el Espíritu no es un Red Bull

abril 22, 2017 Comentarios desactivados en el Espíritu no es un Red Bull

No deja de ser curioso que si posees un camión, pongamos por caso, no tengas ningún problema en admitirlo, mientras que si has sido alcanzado por el Espíritu de Dios, difícilmente dirás de ti mismo que eres un hombre de espíritu. La analogía con la sabiduría socrática es inmediata: el saber, propiamente, pasa por reconocer que en definitiva nos iremos con las manos vacías —que con respecto a las grandes palabras no sabemos de lo que estamos hablando. Basta constatarlo, para desenmascarar a tantos farsantes que hay por ahí. Con respecto a la verdad, cuanto más cerca, más lejos. Y es que la verdad —y, por extensión, la verdad del Espíritu de Dios— es lo que en verdad acontece como lo im-posible, como eso que el mundo no puede admitir como su posibilidad, ni siquiera como la posibilidad de un mundo sobrenatural. La verdad, en este sentido, no pertenece al mundo, a ningún mundo. La vida del espíritu es, por eso mismo, una vida descentrada, una vida que reconoce que su centro está fuera de sí, en esa alteridad que el mundo no puede aceptar como posible. Cuando menos, porque lo posible siempre se determina desde las condiciones de receptividad del yo. Así, lo posible solo es posible, valga el juego de palabras, porque la alteridad ha sido reducida a eso que damos por descontado y, por eso mismo, no puede aparecer como tal. En este sentido, el Espíritu de Dios es aquel que nos descentra en tanto que nos obliga a responder a la demanda de los que han sido desposeídos de cualquier espíritu, incluso de cualquier identidad. La alteridad se nos hace presente como esa falta de ser de quien clama por Dios, de aquellos que se encuentran fuera del mundo porque no cuentan para el mundo. Pero diría que nos hallamos sujetos a su demanda como demanda insoslayable, una vez hemos sido despojados del ánimo que nos permite confiar en nuestras fuerzas. El Espíritu de Dios acontece entre indigentes. De ahí que planee sobre las cenizas del hombre. Pues el Espíritu, en tanto que Espíritu de Dios, es un resto. Es lo que queda de Dios, donde Dios aparece como el desaparecido en combate. Y lo que queda de Dios —ese hueco— habita en el cuerpo de quienes claman por Dios y obran en consecuencia. Pues quien clama por Dios desde el abismo del corazón terminará reconociendo en el llanto de los hambrientos la respuesta de Dios a su clamor. Dios responde a la inquietud del hombre con la demanda infinita que nace de aquellos que no tienen pan. Pero es igualmente cierto que, desde la óptica de las víctimas, Dios responde con aquel que obedeciendo a su mandato, el que se expresa con el grito de quienes dirigen su mirada a un cielo de plomo, les ofrece el pan que les falta. Cristianamente, el Espíritu de Dios se materializa en el pan que sacía el hambre. Como decía Nikolai Berdyaev, que me falte el pan es un asunto material. Pero que le falte el pan al otro es un asunto espiritual. Ciertamente, los hambrientos reconocen al Redentor en el hombre que les da el pan. Pero quien da el pan que sacía el hambre no dice de sí mismo que está lleno de Dios, sino que parte el pan —no el que le sobra, sino su pan— como ofrenda, por decirlo así, al Dios que reconoce en el rostro de los hambrientos. El Dios que arraiga en el corazón de los hombres es un Dios que se encuentra fuera del hombre como el rostro que pide el pan de cada día. Quienes sostienen que en el fondo de cada hombre habita Dios a la manera de una chispa divina se equivocan, si creen que para encontrar a Dios, basta con desprenderse ascéticamente de la crosta de egoísmo que impide que la chispa divina brille como tiene que brillar. El hombre no puede por sí mismo alcanzar a Dios. «Me buscaréis y no me encontraréis» (Jn 7, 34). Es verdad que Jeremías (Jr 29, 13) dice aparentemente lo contrario. Pero el profeta insiste en que esa búsqueda debe nacer del fondo del corazón, y bíblicamente el corazón del hombre late por la falta de Dios. Quien busca a Dios desde su desesperación encuentra ciertamente a Dios, pero no como lo esperaba. Podríamos decir que la ascesis puede ser incorporada a la experiencia creyente cuando fracasa en su intento de entrar en contacto con Dios. En cualquier caso, la chispa divina, si la hubiera, permanece dormida hasta que no la despierta el griterio de los hombres. Quienes se hallan en el Espíritu de Dios siempre ven a Dios en el otro. De ahí, el carácter personal del Espíritu. Dios es el que se entregó a los hombres como Cristo crucificado. Pero esa entrega fue de Dios porque Jesús de Nazareth escuchó el clamor, a menudo sordo, de los desposeídos de Dios como la voz misma de Dios. El Espíritu de Dios acontece entre los hombres que permanecen a la espera de Dios —los sin Dios. El Espíritu de Dios es el de un Dios que se pone en manos del hombre como hombre de Dios y, por consiguiente, como hombre que soporta sobre sus espaldas la caída de Dios. La voz imperativa de Dios no desciende de la alturas, sino que emerge de los estómagos del hambre, precisamente, porque en las alturas tan solo habita el nombre de Dios, un nombre que tiene pendiente su referencia, su quién. Y lo que confesamos cristianamente es que el quién de Dios es el de aquel que murió como un perro en el nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. Tampoco debería extrañarnos, cuando menos porque no hay otro Dios que el encarnado y la carne es un cuerpo abandonado de Dios. Desde la óptica de la fe, el Espíritu de Dios es el Espíritu de quien colgó de una cruz como un maldito de Dios. De hecho, a los discípulos no se les entregó el Espíritu hasta que Jesús no fue ensalzado, esto es, crucificado (Jn 7, 39). El Espíritu no habla de sí mismo (Jn 16, 13), sino de un Dios que se encuentra en falta y cuyo quién no es otro que un condenado por los hombres en nombre de Dios. Estamos lejos, por tanto, de una concepción tópicamente religiosa del Espíritu en donde este se concibe como la electricidad que ilumina y calienta nuestra existencia (la imagen es de Gerd Theissen), como si, al fin y al cabo, tan solo fuera cuestión de conectarnos al enchufe adecuado. Si esto fuera así, poseeríamos el Espíritu como quien posee un camión. Pues es imposible que quien pone los dedos en un enchufe no diga de sí mismo que ha sufrido una descarga. El Espíritu de Dios no es, por tanto, un chute de energía que podamos experimentar en nosotros mismos como quien se siente con fuerzas tras tomarse un red bull. En todo caso, el Espíritu de Dios se nos da en la chute de Dios.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo el Espíritu no es un Red Bull en la modificación.

Meta