de la divinidad oceánica
agosto 26, 2017 Comentarios desactivados en de la divinidad oceánica
Que hoy en día estemos más predispuestos a aceptar una divinidad impersonal que al viejo Dios del teísmo ya es de por sí un síntoma de que hemos dejado de creer en la aparición, la intempestiva irrupción del otro, y por consiguiente de comprendernos mejor a nosotros mismos. Es verdad que las imágenes con las que incorporábamos nuestra necesidad natural de un encuentro con alguien en verdad otro —la imagen de un fantasma bueno, pongamos por caso— suelen enmascarar el hecho de que el otro, en verdad, no tiene imagen. Pero al tirar por el desagüe dichas imágenes, también tiramos al niño de la alteridad. Pues el otro, como tal, es un resto: lo que habita tras la imagen. Y lo que habita es un no acabar de ser lo que parece, una falta de coincidencia con el aspecto con el que, por otro lado, se identifica. Esto es, el otro es un déficit, una indigencia. Dios en tanto que enteramente otro —como la alteridad que el mundo tiene pendiente— es un Dios en falta, un Dios al que le falta el hombre para llegar a ser el que era. De ahí que no haya encuentro con Dios que no proceda de su invocación o clamor. Y de ahí también que no haya encuentro con Dios que no nos empobrezca de algún modo, cuando menos porque el clamor de Dios, el que se expresa con el llanto de los sin Dios, nos arranca del hogar. Así, cristianamente, Dios no es el mar al que todos los ríos van a parar, sino aquel que, como quien dice, va desde la eternidad en busca del hombre con el que poder identificarse de nuevo. Pues, sin esa identificación Dios es como un yo —una alteridad— sin imagen en la que reconocerse y por tanto un Dios que aún tiene pendiente llegar a ser el que es. La relación con Dios no se decide solo de lado del hombre, sino también, y quizá sobre todo, del lado de Dios. Dios sin el hombre es un don nadie, un Dios que ignora quién es, una conciencia insatisfecha, por decirlo a la Hegel. Pero el hombre sin Dios no es más que un espectro que vaga por el mundo sin saber de quien es imagen. Un lobo solitario que en vez de la hiriente realidad del otro prefiere contentarse con sus representaciones del otro. O en clave religiosa, aquel que prefiere parapetarse tras las imágenes de Dios que posicionarse ante Dios en verdad. Esto significa que, cristianamente, Dios solo se hace presente en la restauración del vínculo perdido con Adán, restauración que se revela en el Gólgota. De ahí que un cristiano se encuentre con Dios solo cuando topa con el que murió poniéndose en manos de un Dios que no era mucho más que su impotencia. Tot plegat resulta díficil de tragar para una sensibilidad que busca una cima en la que poder respirar aire puro. No debería extrañarnos que en vez de un encuentro, el cual siempre nos saca de quicio, prefiramos fundirnos en las fantásticas aguas de una divinidad océanica, olvidando que de haberlas, no pueden ser otras que las de un mar muerto. Y en un mar muerto, más que fundirnos, flotamos.