política de pueblo
octubre 4, 2017 Comentarios desactivados en política de pueblo
No se resuelve lo complejo con slogans simples. Pasa en la vida de cada uno y pasa también en lo que nos afecta políticamente a todos. Ya lo dijo Platón: resulta difícil evitar la demagogia cuando se trata de las masas, aunque él no empleara ciertamente este término. Pues lo que nos caracteriza como masa es la falta de reflexión. Con la masa no hay nada que hacer, salvo manipularla. La masa es como un chico elemental, un hooligan. Así, tiende a creer que lo que le parece justo es, por eso mismo, justo. Aún no se ha distanciado lo suficiente de sus primeras impresiones. Aún no ha aprendido a sospechar de sí mismo. De ahí que no sea posible la democracia donde seguimos ligados a la tribu —donde la masa se considera, equivocadamente, como sujeto político—. Pues como miembros de una tribu seguimos siendo unos elementales. La categoría pueblo, porque fácilmente se carga con el aura de lo sagrado, no es una categoría política. No puede serlo, al menos en democracia. Quienes la emplean, estén en la orilla que estén, creen que, por el simple hecho de pertenecer a un pueblo, poseen una especie de autoridad moral que les autoriza, precisamente, a saltarse la ley, siempre y cuando les parezca injusta. Pero si la ley es la expresión de un acuerdo, aunque siempre dentro de una ética de mínimos, la cual establece aquellos principios que la ley no puede alterar, entonces no hay ley que responda a la voluntad de un pueblo, sino en todo caso a la de la ciudadanía. El problema está en trazar las fronteras de esa ética de mínimos. Pero lo cierto es que, en cualquier caso, dichas fronteras no pueden establecerse desde el pueblo como sujeto político. La categoría pueblo no suele hacer buenas migas con la tolerancia democrática, pues lo que define en gran medida a un pueblo es su voluntad de diferenciarse moralmente del resto, de tal modo que quien no comulga con las ruedas de molino del pueblo no es, sencillamente, uno de los nuestros. Y de ahí a negarle sus derechos, los que tan solo pueden justificarse desde una voluntad popular, hay un paso. Desde la óptica de la tribu, unos son los buenos y otros los malos. Este es el presupuesto de una política popular. No es casual que fuera Carl Schmitt, una referencia jurídica para el nacionalsocialismo, quien dijera que la política no puede eludir la distinción entre amigo-enemigo, como tampoco la decisión soberana que, arbitrariamente, constituye el orden político. La decisión no expresa otra cosa que la voluntad del soberano, la cual no encuentra su razón de ser en la razón o, cuando menos, en una que se entienda a sí misma como el procedimiento regulado para alcanzar un acuerdo. En todo caso, desde su punto de vista, las razones constituyen una racionalización de una decisión que no depende de ellas. Ciertamente, no parece que tengamos cultura democrática donde hacemos de la Constitución una ley indsicutible. Alemania, desde la segunda guerra mundial, la ha modificado unas sesenta veces. Una Constitución que sirvió en su momento, puede dejar de servir en otro. De ahí que la única voluntad que debe prevalecer en democracia sea la de llegar a un acuerdo. Sin duda, la democracia se pervierte donde una de las partes detenta un poder casi absoluto. Pues un poder absoluto —o casi absoluto— tiende a realizar sus fines, los cuales no suelen tener en cuenta los fines de quienes se hallan sometidos a dicho poder. En este sentido, no es casual que la democracia solo pueda sobrevivir en un Estado de Derecho, cuyo fundamento es, precisamente, el de una división de poderes que evite la concentración del poder. Ahora bien, donde un Estado solo es un Estado de Derecho sobre el papel, parece que las minorías que sufren el rodillo del Estado estén legitimadas para, cuando menos, tensar la cuerda de la legalidad. Bajo estas circunstancias, quienes forman parte del juego político, más que una partida de ajedrez, terminan jugando al póker. Y en el póker quienes tiene las peores cartas suele ir de farol. Juegan al límite. Pero el problema de jugar al límite es que termines perdiendo lo poco que tienes. Las masas se creerán el farol. Pero, como suele decir un buen amigo, aquí tomarse en serio el farol es como ir a un examen, en donde te juegas el curso, sin saber qué entra. En el agora política, nadie habla de que lo supondría, a corto o medio plazo, una Catalunya independiente desde el punto de vista socioeconómico. Nadie habla o, cuando menos, claramente, del precio que tendríamos que pagar, de lo que implicaría tener, de llegar al caso, una moneda propia, de su más que probable devaluación con respecto al euro, del corralito que nos caería encima, de las dificultades para financiar con deuda los servicio públicos, de lo que supone quedar fuera de la UE… Probablemente, lo que supondría a corto o medio plazo es un empobrecimiento del poble català. Esto no supone caer en el discurso del miedo, aun cuando, sin duda, pueda ser instrumentalizado por quienes lo promueven. Esto supone, simplemente, hacerse preguntas. Y la respuesta a estas dificultades no puede ser entre tots ens en sortirem. Entre otras razones, porque no tengo claro quién hay detrás de este tots. Los trabajadores catalanes que apenas ingresan mil euros al mes, tras jornadas extenuantes, no creo que estén en el mismo saco que las cuatrocientas familias que, según se dice, constituyen el entramado de la burguesía catalana. Pues no me extrañaría, viendo como está el patio, que buena parte de su fortuna ya estuviera fuera de Catalunya. No sé si fer país consiste en esto. Quienes pagan los platos rotos suelen ser los que se costean la vida con su salario. De ahí que la cuestión política relevante sea transnacional, la que se plantea como el conflicto entre los que tienen de más y los que tienen de menos. Los trabajadores, incluso aquellos que se ganan prou bé la vida, no estamos en el mismo barco que quienes no saben qué hacer con su fortuna, aunque se la hayan ganado honestamente. Sencillamente, los recursos para hacer frente a un posible hundimiento no son los mismos. Que no nos vengan, por tanto, con milongas tribales. La pregunta, por tanto, no debería ser si queremos o no una Catalunya independiente, sino si estamos dispuestos a pagar el precio. Quienes votan deberían saber qué están votando. Como el alumno debe saber de qué se va a examinar. De esto no se desprende de que lo mejor sea que las cosas sigan como estaban. Según los datos más fiables, Catalunya contribuye al Estado con el 5% de su PIB. Este 5% sería la parte catalana de los fondos de cohesión españoles (el equivalente a los europeos, pero en casolà). Que Catalunya contribuya al desarrollo de las regiones menos desarrolladas de España no es, de por sí, algo a desestimar. Pues, como decían no hace tanto los líderes nacionalistas, lo que es bueno para España es bueno para Catalunya. Al menos mientras España siga siendo un mercado natural para Catalunya. Cuanto mejor se ganen la vida los del sur más posibilidades habrán de que compren nuestros fuets. El problema se plantea cuando esos fondos caen en saco roto, como parece que es el caso. Según estimaciones dignas de crédito, harían falta unos setenta años de cohesión para que las diferencias de renta entre las regiones ricas y pobres del Estado español, diferencia que se encuentra por debajo de la media europea, se redujera a la mitad. Quizá sea demasiado. Al menos, porque, si de lo que se trata es de reducirlas, no parece que este sea el medio más eficaz, al menos tal y como se lleva a cabo. En cualquier caso, estamos ante un problema político que debería abordarse políticamente. Para esto hacen falta líderes con voluntad de Estado y no parece que los hayan. De ahí quizá la necesidad de sacudir el árbol o, como decíamos antes, de comenzar una partida de póker. Sin embargo, incluso para jugar al póker yendo de farol hace falta inteligencia. Y donde privan las pasiones, la inteligencia termina poniéndose a su servicio, perdiendo, por consiguiente, los papeles. Quienes se dejan llevar por las pasiones, y más en asuntos complejos, acaba equivocándose. Hoy por hoy, parece que haya más rauxa que seny. Decía Winston Churchill que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. No lo tengo tan claro, aunque me temo que acabaremos por darle la razón.