el creyente y el ateo

diciembre 16, 2017 Comentarios desactivados en el creyente y el ateo

Ateo es quien niega a Dios. Mejor dicho, que haya Dios. La Biblia lo califica de insensato (sal 14). Evidentemente, a nosotros no nos lo parece. De hecho, podríamos entender la Modernidad como la época en la que el ateísmo ha sido legitimado epistemológicamente. Dios hoy en día no se da por descontado. De ahí no se deduce, sin embargo, que para creer antes tengamos que demostrar la existencia de Dios o, cuando menos, la verosimilitud de la creencia. Pues, quien se plantea la necesidad de demostrar a Dios es porque inicialmente no se encuentra expuesto al exceso de Dios. Ahora bien, donde no nos hallamos expuestos a dicho exceso, no hay Dios que pueda valer como Dios. En el momento en que nos preguntamos por la verdad de nuestra creencia en Dios, ya le damos la razón, implícitamente, al ateo, cuando menos, porque un creyente no es aquel que supone que hay Dios —ni siquiera donde le parece que su creencia está lo suficientemente justificada—, sino aquel que se encuentra por entero sujeto a la voluntad de Dios. Es como si nos preguntáramos seriamente si los hombres y mujeres de raza negra son humanos. La pregunta, como tal, resulta obscena, pues plantea la posibilidad, actualmente inaceptable, de que no lo sean. El prius de la existencia creyente no es su representación de Dios, la cual siempre puede ponerse en entredicho, sino su hallarse bajo la desmesura, en última instancia, del duro silencio de Dios. Ciertamente, el ateo tiene razón al negar la existencia del dios de la religión, el fantasma bueno de nuestra infancia. Y no tanto porque no exista algo así como una mente creadora, sino porque, en el caso de que constatáramos su existencia, no habríamos topado con Dios en verdad. Para quien ha alcanzado la mayoría de edad, una mente creadora no es más, aunque tampoco menos, que una mente creadora, la causa eficiente de nuestro mundo. Un demiurgo espectral nos obligaría a tenerlo en cuenta. Pero del mismo modo que hoy en día los residuos nucleares nos obligan a andar con cuidado. En absoluto nos situaríamos ante ese dios, al menos como modernos, en la posición de la criatura. Sin embargo, no es necesario comulgar con el ateo para negar la divinidad del ente espectral que concebimos como dios. Basta con ser creyente. Pues, el creyente bíblico fue el primero en cuestionar que Dios sea lo que el homo religiosus supone que es. Para el creyente avant la lettre la alteridad de Dios es la de quien dio un paso atrás para que fuera posible nuestra existencia. La trascedencia de Dios es la de aquel que se echa en falta, precisamente, como el que se halla fuera del mundo, de cualquier mundo, incluso del espectral. Y se encuentra más allá de los mundos como ese Yo que, tras la caída, tiene pendiente su quien. Tras el rechazo del hombre, Dios no tiene imagen en la que reconocerse. O, por decirlo con otras palabras, Dios no es aún nadie sin el fiat del hombre, fiat que, sin embargo, el hombre solo podrá pronunciar como abandonado de Dios. Por decirlo en clave trinitaria, Dios como invocación del hombre es Padre. Pero el Padre aún no llega a ser el que es sin la entrega incondicional del Hijo. Y vicerversa: el Hijo no llegará a ser el que es sin el reconocimiento del Padre. Dios es —Dios tiene lugar— en la reconciliación entre el Padre y el Hijo. Puede que no haya otra presencia de Dios que la de quien encarna su voluntad sin Dios mediante. En cualquier caso, como aquellos que fueron arrojados al mundo, nos encontremos sujetos a la voluntad —al imperativo— de un Dios que en sí mismo no es más, aunque tampoco menos, que su invocación del hombre, aquella que nos transforma en rehenes de quienes viven en su carne la trascendencia de Dios: la viuda, el huérfano, el inmigrante, al fin y al cabo, los sin Dios. Es su clamor el que se revela como la voz misma de Dios, aquella que nos alcanza donde esperamos, ingenuamente, la intervención ex machina de Dios. Dios responde a la invocación del hombre invocando al hombre a la responsabilidad. Con respecto a Dios, todos somos el mismo huérfano. En resumen, el ateo dice: no hay Dios, Dios no existe. Tan solo lo que se halla a nuestro alcance, las cosas que podemos ver y tocar. El creyente, sin embargo, va más lejos (y con ello demuestra quizá una mayor profundidad): porque es real, Dios no existe. O, mejor dicho, porque Dios, literalmente, ex-siste —porque como tal se encuentra fuera de sí—, Dios no es sin el fiat del hombre (aunque también al revés).

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo el creyente y el ateo en la modificación.

Meta