curso de iniciación al marxismo: todo lo sólido se desvanece en el aire
enero 18, 2017 Comentarios desactivados en curso de iniciación al marxismo: todo lo sólido se desvanece en el aire
Como dijera Nietzsche, todo placer pide eternidad. De ahí que se mienta a sí mismo quien proclama a los cuatro vientos que es feliz por haberse tirado a unas tías como quien no quiere la cosa. Si es capaz de dejar en la cuneta a unas cuantas es porque con ellas tampoco hubo nada especial: tan solo un rollo (de rollazo). Pues por poco que la cosa vaya bien, cuesta que lo dejemos correr. De hecho, como buenos nietzscheanos, volveremos a marcar su número. Sin embargo, también es cierto que no podemos permanecer demasiado tiempo en el limbo. Con el paso de los días, todo acaba siendo otra cosa. Y no porque haya habido un error de cálculo. No porque te equivocaras de chica (aunque también pudiera ser). Simplemente, estos asuntos van como van. Incluso lo auténtico tiene fecha de caducidad. Resulta inquietante, sin embargo, que no estemos hablando solo del hormigueo, que es lo habitual, aunque aquí se confundan tan fácilmente las churras con las merinas, sino también de la revelación, del hecho, fuera de lo común, de que esa mujer haya irrumpido en tu vida de manera tan perturbante. Estamos hablando de lo excepcional —de lo que en verdad tiene lugar. Estamos hablando de la aparición. Lo habitual es cruzarse —lo habitual es (de)gustarse o fundirse. Lo habitual es intercambiar cromos (tu me das lengua y yo te doy ombligo), aunque siempre creamos que se trata de algo más. Lo extraordinario, en cambio, es encontrarse. Lo extraordinario es intimar, que el otro rompa la muralla, manteniendo las debidas distancias, la lejanía de la alteridad. Lo raro es que pertenezcas a ella en la misma medida que ella se halla en tus manos. Por eso, cuando te encuentras con esa mujer singular, cuando cedes a su mirada, tan vulnerable como punzante, te sientes junto a ella fuera del mundo. Un encuentro es un estado de excepción. Un encuentro es un acontecimiento y un acontecimiento —la invasión del ultracuerpo— no es algo que pueda prolongarse indefinidamente o, lo que viene a ser lo mismo, arraigar en el mundo. De hecho, el mundo no sabe qué hacer con eso que aparece entre los amantes. Pues el mundo exige adaptación y la adaptación un buen empleo de los recursos. Y eso que aparece entre los amantes es, de por sí, tan inútil o intratable como insoportable. En realidad, no es nada que pueda ser captado por un tercero, un espectador —y de ahí, dicho sea de paso, que la verdad como lo que en verdad tiene lugar, como esa alteridad que irrumpe, tan solo pueda ser subjetiva. Sencillamente, alguien viene hacia ti desde el más allá o, mejor dicho, desde su déficit de ser, su nada. Así es normal que a la hora de dar fe de esta turbación tengamos que emplear los recursos de la literatura fantástica o paranormal o, cuando menos, desplazarnos a una órbita lingüística diferente de aquella en la que describimos o explicamos el movimiento de las bolas de billar. Lo que acontece no es lo que simplemente pasa. Un acontecimiento es eterno. Somos nosotros los que no podemos soportar su eternidad. Por eso preferimos caer en el tiempo, medir de nuevo las distancias, repasar la lista de la compra, encender un cigarrillo. No debería extrañarnos, pues, que, una vez regresamos al mundo y a sus demandas, la amante desaparezca y se transforme en aquella mujer con quien tendríamos que establecer un buen pacto, un trato amable, cosa que, por otro lado, tampoco está tan mal. Erramos el tiro si creemos que lo que en verdad tiene lugar —la interrupción del otro— es capaz de asentarse en la cotidianidad como aquello que, siempre y cuando estemos a la altura, podemos (re)producir a voluntad. En ese caso, caeríamos en el disparate de Pelagio, pues, creyendo que la llama se apaga debido a nuestra torpeza, fácilmente pelearíamos para que las cosas fuesen como al comienzo. Pero, como mucho, conseguiríamos dar gato por liebre. Por consiguiente, si la verdad no nos pertenece, entonces la verdad solo puede comprenderse de dos modos: o bien como milagro y, con el paso de los días, como eso que sucedió; o bien como un pálido reflejo de una verdad anclada en el cielo (aunque en vez de cielo actualmente tengamos una fábrica de sueños). En el primer caso, probablemente terminaremos siendo unos nostálgicos, y, por tanto, viviendo de lo que fuimos, de celebración en celebración. En el segundo, unos desencantados que procurarán, a la mínima oportunidad, dar el salto, renovar el producto o, como suele decirse, la experiencia. Aunque puede que, al fin y al cabo, haya algunos afortunados que se limiten a esperar el regreso de lo que se fue, incluso si tienen el presentimiento de que ese retorno solo podrá darse como perdón, que es algo así como una variante pop de la resurrección de los muertos.