de la existencia de Dios

diciembre 26, 2022 § Deja un comentario

La cosa no va de preguntarse si existe o no Dios… tumbados en el sofá. Y no va porque de existir, y estando en esa posición, nos daría igual. En cualquier caso, tendríamos una hipótesis de trabajo más encima de la mesa (o de más). Aquí la pregunta aún no se ha hecho cuerpo. Y donde no hay cuerpo, tan solo el ídolo. Es cierto que bíblicamente, la existencia de Dios nunca se pone en duda —de hecho, quien lo hace es calificado de insensato (por ejemplo, en el sal 14). Pero no porque se dé por descontado que hay un ente superior con el que debamos negociar bajo la lógica del do ut des, sino porque su realidad se experimenta como la de un Dios cuya trascendencia cae en la inexistencia. Como si la nada —o el aún nadie— fuese más real que cuanto cabe ver y tocar. En este sentido, los capaces de Dios son aquellos que parece que no cuenten con ningún Dios de su parte, los que lo hallan, precisamente, en falta. De ahí que en la Biblia lo decisivo con respecto a Dios no sea el contacto con Dios, como tampoco la negociación, sino lo que se desprende de su extrema trascendencia. Esto es, la cuestión no es si hay o no hay Dios, sino a qué nos obliga una realidad que no se revela como la de un ente superior. Con respecto a Dios, todo apunta a su por-venir, el cual y por lo que acabamos de decir, no podrá realizarse a la manera de una aparición ex machina. Quiza no sea anecdótico el que la primera intervención de Dios sea la de la voz que interpela a Caín por el lugar de Babel. Como tampoco lo es que el cristianismo termine confesando que Dios no tiene otra entidad que la de un elevado en su nombre sobre la cima de un calvario.

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