autónomos

julio 18, 2016 Comentarios desactivados en autónomos

Quienes, dentro del campo de la teología, aceptan la autonomía del mundo como el faktum de la Modernidad, diciendo, pongamos por caso, que Dios quiere dicha autonomía, olvidan que el sujeto autónomo no es tanto el que puede negar a Dios, en última instancia desobedecerle, pues esta libertad, al tratarse de la libertad de Adán, es constitutiva de lo humano, sino aquel que en modo alguno se reconoce como criatura. Esto es, hablar de la autonomía del mundo, del hecho de que ni la ciencia, ni el arte, ni la política exigen la hipótesis de Dios es lo mismo que hablar de la independencia del hombre con respecto a la posibilidad de lo divino. Creer que la autonomía del mundo permite seguir con la antigua fe, como si los tiempos modernos solo exigieran una actualización del kerigma cristiano, es hacer trampas, en definitiva, dar gato por liebre. Pues el dato inicial de nuestra condición moderna ya no es el de un encontrarse sujeto al poder de Dios, sino el de quien aspira a ser señor de sí mismo. Por eso la idea de que uno es, a pesar de ello, criatura solo puede, modernamente, afirmarse como supuesto de la subjetividad religiosa, no como el punto de anclaje de nuestro estar en el mundo. Es decir, únicamente cabe defender dicha idea como hipótesis discutible, en modo alguno como confesión. Pues confesar es responder ante Dios (y aquí Dios es, de hecho, lo que está en el aire). Así, la cuestión a la que se enfrenta el teólogo moderno es, precisamente, cómo hablar significativamente de Dios en un mundo en donde Dios no se da por descontado. Y aquí no vale decir, como Torres Queiruga y tantos otros, que Dios respetando nuestra libertad, nos deja hacer, aun cuando en el fondo esté de nuestro lado, apoyándonos en los momentos difíciles al modo de una cheerleader espectral. Pues, un Dios que permanece en stand by ante las atrocidades del hombre, aunque de tanto en cuanto le dé por darnos un chute consolador, es un Dios que solo puede valer como Dios en tanto que Juez del final de los tiempos. Y no parece que el teólogo que ha hecho rápidamente las paces con la Modernidad, cuyos logros son innegables, pero también sus sombras, esté dispuesto a admitir la posibilidad, por mítica, del día de la ira. 

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