ortodoxia oriental, ortodoxia latina
noviembre 22, 2017 Comentarios desactivados en ortodoxia oriental, ortodoxia latina
¿Cómo fue posible la negación de Dios? ¿Cómo pudo darse la libertad del hombre con respecto a Dios? Aquí caben dos respuestas. La primera es la que encontramos en el cristianismo ortodoxo de Oriente. La negación de Dios no es posible sin la intervención de un poder maligno, representado en el relato de la caída por la serpiente. Aquí la caída no afecta a la naturaleza del hombre, la cual se halla encubierta (y solo encubierta) de podredumbre. Por eso la ascésis del monje ortodoxo nos se ejerce contra natura, sino pro natura. De lo que se trata es de desprenderse de la crosta de mal que impide que nuestra naturaleza, a imagen de Dios, brille en todo su esplendor. Ciertamente, esto se halla muy cerca de la gnosis. La segunda es la propia de la ortodoxia latina, cuyo principal exponente es Agustín, y según la cual, la caída afecta a la naturaleza del hombre. El modo de ser hombre es un modo de ser que vive de espaldas a Dios, en la negación de Dios, aun cuando esta negación sea a menudo velada por la creencia en un Dios a nuestra medida. Aquí el hombre es, aunque creado a imagen de Dios, el que puede negar a Dios, aquel que puede rechazar su condición de criatura. La serpiente, en este caso, habitaría en el fondo del corazón humano. Ello no tiene que ver, y esto conviene subrayarlo, tan solo con el hombre, sino también con Dios. Pues aquí Dios es aquel que difiere de la imagen con la que, por otro lado, se identifica. Y este diferir sería, por decirlo así, la condición de posibilidad de la libertad humana. De hecho, sin este diferir tampoco sería posible la identificación, decir yo soy ese. De ahí que la caída no solo afecte al hombre, sino también a Dios, cuando menos porque Dios pasa a ser el Dios que sufre una brutal crisis de identidad. Tras la caída, Dios es el Yo que tiene pendiente, precisamente, su quien, pero del mismo modo que el hombre es aquel que encuentra a Dios en falta, el espectro que deambula por el mundo sin saber quién es su Padre, al menos mientras no se encuentre con el Dios crucificado.