el explorador y el cangrejo
agosto 24, 2017 Comentarios desactivados en el explorador y el cangrejo
La experiencia religiosa puede entenderse en relación con dos posiciones básicas. La primera sería la de quien busca adentrarse en territorios vírgenes con la idea de encontrar el dorado, un lugar en donde poder comenzar de nuevo. Desde esta óptica, la cuestión principal es la del camino adecuado. Que si la ascesis, que si ciertas drogas, que si la práctica del yoga… La segunda, en cambio, sería la de quien ha llegado a ver que estamos donde estamos porque el gran otro dio un pasó atrás. Esto es, que existimos como quienes echan en falta a quien nunca podrá darse sin que desaparezca el mundo (pues el mundo es lo que es en tanto tiene eternamente pendiente al gran otro). Así, o bien nos situamos ante Dios como el contenido de nuestra expectativa, por no decir fantasía, o bien como la alteridad que no puede hacerse presente sin negarse a sí misma. Evidentemente, no estamos hablando de lo mismo. Pues o bien el hombre es la imagen en la que Dios se reconoce para ser precisamente el que es, o bien Dios es la imagen del hombre, de lo que el hombre cree que debe llegar a ser. De ahí lo inaceptable del cristianismo para quienes viven de sus ilusiones religiosas. Pues, lo que se nos revela en la cima del Gólgota es que no hay otra imagen de Dios que la de un crucificado en su nombre, en definitiva, que Dios no es nadie con independencia de su identificación con un crucificado. Al margen de la cruz, Dios es un yo que tiene pendiente su quien —y por eso no debería extrañarnos que, en tanto que no es nadie, no le veamos por ningún lado—. Pero del mismo modo que el hombre es un espectro que vaga por el mundo sin saber de quien es imagen —y por eso anda desesperado buscando la bendición de su ídolo—. La cruz revela a Dios como hombre o, lo que viene a ser lo mismo, al abandonado de Dios como imagen de Dios. Pues la entrega del hombre a un Dios impotente —su fidelidad u obediencia— hace posible que Dios pueda identificarse de nuevo con el hombre. Sin cruz, ni Dios, ni el hombre son en verdad. De ahí que concebir la relación entre Dios y el hombre con independencia de la historia de la salvación es, sencillamente, confundir las churras con las merinas.