teoría de las corporaciones (1)

noviembre 25, 2017 Comentarios desactivados en teoría de las corporaciones (1)

Las grandes empresas necesitan capataces, pero requieren liderazgo. Un capataz no está hecho con madera de líder. Más bien, suele ser servil. Esto es, lo que le gusta es mandar… sin asumir el coste de la responsabilidad. Sencillamente, cumple órdenes. Y las órdenes, en definitiva, pretenden que las cosas no se salgan de madre. La orden por el orden. Una vez la corporación ha adquirido la suficiente complejidad, inevitablemente se aleja de sus motivos iniciales —sus ideales— para convertirse en un organismo que vive para sí mismo. Dado lo complejo del asunto, de lo que se trata es de seguir en pie. Para resolver su contradicción, las grandes empresas suelen inscribir a sus capataces en cursillos de liderazgo. Pero el hábito nunca hizo al monje. De ahí que a los capataces se les note que dan las gracias, si es que las dan, porque así se lo dijeron en el curso de marras. El resultado suele ser la pérdida de autoridad moral de la institución y, por ende, la desmotivación de sus trabajadores, que de este modo se convierten fácilmente en funcionarios. La práctica directiva no suele cuadrar con el discurso que legitima a la corporación. Así, sobre el papel, pongamos por caso, se exige creatividad e iniciativa, pero de hecho se premia al trabajador que simplemente se limita a ejecutar las instrucciones. Más aún, el carisma suele ser penalizado, quedando, en el mejor de los casos, relegado a los márgenes del sistema. De hecho, al sistema ya le va bien contar con alguien carismático, pues no deja de ser un elemento legitimador. Pero a menos que se tome la vida institucional como si fuera la comedia que en el fondo es, el carismático terminará sufriendo los efectos del doble vínculo. Pues es difícil que mantenga la salud mental donde se le castiga por cumplir con el ideario. A las instituciones nunca hay que tomárselas demasiado en serio. Un directivo nunca bendecirá a quien ha sido agraciado con el carisma. De hecho para el directivo, este último no deja de ser una mosca cojonera. El carismático, por tanto, se equivoca donde confunde al directivo con su padre —donde persigue su reconocimiento—. Al fin y al cabo, el juego que se juega en una institución nunca termina de ser el que se dice que se juega, por lo común llenando la boca con aquellas palabras que nada dicen queriéndolo decir todo.

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