heraldos

enero 15, 2021 § Deja un comentario

Quizá no es casual que, en la Biblia, Dios no sea el tema —o no lo sea directamente—, sino el del intermediario de Dios. Esto es, la cuestión bíblica no es cómo conectarse con Dios —o cómo preparar el alma para que sea capaz de albergar a Dios—. La cuestión, dado el extremo más allá de Dios, es quién vendrá en su nombre —quién lo representa o representará—. Con respecto a Dios, el tema no es el padre, sino el hijo. Es posible que Israel haya estado más cerca de haber comprendido de que va el religare que los múltiples intentos a lo largo de la historia de acceder a la cima de Dios. O de palparlo.

amour

enero 14, 2021 § Deja un comentario

No hay amor que no sea, en último término, sacrificial. Un ejemplo de amor: aquí, en la plaza donde me tomo un café, hay un hombre que acaricia la cabeza de su mujer, tretapléjica (y parece que también mentalmente deficiente). Esto es lo que significa: no te abandonaré. No es causal que el amor de una madre se nos imponga como el paradigma del amor. Sin embargo, nadie puede desear sensatamente llegar a sacrificarse por amor. En el fondo, aspiramos al amor incondiciobal (¿acaso hay otro amor?). Pero preferimos no amar demasiado. O mejor dicho, en nombre del amor, lo deseable es no tener que amar a quien decimos amar. Pues ello supondría que depende por entero de nuestro cuidado —que se habría convertido en indigente, como la mujer de la plaza—. En este sentido, hay mucha carga de profundidad en Eckarth cuando le pedía a Dios que le librase de Dios. Y ello, precisamente, en nombre del amor de Dios. Traducción: porque amo a quien amo, le pido a Dios no tener que amarlo. Quien sabe, o cuando menos intuye, de qué va esto de Dios, no puede pedir otra cosa. Al menos, de entrada. Todo deseo de Dios, no es de Dios, sino del trampantojo que hemos puesto en su lugar. En cualquier caso, lo que deseamos el paz de Dios. O también, la redención. Pero este es otro asunto.

para que se hicieran dioses…

enero 12, 2021 § Deja un comentario

Por la identificación de Dios con el hombre, el hombre se sitúa por encima del dios —o en su lugar—. Así, no es que el hombre dependa de Dios —en cualquier caso, dependerá de los dioses que imagina—, sino que Dios depende del hombre para ser, precisamente, Dios. Es porque Dios renunció a ser Dios que el hombre es en Dios.

transfiguración

enero 9, 2021 § Deja un comentario

A la hora de hablar de Dios, resulta inevitable tener presente a los hombres, cuya existencia, nos habla de Dios. Así, podríamos decir, grosso modo, que Oriente se decanta por los transfigurados —por quienes emanan la paz de Dios—, mientras que Occidente, por aquellos que obran en consecuencia. Los acentos son distintos, sin duda. Y quizá por eso mismo, espontáneamente nos inclinemos a hablar de complentariedad. Pues los hombres no somos capaces de abrazar a Dios por entero. No obstante, las apariencias son, cuando menos, equívocas. La imagen del transfigurado sugiere que es posible alcanzar la cima —que podemos aspirar a ser algo así como un emisor de luz—, mientras que la del comprometido con la causa de la justicia nos da a entender que cabe una justificación de sí a través de las obras. Pero solo es cuestión de rascar un poco el oropel de la superficie para caer en la cuenta de que el barro sigue ahí. Simul iustus et peccator. En realidad, la experiencia interior confirma aquello de que, con respecto a la verdad, cuanto más cerca, más lejos. De ahí que, bíblicamente, lo decisivo no sea la voluntad de acercarse a Dios, sea por la vía contemplativa o activa, sino la responder a su interpelación, la que escuchamos a través del desgarro de los sobrantes. Y aquí quizá convenga subrayar que no se trata de una reacción, más o menos emocional, sino de una respuesta (aun cuando, inicialmente, la reacción tenga más peso) . Pues quien responde se encuentra sub iudice ante el clamor de los excluidos. En este sentido, la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) es clara al respecto. Y para leer bien conviene tener en cuenta que aquí la figura religiosamente admitrable es la del fariseo. Perfectamente, podríamos colocar en su lugar al staret o al militante… que están encantados de haberse conocido. Como se nos dijo, primero obedeceremos… y luego ya veremos (Ex 24, 7). Traducción: la transformación, en cualquier caso, viene después. Aunque el transformado nunca podrá decir de sí mismo que sea, precisamente, un transfigurado. Más bien, al contrario. Tú nunca fuiste el tema.

¿quién te juzga?

enero 5, 2021 § 1 comentario

Donde el cristianismo deja a un lado el que nos encontramos sub iudice —y, por consiguiente, donde olvida el horizonte escatológico de la existencia, el que el sí o el no de nuestro estar en el mundo aún esté en el aire, nunca mejor dicho— inevitablemente tira al niño con el agua sucia. Esto es, pierde su sustancia, de tal modo que fácilmente acabará decantándose por la interpretación gnóstica del kerigma. Así, Dios deja de ser el Padre para transformarse en un océano —y por eso mismo, el crucificado no será mucho más que un maestro de verdad que tuvo un mal final. Sin embargo, lo cierto es que el gnóstico riega fuera de tiesto. Para comprender que hay detrás del sub iudice basta con imaginar que nos hallamos ante Óscar Romero, Grégoire Ahongbonon, Mik Fleming…. esto es, ante los santos. Y aquí caben dos posibilidades: o su entrega nos deja igual, aun cuando podamos admirarlos —como si nada estuviese en juego, salvo el tener de vez en cuanto sentimientos de compasión—; o por el contrario, su integridad nos sacude de tal modo que no podemos seguir como antes. O bien, permanecemos en el incurvatus in se; o bien respondemos como Abraham, Moisés o Pedro: aquí estoy; qué quieres que haga. Ninguna conversión puede haber en relación con un supuesto acerca de la naturaleza divina —ni siquiera donde nos decimos a nosotros mismos que el amor es divino— o donde partimos de nuestra voluntad de perfección moral, sino solo ante los hombres y las mujeres de Dios. Evidentemente, preferimos pasar de largo. En el fondo, se trata de la parábola del joven rico.

De ahí que el cristianismo no sea para tibios —a los tibios, Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Y de ahí también que, sensatamente, no quepa algo así como un deseo de Dios… aun cuando el encuentro con el verdaderamente otro —ese extraño— sea lo que, en el fondo, anhelamos. De hecho, los trampantojos que inspiran el deseo ocultan nuestro anhelo más íntimo, el de ponernos en manos del otro. O mejor dicho, el de amarlo. Sin embargo, el amor solo surge como respuesta a un haber sido amados o, siendo más estrictos, perdonados. No es casual que donde le damos la espalda a Dios —y esto es lo que significa existir— le demos la espalda a lo que en verdad somos: hombres y mujeres que se encuentran expuestos a una alteridad que se revela como lo eternamente pendiente del mundo. Al fin y al cabo, la primera pregunta es quién es nuestro verdadero Padre —quién decide el sí o el no. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre. Y la convicción cristiana es que el Padre no tiene otro rostro que el de un crucificado que perdona a sus verdugos. En sí mismo, un Padre no es más —pero tampoco menos— que un fantasma, una voz que clama por volver al cuerpo. Por eso, solo ante un Padre que llega a ser en el Hijo —ante un Dios encarnado— se decide el querer, el amor. Nadie puede darse a sí mismo la absolución. El narcisista cree que puede hacerlo —que basta con mirarse al espejo. Pero el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Y esto es, precisamente, lo que el narcisista no está dispuesto a admitir.

aporías de la creencia

diciembre 30, 2020 § Deja un comentario

Desde una óptica bíblica, la fe del hombre, antes que un supuesto, es una respuesta a la fe de Dios en el hombre. De acuerdo. Pero ¿cómo entender la fe de Dios? ¿Acaso no dijimos que Dios está lejos de ser un ente espectral, que Dios no es un dios, sino el Dios por-venir? ¿Cómo Dios puede tener fe en el hombre si no es aún nadie sin la fe del hombre? ¿En quién puede confiar aquel cuyo modo de ser está en el aire, nunca mejor dicho, donde el hombre le da la espalda? Estas son preguntas ineludibles si se trata de ir de la fe a la fe, como decía Anselmo. Sin embargo, quizá antes debamos preguntarnos cómo podemos decir algo de Dios. El punto de partida del hablar sobre Dios no es un dios más o menos constatable. No puede serlo. Porque en ese caso, no hablaríamos de Dios, sino de lo que nos parece que es Dios. Y aquí Dios no sería más que el ente al que apuntan los indicios —no sería más que una hipótesis.

El punto de partida del sermo sobre Dios no puede ser otro que nuestro hallarnos expuestos a la falta de Dios —a su extrema trascendencia. Y esto es lo mismo que decir a nuestra añoranza del Padre —y, en definitiva, de una genuina alteridad. Desde nuestro lado, no cabe ir más allá de las representaciones de lo real. Lo que es en verdad posee el estigma de una desaparición esencial (y acaso el de un porvenir igualmente absoluto). Hay mundo porque el haber de Dios es el de su retroceso a un tiempo anterior a la historia. En este sentido, no es casual que, bíblicamente, los capaces de Dios sean los que sufren, y a menudo indecentemente, su ausencia. Son los que sobran, los que no cuentan para el mundo, los abandonados de Dios. De ahí que cuanto podamos decir de Dios no sea propiamente de Dios, sino de lo debido a Dios —a su retroceso o paso atrás—: el milagro de la vida y el deber de preservarla contra la injusticia. También, el horror. Con respecto a Dios —o mejor dicho, a la relación entre Dios y mundo—, todo está por decidir. Hablar de la fe de Dios supone, por consiguiente, hablar de la demanda —la invocación, el clamor— que procede de un Dios impresentable —un Dios que no admite el presente indicativo. Mientras nos hallemos sujetos a ese clamor, no todo está perdido.

Así, la pregunta no es dónde está Dios, sino, en cualquier caso, dondé se encontrará —o por decirlo en bíblico, cuándo volverá. Y la respuesta cristiana, como sabemos, es que Dios adviene adherido al cuerpo de un resucitado, algo que el mundo no pudo ni puede admitir y que, por eso mismo, se trata de algo en lo que solo cabe creer como lo que debe acontecer contra cualquier expectativa, en nombre, precisamente, de aquellos hombres y mujeres que han ofrecido un gesto de misericordia donde en modo alguno era posible ofrecerlo.

morir de éxito

diciembre 28, 2020 § Deja un comentario

La fe hace ya tiempo que dejó de ser una confesión de fe… si es que alguna vez lo fue, más allá de los tiempos de las persecuciones. Y una confesión solo se da ante aquel que la exige: ¿y tú quién dices que soy yo? (Mt 16, 15-19). Pues que el crucificado sea el quién de Dios no es en modo alguno obvio. Más bien, lo obvio es que Jesús fue un profeta que acabó mal. De no haber confesión, el kerigma cristiano queda reducido a una mera especulación teológica (por no decir, a una suposición entre otras). Ahora bien, difícilmente habrá confesión donde no se parta de la experiencia de la redención.

lo debido a Dios

diciembre 27, 2020 § Deja un comentario

No hay algo así como una experiencia directa de Dios. No puede haberla. Pues la realidad de Dios no es la del ente misterioso. En ese caso, su misterio sería relativo a nuestra ignorancia. Como nosotros podemos ser un misterio para las pulgas (y es obvio que no somos dioses, aun cuando se lo parezca a las pulgas). Esto es así a pesar de que Dios, como incondicionalmente otro, sea el misterio del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el divino. En el mientras tanto de la historia, la experiencia de Dios es de lo debido a Dios, a su retroceso —a su eterno porvenir: la gracia y el desamparo, los ángeles y los hombres y mujeres de Dios, la bendición y la voz que nos exhorta a cuidar de una vida expuesta a la impiedad. También —y quizá sobre todo—, la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. El punto de partida es el de un hallarnos en medio de la indecisión del mundo —el de un haber sido arrancados de la presencia. Hay un Sí de fondo. Pero da la impresión de que el No tenga las de ganar. De ahí que donde damos por sentado, aunque sea emocionalmente, que Dios se ubica tras la puerta que nos separa del más allá, tomemos a Dios en vano. Pues Dios carece de ubicación. No hay presente para Dios, sino en cualquier caso, un fue y un será absolutos. Lo decisivo, con respecto a Dios, no es el lugar —el templo, la montaña, el cielo—, sino los tiempos. Ciertamente, la cruz fue un lugar. Pero donde nos quedamos solo con la cruz no hay Dios que valga. De hecho, la cruz es el lugar donde muere Dios. Si hay Dios es porque con la cruz hubo resurrección —porque Dios llegó al presente con la vida de un crucificado. Ahora bien, este llegó al presente significa que, con la resurrección, irrumpió en el centro de la historia el fin de los tiempos. No se trata, por tanto, de la intervención ex machina de Dios. Sin duda, podemos preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos del hecho de la resurrección. Pero este es otro asunto (y no banal).

ángeles y demonios

diciembre 26, 2020 § 1 comentario

Un cristiano cree en Dios, en el Dios que, sin embargo, es el eterno porvenir del mundo. Y quizá, por eso mismo, cree sobre todo en sus ángeles, los cuales se dieron cuenta, antes que cualquier otra criatura, de que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio. Vivimos rodeados de ángeles —aunque también de demonios. Pero tienen rostro humano. Son los hombres y las mujeres cuya bondad es absoluta, lo cual no significa sin tara. Y como dice Javier Vitoria, ellos son la providencia de Dios. Con todo, los ángeles tienen que morir para que se nos revele su paso.

Mick Fleming: una historia de Navidad

diciembre 25, 2020 § Deja un comentario

Mick Fleming fue un duro y violento traficante de drogas. Era el hombre encargado de liquidar las deudas, algo así como un sicario a sueldo de la mafia del lugar. Su padre se dedicaba a limpiar cristales en Burnley, una de las zonas más pobres de Inglaterra. Cuando tenía once años sufrió el abuso sexual de un extraño mientras se dirigía a la escuela. El día que decidió contárselo a sus padres, su hermana de veinte años, algo así como un ángel para él, murió de un ataque al corazón. “Recuerdo el momento de silencio absoluto, al que pronto le sucedieron los gritos de mi madre. Chillaba como un animal.” Mick no pudo soportarlo. Su vida cambió en apenas dos días. Con catorce ya se había iniciado en el tráfico de estupefacientes. “Movía drogas y cobraba deudas. Era bueno en mi trabajo. Hería a la gente, les rompía las piernas o les disparaba, y no me importaba. Hice mucho dinero, pero no había nada glamoroso en ello. Estaba perdido. Nada funcionaba para aliviar mi sufrimiento. La criminalidad era mi mundo. Un amigo murió en una maratón de alcohol a los dieciséis. Otro sufrió una sobredosis de metadona a los diecisiete. Siempre creí en Dios, pero también pensé que Dios no se ocupaba mucho de mí.” Mick tenía una esposa y tres hijos. Pero la madre de Mick tuvo que hacerse cargo de ellos para impedir que interviniesen los servicios sociales. “No quería vivir. No sabía cómo cambiar.”

Eran las diez de la mañana y Mick Fleming, con cuarenta y tres años, esperaba a su próxima víctima con pistola en mano. Le habían encargado saldar una deuda. “Era un día denso y oscuro. Conocía su rutina, todo sobre él. Era un traficante más de drogas, igual que yo. Le vi salir del gimnasio. Pero esta vez fue diferente. Iba con dos niñas pequeñas, rubias, de unos cinco años. En el momento de apretar el gatillo, una de ellas me miró. Y entonces sucedió. No pude disparar. Quedé cegado por la luz que desprendía su cuerpo. Era como mirar al sol y me quedé paralizado.” Mick fue condenado a pasar una larga temporada en la unidad psiquiátrica del hospital de Burnley. “No tenía más que la ropa con la que llegué”. Sin embargo, Mick se sintió como en casa. “Había esquizofrénicos sin tratar, hombres muy enfermos, alcohólicos tremendamente vulnerables. Pero me daban cosas básicas porque veían que yo no tenía nada. Me sentí abrumado.” Fue en el hospital que Mick conoció a Tony, el pastor del centro. Juntos rezaban y, sobre todo, charlaban. Mick volvió a sentir emociones. Comenzó a ayudar a otros. Fue el principio del fin de una vida destrozada. Gracias a un encuentro casual con un profesor de la Universidad de Manchester, comenzó a estudiar teología. Fracasó en su primer año. Pero con disciplina y el apoyo de la universidad consiguió graduarse. Hoy en día Mick es pastor y se dedica a ayudar a quienes más lo necesitan, sobre todo repartiendo comida y solucionando las trabas burocráticas con las que topan quienes apenas saben leer. Está con ellos y junto a ellos. “Los políticos dicen que este coronavirus nos afecta a todos. Es mentira. Si eres pobre, no tienes una oportunidad. Hay una necesidad de dimensiones cósmicas. Personas que trabajan no consiguen llegar a fin de mes. Tenemos médicos voluntarios para aquellos que no pueden acceder a cuidados primarios. Muchos duermen sobre el suelo.” Le piden alimentos, neveras, camas… Mick se encarga de conseguirlo. Más o menos, visita diez hogares al día por semana. “La gente se siente olvidada. No podemos depender de un banco de alimentos. No está bien. Pero sucede. Nunca he visto algo como esto, a esta escala. La pobreza permanece oculta bajo la superficie. Una enorme pobreza.”

Hace diez años, Mick conoció a un alcohólico sin hogar. Le escuchó, le cuidó y le ayudó a recuperar una cierta cordura para que pudiera reunirse con su familia. El hombre murió dos años después. “Nunca le dije a la familia que aquel hombre fue el que me violó siendo un niño. ¿Por qué lo hice? Bueno sabía, que había sido perdonado por mi pasado. No hice lo que él, pero sí otras cosas terribles. Pero fui perdonado.”

Evidentemente, en el día a día, las cosas no son tan gloriosas. Hay mucho gris. Los pobres son también difíciles (y no siempre agradecidos). Pero un Sí de fondo sostiene la entrega de Mick y de tantos otros que trabajan con él. A menudo pienso que hay pocas vocaciones sacerdotales porque se habla demasiado de Dios, cuando se habla, y poco de las vidas de los hombres de Dios. El día en que nació Mick, en 1966, fue también Navidad.

Edén

diciembre 9, 2020 § Deja un comentario

La tierra —mejor dicho, una tierra en la que habitar en paz— es, para Israel, un lugar teológico. En este sentido, la tierra prometida sería algo así como el ámbito en donde se restaura la relación originaria con Dios. Al fin y al cabo, se trata de recuperar el lugar perdido. La existencia no tiene otro sentido —otro hacia donde— que el del regreso al Edén. No es casual que Israel cobrase conciencia de ello solo tras la desaparición del reino de Judá. Como si los hombres tuviéramos que perder lo que tuvimos y no supimos apreciar para caer en la cuenta de su valor. Sin embargo, hoy en día estamos lejos de comprender que existimos en relación con una pérdida fundamental. Pues para el descafeinado individuo moderno tan solo el deseo —ese trampantojo— constituye la medida de lo que importa. Y, como decía Machado, es de necios confundir precio y valor.

la metafísica judía

diciembre 8, 2020 § Deja un comentario

Dices: la existencia no tiene sentido; la historia es un cuento narrado por un idiota lleno de ruido y furia… De acuerdo. Es innegable que a veces el mundo se nos ofrece —y para muchos, no hay otra oferta— como un infierno. Pero también es cierto que a veces se nos presenta como bendición. La pregunta de la filosofía ha sido tradicionalmente la pregunta por lo que las cosas son al margen de cómo se nos muestran. Nuestro estar en el mundo ¿tiene o no un propósito? ¿Cabe ir más allá del horizonte de las apariencias? No es casual que el escepticismo haya sido el horizonte de la reflexión. Pues la respuesta a la cuestión sobre lo real siempre se ha resuelto sustituyendo una apariencia por otra. La ciencia —y basta con haber leído a Kuhn o a Feyerabend para constatarlo— sigue siendo una perspectiva, ciertamente eficaz. Es verdad que el filósofo suele rizar el rizo. En este sentido, Platón habló de grados de conocimiento, de tal modo que el saber último no puede entenderse en los términos de una descripción. Pues con respecto a lo último no hay nada que describir, sino en cualquier caso algo que captar, y captarlo como lo que, en sí mismo, no es más, aunque tampoco menos, que pura exigencia de ser. Como si la condición del aparecer de lo real fuera, precisamente, la desaparición en su carácter absoluto. Pero, por esto mismo, la ignorancia socrática —el solo sé que no sé nada— gravita inevitablemente en torno la pregunta por lo que en definitiva es. El judaísmo, sin embargo, no se plantea esta cuestión a la manera ateniense. De hecho, no hay metafísica judía. No puede haberla en tanto que lo real —lo sólido— no es lo subyacente, sino lo que aún está por ver. En este sentido, la literatura sapiencial —principalmente, en los libros de Job y Qohélet— da buena cuenta de la indecisión en la que nos hallamos. Hay un momento para cada cosa y una cosa para cada momento. Luz y oscuridad —la bendición y el horror— coexisten en relación con un Dios cuyo presente es el de su porvenir, un porvenir que se revela como el envés de un retroceso ancestral. No hay otro presente para Dios que el de un Dios que se encuentra fuera del presente histórico (y esto significa que no está tras las bambalinas, como si tan solo tuviéramos que cruzar una puerta para verlo). Dios no se ubica en otro mundo, sino en otro tiempo. Y se ubica como el que aún no es nadie. Pues no quiere ser-Dios sin el fiat del hombre. De ahí que bíblicamente la pregunta no sea qué hay de real en cuanto nos parece real, sino cómo se resolverá dicha indecisión. O por decirlo de otro modo, quién pronunciará la última palabra. Como si el mundo pendiese de un hilo. Así no hay alternativa: o escepticismo —y quien dice escepticismo, dice nihilismo— o esperanza. Aun cuando esta sea, literalmente, increíble. Al menos, desde nuestro lado. Y es que esa última palabra no podrá pronunciarse sin que implique un reset de dimensiones cósmicas. O por decirlo en bíblico, una nueva creación.

… y con todo

diciembre 7, 2020 § Deja un comentario

Llama la atención que Adán fuese moldeado directamente por las manos de Dios. Como si el relato nos quisiera dar a entender una implicación, casi física, de YWHW. Por ello, y a diferencia del cosmos, el cual fue creado a distancia, por decirlo así, Dios se encuentra comprometido corporalmente con el hombre. En la carne de la humanidad, cabe reconocer las huellas —la imagen— de Dios. Ahora bien, este compromiso de Dios significa, al fin y al cabo, que la voluntad de Dios es la de reconocerse como Dios ante un hombre llamado a responder a su invocación. Como si la primera pregunta que Dios le dirige al hombre fuese y tú quien dices que soy yo. Y aquí hay que tener en cuenta aquello tan judío que no hay decir que no sea puesto en obra. No es casual que la expresión dar la palabra posea un doble sentido.

y hubo luz

diciembre 7, 2020 § 1 comentario

En el relato de la creación, llama la atención que todo tenga lugar a la orden de Dios. YWHW-Elohim está lejos de ser un demiurgo a la platónica, un dios artesano. Como si se nos quisiera dar a entender que cuanto es obedece a la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios, como decía Ireneo, es que el hombre viva. La creación, por consiguiente, pende de un hilo. Al menos, porque la voluntad de Dios es la de un Dios que no quiere —y por tanto, no puede— llevarla a cabo sin el hombre.

Deutero-Isaías

diciembre 6, 2020 § Deja un comentario

El profeta denominado deutero-Isaías es un profeta ciertamente extraño. Pues sus textos a menudo dan la impresión de que sean un contrapunto del relato de la creación. Contra la primacía de la bendición, Isaías señala que tanto la luz como las tinieblas se deben a YWHW (45,7). Esto es, el horror no sería —o no solo— el fruto del orgullo de Adán (aunque la voluntad de YWHW sea, sin duda, que el hombre habite una tierra en paz (45, 18)). Aquí es inevitable pensar en la tradición sapiencial, sobre todo en los libros de Job y Qohélet. Por otro lado, en 40, 18.25 y en 46,5, el profeta rechaza, provocativamente, cualquier atisbo de semejanza entre Dios y el hombre. Como si la redención únicamente obedeciera a la gracia de Dios y no a la necesidad de reconocerse de nuevo en el hombre. Finalmente, el creador no parece que se tome un descanso al finalizar su obra. YWHW no se agotó ni fatigó dice Isaías en 40,28. La declaración soprende, sobre todo, si tenemos en cuenta que el séptimo día puede entenderse como el momento de la ocultación de Dios, la cual constituye, como sabemos, uno de los leitmotivs del profetismo de Israel. Puede que Isaías quisiera señalar que la lejanía de Dios no debe interpretarse como desidia; que, a pesar de la distancia, Israel seguía ante Dios o, mejor dicho, bajo su juicio. En cualquier caso, no es casual que el trabajo del deutero-Isaías, acaso el pistoletazo de salida del monoteísmo más estricto, se sitúe en la época del exilio, una época en la que la trascendencia de Dios se revela como extrema. Y es que en medio de un mundo devastado por la violencia, Israel difícilmente pudo seguir creyendo en las intervenciones paranormales de un dios campesino. Lo dicho: muy extraño tot plegat. Como si la relación con Dios fuese, esencialmente, problemática. Como si, al fin y al cabo, pendiese de un hilo.

credulidad y revelación

diciembre 5, 2020 § Deja un comentario

Una cosa es caer en la cuenta y otra, dar por descontado. Así, caemos en la cuenta de que vamos a morir cuando el médico nos dice que nos quedan apenas pocos meses —o, en su defecto, cuando meditamos sobre nuestro final a la socrática. Memento mori. Los cartujos, no en vano, cavaban a diario su propia tumba. Sabemos que no somos inmortales. Sin embargo, en el día a día, vamos haciendo como si lo fuésemos. Es cierto que no se trata de caer en la obsesión. Pero nuestra existencia carece de verticalidad donde obviamos el acontecimiento fundamental: que vivimos dentro de un plazo (y que por eso mismo, el simple hecho de estar-en-el-mundo es un milagro). Al fin y al cabo, o vivimos de espaldas al milagro o conforme al mismo. O inercia o interrupción —horizontalidad o profundidad. El cristianismo añadirá, por su parte, otro caer en la cuenta: Dios no es, en verdad, el que suponemos espontáneamente, sino el que cuelga de una cruz (y que, por extensión, los otros son nuestros hermanos). Todo un vértigo. Pues ¿acaso podemos incorporarlo como quien no quiere la cosa? ¿Es que hemos sido sacudidos por el hambre del hambriento más allá de una epidérmica y puntual compasión? La credulidad consiste en suponer, por ejemplo, que hay Dios o vida en el más allá como quien supone cualquier otra cosa. Pero la fe no es una mera suposición. Es cuestión de peso —de gravedad. Así, para un cristiano, la muerte del hermano pesa más que la propia. Y por eso vive para los que no cuentan. En modo alguno es casual que, con respecto al Dios del cristianismo, hablemos de revelación y no de iluminación. Y es que la revelación siempre tiene algo de inaceptable. Aunque nos alcance en lo más íntimo.

nada o nadie

noviembre 29, 2020 Comentarios desactivados en nada o nadie

Si Dios es nada (y no el aún nadie), entonces la resurrección, fuese lo que fuese, no revela el quién de Dios. La cruz no habría sido más que la puerta de acceso a la nada. Ergo, de celebrar algo deberíamos celebrar, más bien, el triunfo de la muerte. (Y para disolverse en la nada hay, sin duda, caminos menos crueles.)

el Jesús histórico

noviembre 23, 2020 § Deja un comentario

Decir de Jesús fue un personaje histórico equivale a decir no fue un avatar de la divinidad. Ahora bien, también implica caer en la cuenta de que las cosas hubieran podido ser muy distintas si Jesús, por ejemplo, hubiese preferido seguir dándole a la madera. El teolegúmeno de la preexistencia es, por consiguiente, un postfactum, un modo de decir que, al final, se cumplió lo que, desde el origen, estaba previsto, a saber, la encarnación de Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere —y por eso mismo, no puede— ser sin el hombre.

¿qué espera quien espera?

noviembre 21, 2020 § 1 comentario

La esperanza cristiana es para los desesperados. Para el resto, la expectativa. Y es que la esperanza es algo así como un clavo ardiendo. Quien permanece a la espera de Dios permanece a la espera de lo imposible —de lo que el mundo no puede admitir como posibilidad, algo así como un reset cósmico. Pues al desesperado, el mundo se le presenta como una condena sin posibilidad de remisión. Como escribiera Pablo, fuimos salvados en la esperanza. Porque Jesús fue rescatado del sheol, la muerte no tendrá la última palabra. Ahora bien, Pablo dijo lo que dijo porque estaba convencido de que el mundo, tras la resurrección del crucificado, había llegado a su fin. Pero, teniendo en cuenta de la historia siguió su curso como si nada la hubiese partido en dos, esto está muy cerca de decir aquello de largo me lo fiáis. De hecho, los de las pateras esperan poder alcanzar un nuevo mundo; el esclavo, su liberación; el hambriento, el pan de cada día. Y Dios no parece que esté por la labor de intervenir ex machina. Por eso, y mientras no llegue el final de los tiempos, los desesperados no deberían esperar gran cosa de Dios. En realidad, y en tanto que no es aún nadie sin el fiat del hombre, no puede intervenir. No es casual que Israel terminase focalizando su esperanza, no en la intervención directa de Dios, sino en la de su enviado. Sencillamente, quien cree en Dios espera la aparición de un mesías de carne y hueso. Al fin y al cabo, como suele decir Javier Vitoria, la providencia de Dios son las mujeres y los hombres buenos. Como si el clamor de los que sobran solo pudieran esperar un gesto de bondad. Tampoco es, sin embargo, poca cosa.

reset

noviembre 1, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo y la religión comparten un mismo horizonte, el de la restauración de lo que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. La diferencia pasa porque la palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. En el de la religión, Dios —o si se prefiere, lo divino— se da por descontado a la manera de aquel —o aquello— que se encuentra oculto en otra dimensión. Hay indicios, señales (aunque no necesariamente milagros). Para el cristianismo, en cambio, Dios —estrictamente, el Padre— es la voz de aquel que no es nadie sin el cuerpo al que se dirige o invoca. Mejor dicho, sin su entrega incondicional. De ahí que la invisibilidad del Padre sea eterna. Del Padre tan solo veremos el rostro de aquel con quien se identifica (y cristianamente ya sabemos que ese rostro es el de alguien que murió como un apestado de Dios en nombre de Dios). Por eso, el cristianismo no puede prescindir de la dógmática cristológica sin falsificarse a sí mismo.

soberbia

noviembre 1, 2020 § Deja un comentario

La fe no es posible donde no aceptamos, de entrada, que nos encontramos en manos de Dios. O es verdad que nadie sabe quién es mientras no sepa qué quiere de él su padre, o no es verdad (y aquí hay que tener en cuenta que un padre es aquel que decide el sí o el no de nuestra entera existencia). Y sí lo es, no estaría de más preguntarse de quién se trata. Quizá la crisis moderna de la cristiandad obedezca principalmente a que ya no admitimos la autoridad de un padre. Como si no estuviéramos sub iudice. Hay un dicho judío que dice que todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios. Pues donde el hombre cree que se basta a sí mismo —donde su horizonte es el de la autosuficiencia— no hay Dios que valga. Es lo que tiene la mayoría de edad de la que se enorgulleció la Ilustración. En modo alguno es casual que Sócrates fuese condenado por impiedad. Quizá podamos entender los tiempos modernos como aquellos en los que Sócrates le ganó la timba al de Nazaret. Sin embargo, es posible que aún nos quede una última mano por jugar.

intolerancia cristiana

octubre 28, 2020 § 5 comentarios

Un cristiano es, por defecto, un intolerante. Y no porque sea un talibán, sino porque lo que no puede tolerar, el motivo de su indignación —de su movilización—, es que haya quien no tenga el pan de cada día. Un cristiano, ante el hambre del semejante, experimenta en lo más profundo de sus entrañas una conmoción (y no solo un impulso). Es desde esta conmoción que siente vergüenza de seguir siendo como antes. Sencillamente, no hay derecho a que haya quienes no tengan pan que llevarse a la boca. La existencia cristiana responde a una demanda, en el sentido más amplio de la expresión, y no solo se limita a sentirla. Porque el hambre del prójimo nos acusa, nuestra limosna no basta. Como no bastaría si quien nos pidiese el pan de cada día fuese nuestro hermano de sangre. El hambriento exige nuestra entrega y no solo nuestras sobras. Al fin y al cabo, la respuesta cristiana sigue siendo la de Abraham: Señor ante ti me encuentro; qué quieres que haga. Si Dios es el Señor, el pobre es tu Señor, aquel que decide el sí o el no de tu estar en el mundo. Y ello en nombre, precisamente, de un Dios en falta o por-venir, el único que es en verdad divino. Frente a este Dios —y solo frente a Él—, todos somos iguales. O por decirlo de otro modo, ante Dios, hombres y mujeres compartimos una misma orfandad (y una misma esperanza, aun cuando lo ignoremos). De hecho, ya se nos dijo: no todo el que se llena la boca con la palabra Dios entrará en el Reino (Mt 7, 21-29). Comenzando por quien escribe estas líneas. Y esto es lo mismo que decir que cuanto tiene que ver con Dios resulta excesivo. Por no decir, increíble. De ahí que tendamos, espontáneamente, a pasar de Dios.

¿Dios aún?

octubre 21, 2020 § Deja un comentario

La pregunta no es cómo puedes certificar que hay Dios —de hecho, un Dios certificable no puede valer como Dios—, sino cómo aún eres capaz de invocarlo. ¿En serio hay alguién ahí en medio de tanta oscuridad? Muchos siguen suponiéndolo quizá porque las cosas les van lo suficientemente bien. Como al bueno de Job al comienzo de su historia con Dios. Poca oscuridad aún. Sin embargo, la única voz que escucharás en la oscuridad no será la de Dios, sino las de quienes claman por Dios. Ellos ocupan el lugar de un Dios fuera de campo. Y, por eso mismo, su clamor es el de Dios. De Dios únicamente sus restos y la esperanza en su regreso. Nada más. Aunque también nada menos. Esta y no otra es la enseñanza de la Biblia: mientras no llegue el final, de Dios tan solo quienes encarnan su por-venir. Aunque también un Sí de fondo cuyo eco todavía podemos escuchar en medio del ruido y la furia. Al fin y al cabo, la fe es la confianza en que ese Sí será la última palabra. Aunque no nos lo parezca.

marcha atrás

octubre 10, 2020 § 1 comentario

Los dioses aparecen tras el retroceso de Dios. Todo está lleno de dioses, cuentan que dijo Tales. Y algo de esto hay. Pues el paso atrás de Dios dio pie al mundo. Y en el mundo, el poder es invisible. En este sentido, el hombre de fe está más cerca del ateo que de aquellos que dan un dios por descontado. Estos últimos difícilmente pueden admitir la encarnación. Al menos porque la encarnación presupone un Dios que aún no es nadie sin el fiat del excluido de Dios.

envés

octubre 8, 2020 § 1 comentario

La experiencia de la finitud se da, no tanto con respecto al poder, pues aquí la finitud es circunstancial y, por eso mismo, reversible, sino en relación con el clamor de Dios, cuyo eco escuchamos en el llanto de los abandonados de Dios. De ahí que el ideal de la autosuficiencia, aunque se vista con los oropeles de la espiritualidad, sea el envés de la prepotencia de Adán. Me atrevería a decir que se encuentra más expuesto a Dios —a su porvenir o misterio— el viejo monje budista que, encorvado sobre sí, ni siquiera es capaz de limpiarse el culo, que aquel que en la posición del loto alcanza el nirvana.

insoportable

octubre 3, 2020 § 3 comentarios

Se nos dijo: Dios está en los pobres. Y es verdad. Sin embargo, nosotros continuamos con lo nuestro, seguimos instalados en el hogar. Como si Dios no fuera el que es. En su lugar, un dios a nuestra medida —un dios con el que poder charlar en la intimidad—. Sin embargo, si estuviéramos poseídos por el celo de Dios ¿acaso no lo dejaríamos todo e iríamos en su busca, en la dirección del arrabal? Quizá es lo que deberíamos hacer. Pero ¿podemos? ¿Acaso Dios no nos coge siempre a contrapié? ¿Cabe desear a un Dios que nos saca de quicio —que nos convierte en extranjeros—? Nuestro pasar de Dios, ¿no sería el índice de que, por mucho que nos llenemos la boca con su palabra, preferimos no saber nada de Dios? Nuestra piedad religiosa, a menudo tan satisfecha de sí misma, ¿es que no encubre el clamor de Dios? En cualquier caso, y como suele decir el jesuita Manolo Fortuny, la diferencia entre darlo todo o casi todo es infinita.

dependientes o pendientes

octubre 2, 2020 § Deja un comentario

Quien cree que no debe responder a la oferta de Dios no se encuentra ante Dios, sino ante su simulacro. La oferta de Dios es la piedad, el perdón, la bondad. Es lo que nos fue dado en el origen de los tiempos. También al pie de una cruz. Dijo Schleiermarcher que la fe reposa sobre un sentimiento de dependencia. De acuerdo. Sin embargo, lo que no dijo Schleiermacher —o al menos, no recuerdo que lo dijera— es que esta dependencia tiene mucho que ver con que en verdad, aunque no nos lo parezca, pendemos del juicio de Dios, lo cual está muy cerca de decir del de aquellos con los que Dios se identifica: los excluidos, los que nos repugnan a causa de su pobreza, los lumpen. Sin duda, esta de-pendencia resulta increíble para cualquier hombre y mujer normales. No vamos por ahí creyendo que el sí o el no de nuestra entera existencia esté en manos de aquellos ante los que pasamos de largo a causa de su mal olor. Pues quien vive como un perro termina oliendo a perro. Quizá no es tan increíble para el que ha sido atravesado —desplazado— por su mirada. Ante esta mirada solo caben dos opciones: o bien, la despreciamos —y es entonces cuando nos condenamos a una soledad infernal, aun cuando estemos rodeados de gente más o menos amable—; o bien, nos arrodillamos llenos de vergüenza, por no decir, sepultados por la culpa, invocando un poco de misericordia. Donde dejamos a un lado que la posibilidad de Dios se decide en la respuesta del hombre a su perdón —el que se nos dio sobre la cima del Gólgota— fácilmente hacemos de Dios una especie de matriz o una variante del osito de peluche de nuestra infancia. Y evidentemente, preferimos esto último a un Dios que aún no es nadie —que no quiere serlo— sin la entrega incondicional del hombre.

una fe adulta

octubre 1, 2020 § 2 comentarios

¿Qué esperanza pueden tener quienes han perdido la ingenuidad? ¿Qué fe, para quien se ha distanciado de sus sensaciones más espontáneas, para los que han visto caer el cielo sobre sus cabezas? El niño no reflexiona —no se interroga sobre su vivencia, no sospecha de sí mismo—. En este sentido, la fe habitual tiene algo —o mucho— de infancia. Así, invocamos a Dios —o mejor dicho, la ayuda de Dios— como quien trata con cuanto le rodea. Y aquí no hay mucha diferencia entre dirigirse a Dios o al ángel de la guarda. O al espíritu del bosque. Mientras todo va bien, ningún problema. Dios es una presencia que se da por descontada. Aunque, hoy en día, dicha presencia sea interior. Pero llega un momento en que Dios no parece que esté ahí como el garante de nuestra satisfacción.

Como sabemos, la desgracia es el punto de partida de la experiencia de Job. Es a través de un sufrimiento indecente que Job es alcanzado por un Dios muy distinto del que inicialmente daba por sentado. Los amigos de Job no aceptan la revelación: siguen en la infancia. Es como si le dijeran que su sufrimiento se debe a que en lo más hondo de sí mismo ha dejado de confiar en Dios; pues Dios bendice a quienes creen en él. Aquí es imposible no escuchar el eco de la tradición sacerdotal —una tradición acaso más preocupada por mantener a las ovejas en el redil que por la verdad—. Ahora bien, lo que no tiene en cuenta dicha tradición es que la encrucijada, nunca mejor dicho, de una fe no ingenua es el abandono de Dios: Eloi, Eloi, lama sabactani. Quien permanece en la primera infancia aún no ha pasado por la cruz. A lo sumo, ha padecido alguna que otra desolación circunstancial. A diferencia de sus amigos —una anticipación de aquellos fariseos que tan a gusto se sintieron, y se sienten, con su fe—, Job se encontró a un paso de negar a Dios. También, el crucificado. Sin embargo, lo cierto es que no dieron ese paso. Esto es, permanecieron fieles. La cuestión es a qué o, mejor dicho, a quién.

La respuesta religiosa es que a la experiencia, por otro lado tan infantil, de un hallarse bajo un Sí —una bondad, una bendición— de fondo. En nombre de ese Sí, el verdugo no puede tener la última palabra. De acuerdo. Pues hay algo —o bastante— de verdadero en esta respuesta. Sin embargo, es cierto que muchos no han tenido la suerte de partir de ahí. Su posición básica es la del No. En lugar del don, la desconfianza, el resentimiento, la separación. Son los niños rotos, aquellos hombres y mujeres que nacieron bajo la desgracia. Para ellos, únicamente vale la fuerza de un gesto de piedad en medio del horror, el espíritu de un Sí hecho carne. Ellos son, en realidad, los destinatarios del evangelio. La fe que puedan tener es la de aquellos que creyeron antes, donde no era posible ninguna fe. Su fidelidad no es a un qué, sino a un quién. Desde esta óptica, lo que no es fe es mera suposición. Y una suposición no resiste el desafío del mundo. Aunque crea que ha llegado a la madurez tras haber sustituido al Dios del viejo teísmo por la inmensidad de un océano.

el juego de las diferencias (y 3)

septiembre 30, 2020 § Deja un comentario

La fe no puede prescindir de la revelación. Esto de por sí, bastaría para diferenciar el cristianismo del budismo y sus variantes. Para el budismo, la salvación, si cabe hablar aquí en estos términos, depende de una mejor compresión del fondo de la existencia. Y en este sentido la iluminación de Buda está muy cerca de la gnosis. O si se prefiere, de las filosofías helenísticas. En cambio, para el testigo de la revelación, lo primero es la irrupción de lo imposible. Pues el mundo puede admitir dioses —de hecho, los admitió durante siglos—, pero en modo alguno un Dios crucificado. Con todo, el teólogo siempre estará tentado de convertir el kerigma en un mero caer en la cuenta, olvidando que la fe, antes que un saber incierto, es la confiada fidelidad a quien soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que roza la inexistencia. Si hoy en día nos parece que el budismo y el cristianismo son diferentes modos de experimentar una y la misma trascendencia será porque previamente hemos convertido al Dios que se revela en la cruz en el océano al que todos los ríos van a parar.

el juego de las diferencias (2)

septiembre 29, 2020 § 1 comentario

El yo de la interpelación no es el mismo que el yo de la interrogación de sí. El punto de partida del primero es la irrupción del que representa a Dios: el excluido, el que no cuenta, el leproso. El del segundo, la falta de coincidencia con uno mismo, su inquietud por la verdad frente al brillo de las apariencias. Aunque ambos sufran la insuficiencia del mundo, no estamos ante la misma deslocalización. El primero debe responder. Al segundo, le basta con permanecer en suspensión. Para el primero, la libertad es fidelidad. Para el segundo, un estar por encima de cuanto pueda sucederle.

el juego de las diferencias (1)

septiembre 28, 2020 § Deja un comentario

Muchos de los que creen que creen se dejan embriagar por expresiones como el perdón o el amor de Dios. Pero precisamente porque lo primero aquí es la embriaguez, antes creen en el perdón que en el perdón de Dios; en el amor, que en el amor de Dios. De hecho, aunque no lo admitan, les sobra el de Dios. Es lo que tiene una época que no sabe qué hacer con Dios, pero que mantiene el poder de seducción de ciertas palabras. Como si fueran mágicas. Sin embargo, quizá las cosas serían un tanto distintas si partiéramos no ya del Dios que imaginamos, sino de aquel que incluso en los cielos encontraríamos en falta. No en vano, el cristianismo confiesa que del Padre no veremos otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Como tampoco es causal que la Biblia entienda que el diálogo con Dios se da siempre a través del ángel.

asuntos pastorales

septiembre 18, 2020 § 1 comentario

En la cancha cristiana, suele darse un exceso de tenemos que. Así, por ejemplo, desde el púlpito no es raro escuchar que como cristianos tenemos que experimentar la alegría de la salvación y obrar en consecuencia. No, tendríamos, sino tenemos. Como si se tratara de un propósito moral. Sin duda, el punto de partida de la fe —y aquí conviene tener en cuenta que tener fe es, antes que nada, un confiar— es la experiencia de la redención. Pero ¿cabe tenerla donde no sentimos ninguna necesidad de ser redimidos —donde lo habitual es la satisfacción—? Quien se encuentra hundido en la depresión —quien no tiene el pan de cada día con el que dar de comer a sus hijos— clama por el Mesías, por decirlo así. En gran medida, es ese clamor. Sin embargo, ¿qué salvación pueden esperar quienes aún creen en sí mismos, en su posibilidad? La fe es, sobre todo, una respuesta. Y una respuesta confiada a quien, tras habernos sacado del pozo en el que nos hallábamos, nos pregunta: ¿y tú quien dices que soy yo? Donde nos ahorramos la pregunta no puede haber fe, sino en cualquier caso una suposición entre otras. El tenemos que no va a ningún lado. A lo sumo, contribuye a acentuar un desenfocado sentimiento de culpa, por no hablar de la tentación pelagiana. Pretender experimentar la salvación donde no partimos del clamor supone forzar las cosas. Y de aquí a la neurosis media un paso. Quizá sería mejor reconocer de entrada nuestra falta de fe y, de paso, escuchar a quienes, con su testimonio, pueden hablarnos de Dios. Aunque, por lo común, tengan mucho que callar. O precisamente por esto.

positivismo cristiano

septiembre 14, 2020 § 2 comentarios

La fe de una buena parte de los cristianos tiene mucho de positivismo. Así, fácilmente se dice que hay Dios; que Él nos creo y que, de algún modo, cuida de nosotros; que, tras la muerte, resucitaremos o algo parecido, si Dios quiere…, aunque, de hecho, bastantes dan por descontado que querrá, lo cual, dicho sea de paso, hace de Dios un Dios prescindible. Y este es el problema: el dar por descontado cuanto se refiere a Dios. Quizá una fe adulta, antes que traducir el kerigma a categorías digeribles hoy en día, convirtiendo a Dios en un océano o en el espíritu del buen rollo, debería interesarse, cuando menos, por lo que en la Biblia se afirma sobre la realidad de Dios, a saber, que en modo alguno es homologable a lo que espontáneamente entendemos por divino. De hecho, la revelación siempre nos coge con el pie cambiado. Pues, para una sensibilidad tópicamente religiosa, no es evidente que Dios, antes que ubicarse en la dimensión oculta del mundo, haya sido desplazado a un pasado inmemorial (y que por eso estamos donde estamos). Un Dios que se da por descontado exige culto y sacrificio. En cambio, como vio Israel, quien se encuentra ante la verdad de Dios permanece a la espera de Dios, mientras da de comer al hambriento. Sin embargo, Israel lo que no esperaba es que Dios regresara con el rostro de un colgado en nombre de Dios; que el Padre no fuese aún nadie sin la adhesión incondicional del hombre. Como decíamos, con el pie cambiado.

punto de partida

septiembre 13, 2020 § 2 comentarios

El cristianismo quizá fuese otra cosa si entendiéramos que, de facto, lo primero no es la creencia, sino nuestra incapacidad para la confesión. Esto es, que como cristianos más bien permanecemos en la falta de fe. En su lugar, unas cuantas suposiciones (y en el mejor de los casos, una cierta solidaridad). La fe es patrimonio de unos cuantos elegidos. O eso parece. A lo sumo, podemos decir que creemos que aquello en lo que cree el testigo es verdadero. Pero por honestidad, deberíamos admitir que la mayoría no nos encontramos en la situación en la que la fe es posible. O por decirlo de otro modo, no hay fe que valga para el escriba o el fariseo —para el satisfecho de sí mismo (y de paso, de su piedad)—. Quizá no sea casual que las eucaristías comiencen con un acto de contrición. Nos equivocamos donde creemos que lo que nos une cristianamente es la fe. En el día a día, lo que nos reúne es, precisamente, nuestra falta de fe. Y no estaría de más que fuéramos conscientes de ello. Una vez más, Deus semper maior. Y quien dice Dios, dice aquel que lo encarna.

Nani

septiembre 5, 2020 § 1 comentario

A pesar de su lucidez, no le vi nunca juzgar a nadie —aunque pudiera reprobar, y a veces duramente, sus actos—. Supo ver lo mejor de cada uno. Junto a él, uno se sentía convocado a la bondad. Escuchó más que habló (y cuando hablaba no podías evitar sentir el peso de lo meditado). Dado al consejo, acogió a quien se lo pedía sin importar en qué creyese o qué hubiera hecho. Su silencio siempre fue elocuente. Poseyó un atinado sentido de la prudencia, esto es, de lo mejor según el caso. También de la justicia. Así, vivía como propio el sufrimiento de tantos. Hombre de sencilla, pero profunda, piedad, Ignacio Vila falleció en la madrugada de este viernes. Con la misma discreción con la que vivió. Él encarnó como pocos lo que significa ser jesuita. Pocas veces le oí hablar de lo divino —su tema era la historia—, pero su modo de proceder supuraba una larga experiencia de Dios, de su proximidad y distancia. Los puntos suspensivos que se añaden a quien ha vivido lo suficiente no minó su convicción de que la compasión lo es todo. Por él supiste qué siginifica esto de una existencia que anda entre la gravedad y la gracia. Muchos nos hemos quedado ya sin padre. A través de su testimonio, algunos —ojalá— ocuparán su lugar. Deberían hacerlo.

lo inefable

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

El místico suele referirse al carácter inefable de su experiencia de Dios como prueba de su efectiva trascendencia. Las palabras se le quedan cortas. Sin embargo ¿qué prueba en realidad dicha experiencia? ¿La existencia de Dios o nuestra limitación? Evidentemente, ambas van de la mano. Pues no hay desborde si no es relación con un límite (y viceversa). Pero el que, por definición, la realidad de Dios trascienda nuestra capacidad de intelección no implica, como es lógico, que todo cuanto la desborde sea divino. No basta con topar con algo o alguien netamente superior como para que nos veamos obligados a hablar de Dios. Es verdad que lo excesivamente superior puede parecernos divino —y más si presuponemos que hay Dios como pueda haber vida en la cara oculta de la Luna. La visión siempre está determinada por lo que damos por sentado. A un hindú nunca se le aparecerá la Virgen. Pero, por eso mismo, que algo o alguien nos parezca divino no significa que en verdad lo sea (y esto es así, aun cuando no sepamos cómo distinguir nítidamente entre lo que nos parece que es y lo real). La presencia de un hombre también sería inefable para el ácaro del polvo… si llegase de algún modo a sentirlo. Y nadie en su sano juicio diría que es un dios porque así se lo parezca a los ácaros. En cualquier caso, si lo inefable constituyese un criterio, también deberíamos tener en cuenta su vertiente más terrible. En La especie humana, Robert Anteleme, uno de los supervivientes del Holocausto, igualmente considera el horror como inefable: desde los primeros días, nos parecía imposible cubrir la distancia entre el lenguaje disponible y aquella experiencia que, para la mayoría de nosotros, continuaba en nuestro cuerpo. Aquí, no es que, como en el caso de muchos místicos, nos falten las palabras. Más bien, sobran.

¿Estamos ante otro inefable? ¿O, por el contrario, deberíamos hablar del enmudecimiento que provoca la absoluta falta de piedad? Quienes están dispuestos a reconocer a Dios como causa de la experiencia mística, ¿acaso no deberían admitir la presencia de Moloch donde sienten el abismo? Las víctimas ¿no percibieron el aliento de lo demoníaco como el místico experimentó el amor de Dios? El maniqueísmo y sus variantes siempre tuvieron en cuenta este dato. Podríamos decir que el maniqueísmo es la opción más razonable o espontáena. Por poco que salgamos de nuestra burbuja, fácilmente nos inclinaremos a creer que existimos en medio de poderes que combaten entre sí. O si se prefiere, entre el lado luminoso y oscuro de la fuerza. En cambio, a la hora de explicar la facticidad del Mal, el cristianismo se decantó por la ausencia de Bien. Tan solo hay un poder —el de la bondad de Dios—. El dominio de Moloch es aparente. Por consiguiente, el Mal debería entenderse como déficit antes que como un poder superlativo… aunque lo suframos como tal. Así, suele decirse que, al igual que la oscuridad se debe a la falta de luz, la efectividad del Mal obedecería al retroceso del Bien. Hay Mal porque nos vimos privados de Dios. Sin embargo, a flor de piel, ¿podemos contentarnos con esta justificación? Si la experiencia valida, en principio, la convicción del místico ¿no podríamos decir lo mismo con respecto a quienes sufrieron indecentemente la opacidad de los lager? A la hora de pensar la experiencia, las víctimas ¿no tienen igual derecho a concluir que no hay Dios —o que Moloch, simplemente, puede más? ¿Es que su padecimiento fue una ilusión, un error de perspectiva? Más aún: ¿puede haber luz sin oscuridad?

El maniqueísmo tiene las de ganar donde únicamente apelamos a lo que sentimos en lo más profundo. De ahí que la Biblia desconfíe de las sensaciones en el momento de dar fe de la realidad de Dios. Y no porque esta última solo pueda ser pensada —esto es lo que diría, en cualquier caso, el filósofo—, sino porque no hay algo así como una experiencia inmediata de Dios. La inmediatez de la experiencia tanto nos permite hablar de Yavhé como de Moloch. No es anecdótico que el paganismo sea, literalmente, una religión campesina. En cambio, para el profeta, no es posible contactar con un Dios cuya trascendencia no debería entenderse como si Dios habitase en la dimensión oculta del cosmos. En modo alguno, la experiencia de Dios es el resultado de poner los dedos en un enchufe. En cualquier caso, dicha experiencia es, bíblicamente hablando, de lo debido a Dios, a su des-aparición o paso atrás. Su más allá es un más allá del presente, de cualquier presente, incluyendo aquí el supuestamente sobrenatural. La trascendencia de Dios es temporal antes que espacial.

Ahora bien, lo debido a Dios es tanto la bendición como la maldición. Hay don porque hay Dios. Pero porque hay Dios, hay también sufrimiento. La luz y la tiniebla responden a un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial, una vez el hombre fue arrojado al mundo. Estamos ante un Dios que, porque no quiso ser sin el hombre, no puede funcionar como Dios Por eso, el haber de Dios —su en sí— es el de un fue absoluto. Y por eso mismo, el creyente permanece a la espera de Dios, de su regreso. Dios se revela, bíblicamente, como promesa de Dios. Aunque el regreso de Dios suponga el fin de los tiempos. Pues mientras haya tiempo, Dios es un Dios por-venir. Existimos como arrancados —y no solo separados— de Dios. El problema de quien creer haber experimentado directamente a Dios, aun cuando sea de manera incompleta o parcial, es que da por sentado que estamos separados de Dios solo por el grosor de un muro. Pero, como decíamos antes, ese dios aún no sería Dios, sino un Dios en apariencia, poco más que un ente de más. Aun cuando sea inconmensurablemente superior. Al fin y al cabo, a Jesús no se le iluminó el rostro cuando experimentó directamente a Dios en Getsemaní. Más bien, quedó cubierto por lágrimas de sangre. La experiencia directa de Dios tiene más que ver con sufrir su silencio que con las vibraciones.

A.M

agosto 20, 2020 § Deja un comentario

La psicoanalista Ana Ma. Rizzuto sostiene, junto a otros, que la experiencia mística apunta a una realidad última, se llame Dios o el nirvana. La idea se vende bien… porque cuadra con el principio básico de la razón: toda diversidad es, al fin y al cabo, la expresión de una unidad de fondo. De acuerdo. El problema, desde una óptica bíblica, es que Dios no se revela como arjé. De hecho, para Isarel, el nombre de Dios no es lo de menos, sino lo de más. En el presente, Dios es tan solo un nombre —y además impronunciable—, cuyo referente está por ver. Y no porque Dios permanezca oculto, sino porque su invisibilidad responde a la de un Dios que, tras la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere ser sin el hombre. Contra el presupuesto de la mística —y por extensión de la religión—, Dios no es algo a lo que podamos conectarnos o de lo que quepa participar. Si el modo de ser de Dios no hubiera estado pendiente hasta el Gólgota, difícilmente un cristiano podría confesar que el crucificado es el quién de Dios —su modo de ser y no únicamente su representante—… salvo cayendo en la herejía, esa solución razonable al carácter inaceptable de un Dios hecho hombre.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

kénosis

agosto 12, 2020 § 2 comentarios

La fe cristiana —hay que admitirlo— apunta a un Dios bastante extraño. Pues un Dios que decidió hacerse siervo de Dios —un Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es— ¿hasta qué punto cuenta como Dios? La Encarnación implica un vaciamiento de la condición divina, una humillación, una renuncia. Dios, al encarnarse, desciende (y aquí el descenso no es geográfico). Podríamos decir que, al hacerse cuerpo, Dios se degrada como Dios. Cuando menos, porque la corporalidad de Dios va con la muerte de Dios —y una muerte abyecta. Ahora bien, un Dios mortal ¿no es acaso un oxímoron? La declaración de Nietzsche —Dios ha muerto— fue antes cristiana que nietzscheana. De hecho, el primero en proclamar que Dios había muerto en una cruz de hecho no fue Nietzsche, sino Tertuliano. Ciertamente, el cristianismo no se detiene en la cruz. De no haber habido resurrección, los discípulos de Jesús se hubieran quedado con el rabo entre las piernas. Es por la resurrección —y aquí dejamos a un lado de qué estamos hablando— que el que murió como un apestado de Dios pudo ser reconocido como Dios en persona. Como dijera Pablo, si Cristo no resucitó, la fe es una estupidez. Al fin y al cabo, Jesús murió como un fracasado —como un maldito de Dios. Tan solo con la resurrección, la cruz del Hijo se revela como una victoria sobre la muerte.

Sin embargo, ¿por qué Dios tuvo que abrazar la muerte para vencerla? ¿Es que no era suficiente un paraíso post mortem? ¿Acaso no basta con estar convencidos de la inmortalidad del alma para que la muerte no nos pueda? Quizá desde el prejuicio religioso, según el cual la esencia paradigmática de Dios ya se encuentra determinada de antemano, pero no desde la óptica del monoteísmo bíblico. La redención a la que aspira Israel no es la de las almas puras. Sencillamente, el hombre pierde su humanidad donde abandona la carne. Para Israel, el hombre no es un alma encerrada en un cuerpo, sino un cuerpo animado por el aliento de Dios. De ahí que, en las apariciones que narran los evangelios, se destaque la corporalidad, aunque transfigurada, del resucitado. El Jesús que regresa con la vida de Dios conserva las marcas de la cruz. En modo alguno, estamos hablando de un espectro dichoso. No es causal que la resurrección sea para Pablo el indicio de una nueva creación, algo así como un reset cósmico, un nuevo comienzo. O la redención tiene que ver con el hombre, o no hay redención. Es posible que ya no podamos creer en ello como quien no quiere la cosa. Pero este es otro asunto.

En cualquier caso, lo que resulta cristianamente decisivo es la identificación entre Dios-Padre y un crucificado en su nombre, identificación que el cristiano atestigua tras el tercer día. La revelación no dice tanto que Jesús es el Hijo de Dios —que también— como que Dios es Jesús. Ya no más Yo soy el que soy, sino Yo soy ese hombre que cuelga de un madero como un desarraigado de Dios. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Pues lo que se nos está diciendo es que el Padre no es nadie sin el Hijo (y viceversa). O mejor, es un nadie que clama por ser alguien. Y esto equivale a decir que el Padre es impotente sin el Hijo (y vivercersa). En Getsemaní, el Padre no pudo hacer más que guardar silencio. De hecho, su palabra —su respuesta— fue un crucificado que muere —y muere sin Dios mediante— perdonando a sus verdugos. Cristianamente, Dios es el Dios que acontece entre el Padre y el Hijo. Al margen del crucificado, el Padre no es más —aunque tampoco menos— que la voz que clama por el hombre. Sin duda, estamos en las antípodas del presupuesto de la religión, el cual da por sentado, precisamente, que el modo de ser Dios se encuentra determinado de antemano. Pero si el cristianismo está en lo cierto, el modo de ser de Dios estuvo pendiente de un hilo hasta el Gólgota. Y esto resulta tan desconcertante, si lo pensamos bien, que todavía estamos lejos de aceptarlo. Que Dios se hizo hombre para la redención de la humanidad es algo que no podría confesarse de no haber habido resurrección. Pues el resucitado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quien sabe qué significa la palabra Dios, sabe que un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser divino.

Por tanto, no es casual que la dogmática proclame que Dios se hizo hombre —y no solo adoptó su aspecto—… sin dejar de ser Dios. Desde una óptica religiosa, no hay manera de entenderlo. Solo desde la realidad de un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Desde esta óptica, Jesús no es un hombre de Dios, entre otros, sino el modo de ser de Dios. Y esto tiene que ver antes con Dios que con el hombre. Evidentemente, donde el cristianismo pacta con las espiritualidades difusas del océano con el propósito de hacerse más digerible para las entendederas modernas, pierde de vista su hallazgo más fundamental —lo que es lo mismo que decir que deja de ser cristianismo. Esto debería ser obvio. Pero no lo parece si tenemos presente cuántos hoy en día, incluso sacerdotes, se apuntan a este carro. Y aquí, más que de una actualización del cristianismo, deberíamos hablar de su desintegración. Con todo, no sería la primera vez.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría WALLY en la modificación.