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enero 28, 2018 Comentarios desactivados en abstract
La santidad de Dios es la santidad de la víctima. Dios —el enteramente otro, el santo de los santos— no existe como dios. O mejor dicho, porque Dios no existe como dios —porque la realidad de Dios se revela como la vacuidad del dios que existe—, el clamor de quien soporta sobre sus espaldas el peso del silencio de Dios se revela como la voz imperativa de Dios. Ciertamente, el crucificado no fue capaz de ofrecer el perdón de Dios solo como hombre. Pero tampoco solo como Dios. Pues al confesar cristianamente que Jesús fue verdaderamente hombre y verdaderamente Dios no decimos mucho más que lo siguiente: que Jesús es el quien de Dios. O lo que viene a ser lo mismo: que Dios logra reconciliarse con el hombre, y por consiguiente llega a ser el que es, por medio de la entrega incondicional de quien murió como un maldito de Dios. Dios no es sin el fiat del hombre. Pero como tampoco el hombre es mientras exista de espaldas al clamor de Dios. En este sentido, podríamos decir que lo que se nos revela en el Gólgota es que lo que queda del hombre cuando no es más que un despojo del hombre es de Dios. Pero lo que queda de Dios donde no queda ya nada de Dios es del hombre. Y eso no podemos admitirlo desde el punto de vista que mantiene la diferencia ontológica entre Dios y el hombre, aun cuando añadamos que el destino del hombre sea la vida de Dios o que en el fondo del alma habite una chispa divina. Dios es el destino del hombre solo porque Dios se ha hecho hombre.