Dios capaz de restituir la vida a los muertos— seguimos en el Antiguo Testamento. Y eso significa que no hay otra presencia de Dios que la de aquellos hombres o mujeres cuya vida entera se encuentra en manos de un Dios en falta y, por consiguiente, a la espera de la humanamente increíble irrupción de Dios.

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