intolerancia cristiana

octubre 28, 2020 § 4 comentarios

Un cristiano es, por defecto, un intolerante. Y no porque sea un talibán, sino porque lo que no puede tolerar, el motivo de su indignación —de su movilización—, es que haya quien no tenga el pan de cada día. Un cristiano, ante el hambre del semejante, experimenta en lo más profundo de sus entrañas una conmoción (y no solo un impulso). Es desde esta conmoción que siente vergüenza de seguir siendo como antes. Sencillamente, no hay derecho a que haya quienes no tengan pan que llevarse a la boca. La existencia cristiana responde a una demanda, en el sentido más amplio de la expresión, y no solo se limita a sentirla. Porque el hambre del prójimo nos acusa, nuestra limosna no basta. Como no bastaría si quien nos pidiese el pan de cada día fuese nuestro hermano de sangre. El hambriento exige nuestra entrega y no solo nuestras sobras. Al fin y al cabo, la respuesta cristiana sigue siendo la de Abraham: Señor ante ti me encuentro; qué quieres que haga. Si Dios es el Señor, el pobre es tu Señor, aquel que decide el sí o el no de tu estar en el mundo. Y ello en nombre, precisamente, de un Dios en falta o por-venir, el único que es en verdad divino. Frente a este Dios —y solo frente a Él—, todos somos iguales. O por decirlo de otro modo, ante Dios, hombres y mujeres compartimos una misma orfandad (y una misma esperanza, aun cuando lo ignoremos). De hecho, ya se nos dijo: no todo el que se llena la boca con la palabra Dios entrará en el Reino (Mt 7, 21-29). Comenzando por quien escribe estas líneas. Y esto es lo mismo que decir que cuanto tiene que ver con Dios resulta excesivo. Por no decir, increíble. De ahí que tendamos, espontáneamente, a pasar de Dios.

¿Dios aún?

octubre 21, 2020 § Deja un comentario

La pregunta no es cómo puedes certificar que hay Dios —de hecho, un Dios certificable no puede valer como Dios—, sino cómo aún eres capaz de invocarlo. ¿En serio hay alguién ahí en medio de tanta oscuridad? Muchos siguen suponiéndolo quizá porque las cosas les van lo suficientemente bien. Como al bueno de Job al comienzo de su historia con Dios. Poca oscuridad aún. Sin embargo, la única voz que escucharás en la oscuridad no será la de Dios, sino las de quienes claman por Dios. Ellos ocupan el lugar de un Dios fuera de campo. Y, por eso mismo, su clamor es el de Dios. De Dios únicamente sus restos y la esperanza en su regreso. Nada más. Aunque también nada menos. Esta y no otra es la enseñanza de la Biblia: mientras no llegue el final, de Dios tan solo quienes encarnan su por-venir. Aunque también un Sí de fondo cuyo eco todavía podemos escuchar en medio del ruido y la furia. Al fin y al cabo, la fe es la confianza en que ese Sí será la última palabra. Aunque no nos lo parezca.

marcha atrás

octubre 10, 2020 § 1 comentario

Los dioses aparecen tras el retroceso de Dios. Todo está lleno de dioses, cuentan que dijo Tales. Y algo de esto hay. Pues el paso atrás de Dios dio pie al mundo. Y en el mundo, el poder es invisible. En este sentido, el hombre de fe está más cerca del ateo que de aquellos que dan un dios por descontado. Estos últimos difícilmente pueden admitir la encarnación. Al menos porque la encarnación presupone un Dios que aún no es nadie sin el fiat del excluido de Dios.

envés

octubre 8, 2020 § 1 comentario

La experiencia de la finitud se da, no tanto con respecto al poder, pues aquí la finitud es circunstancial y, por eso mismo, reversible, sino en relación con el clamor de Dios, cuyo eco escuchamos en el llanto de los abandonados de Dios. De ahí que el ideal de la autosuficiencia, aunque se vista con los oropeles de la espiritualidad, sea el envés de la prepotencia de Adán. Me atrevería a decir que se encuentra más expuesto a Dios —a su porvenir o misterio— el viejo monje budista que, encorvado sobre sí, ni siquiera es capaz de limpiarse el culo, que aquel que en la posición del loto alcanza el nirvana.

insoportable

octubre 3, 2020 § 3 comentarios

Se nos dijo: Dios está en los pobres. Y es verdad. Sin embargo, nosotros continuamos con lo nuestro, seguimos instalados en el hogar. Como si Dios no fuera el que es. En su lugar, un dios a nuestra medida —un dios con el que poder charlar en la intimidad—. Sin embargo, si estuviéramos poseídos por el celo de Dios ¿acaso no lo dejaríamos todo e iríamos en su busca, en la dirección del arrabal? Quizá es lo que deberíamos hacer. Pero ¿podemos? ¿Acaso Dios no nos coge siempre a contrapié? ¿Cabe desear a un Dios que nos saca de quicio —que nos convierte en extranjeros—? Nuestro pasar de Dios, ¿no sería el índice de que, por mucho que nos llenemos la boca con su palabra, preferimos no saber nada de Dios? Nuestra piedad religiosa, a menudo tan satisfecha de sí misma, ¿es que no encubre el clamor de Dios? En cualquier caso, y como suele decir el jesuita Manolo Fortuny, la diferencia entre darlo todo o casi todo es infinita.

dependientes o pendientes

octubre 2, 2020 § Deja un comentario

Quien cree que no debe responder a la oferta de Dios no se encuentra ante Dios, sino ante su simulacro. La oferta de Dios es la piedad, el perdón, la bondad. Es lo que nos fue dado en el origen de los tiempos. También al pie de una cruz. Dijo Schleiermarcher que la fe reposa sobre un sentimiento de dependencia. De acuerdo. Sin embargo, lo que no dijo Schleiermacher —o al menos, no recuerdo que lo dijera— es que esta dependencia tiene mucho que ver con que en verdad, aunque no nos lo parezca, pendemos del juicio de Dios, lo cual está muy cerca de decir del de aquellos con los que Dios se identifica: los excluidos, los que nos repugnan a causa de su pobreza, los lumpen. Sin duda, esta de-pendencia resulta increíble para cualquier hombre y mujer normales. No vamos por ahí creyendo que el sí o el no de nuestra entera existencia esté en manos de aquellos ante los que pasamos de largo a causa de su mal olor. Pues quien vive como un perro termina oliendo a perro. Quizá no es tan increíble para el que ha sido atravesado —desplazado— por su mirada. Ante esta mirada solo caben dos opciones: o bien, la despreciamos —y es entonces cuando nos condenamos a una soledad infernal, aun cuando estemos rodeados de gente más o menos amable—; o bien, nos arrodillamos llenos de vergüenza, por no decir, sepultados por la culpa, invocando un poco de misericordia. Donde dejamos a un lado que la posibilidad de Dios se decide en la respuesta del hombre a su perdón —el que se nos dio sobre la cima del Gólgota— fácilmente hacemos de Dios una especie de matriz o una variante del osito de peluche de nuestra infancia. Y evidentemente, preferimos esto último a un Dios que aún no es nadie —que no quiere serlo— sin la entrega incondicional del hombre.

una fe adulta

octubre 1, 2020 § 2 comentarios

¿Qué esperanza pueden tener quienes han perdido la ingenuidad? ¿Qué fe, para quien se ha distanciado de sus sensaciones más espontáneas, para los que han visto caer el cielo sobre sus cabezas? El niño no reflexiona —no se interroga sobre su vivencia, no sospecha de sí mismo—. En este sentido, la fe habitual tiene algo —o mucho— de infancia. Así, invocamos a Dios —o mejor dicho, la ayuda de Dios— como quien trata con cuanto le rodea. Y aquí no hay mucha diferencia entre dirigirse a Dios o al ángel de la guarda. O al espíritu del bosque. Mientras todo va bien, ningún problema. Dios es una presencia que se da por descontada. Aunque, hoy en día, dicha presencia sea interior. Pero llega un momento en que Dios no parece que esté ahí como el garante de nuestra satisfacción.

Como sabemos, la desgracia es el punto de partida de la experiencia de Job. Es a través de un sufrimiento indecente que Job es alcanzado por un Dios muy distinto del que inicialmente daba por sentado. Los amigos de Job no aceptan la revelación: siguen en la infancia. Es como si le dijeran que su sufrimiento se debe a que en lo más hondo de sí mismo ha dejado de confiar en Dios; pues Dios bendice a quienes creen en él. Aquí es imposible no escuchar el eco de la tradición sacerdotal —una tradición acaso más preocupada por mantener a las ovejas en el redil que por la verdad—. Ahora bien, lo que no tiene en cuenta dicha tradición es que la encrucijada, nunca mejor dicho, de una fe no ingenua es el abandono de Dios: Eloi, Eloi, lama sabactani. Quien permanece en la primera infancia aún no ha pasado por la cruz. A lo sumo, ha padecido alguna que otra desolación circunstancial. A diferencia de sus amigos —una anticipación de aquellos fariseos que tan a gusto se sintieron, y se sienten, con su fe—, Job se encontró a un paso de negar a Dios. También, el crucificado. Sin embargo, lo cierto es que no dieron ese paso. Esto es, permanecieron fieles. La cuestión es a qué o, mejor dicho, a quién.

La respuesta religiosa es que a la experiencia, por otro lado tan infantil, de un hallarse bajo un Sí —una bondad, una bendición— de fondo. En nombre de ese Sí, el verdugo no puede tener la última palabra. De acuerdo. Pues hay algo —o bastante— de verdadero en esta respuesta. Sin embargo, es cierto que muchos no han tenido la suerte de partir de ahí. Su posición básica es la del No. En lugar del don, la desconfianza, el resentimiento, la separación. Son los niños rotos, aquellos hombres y mujeres que nacieron bajo la desgracia. Para ellos, únicamente vale la fuerza de un gesto de piedad en medio del horror, el espíritu de un Sí hecho carne. Ellos son, en realidad, los destinatarios del evangelio. La fe que puedan tener es la de aquellos que creyeron antes, donde no era posible ninguna fe. Su fidelidad no es a un qué, sino a un quién. Desde esta óptica, lo que no es fe es mera suposición. Y una suposición no resiste el desafío del mundo. Aunque crea que ha llegado a la madurez tras haber sustituido al Dios del viejo teísmo por la inmensidad de un océano.

el juego de las diferencias (y 3)

septiembre 30, 2020 § Deja un comentario

La fe no puede prescindir de la revelación. Esto de por sí, bastaría para diferenciar el cristianismo del budismo y sus variantes. Para el budismo, la salvación, si cabe hablar aquí en estos términos, depende de una mejor compresión del fondo de la existencia. Y en este sentido la iluminación de Buda está muy cerca de la gnosis. O si se prefiere, de las filosofías helenísticas. En cambio, para el testigo de la revelación, lo primero es la irrupción de lo imposible. Pues el mundo puede admitir dioses —de hecho, los admitió durante siglos—, pero en modo alguno un Dios crucificado. Con todo, el teólogo siempre estará tentado de convertir el kerigma en un mero caer en la cuenta, olvidando que la fe, antes que un saber incierto, es la confiada fidelidad a quien soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios que roza la inexistencia. Si hoy en día nos parece que el budismo y el cristianismo son diferentes modos de experimentar una y la misma trascendencia será porque previamente hemos convertido al Dios que se revela en la cruz en el océano al que todos los ríos van a parar.

el juego de las diferencias (2)

septiembre 29, 2020 § 1 comentario

El yo de la interpelación no es el mismo que el yo de la interrogación de sí. El punto de partida del primero es la irrupción del que representa a Dios: el excluido, el que no cuenta, el leproso. El del segundo, la falta de coincidencia con uno mismo, su inquietud por la verdad frente al brillo de las apariencias. Aunque ambos sufran la insuficiencia del mundo, no estamos ante la misma deslocalización. El primero debe responder. Al segundo, le basta con permanecer en suspensión. Para el primero, la libertad es fidelidad. Para el segundo, un estar por encima de cuanto pueda sucederle.

el juego de las diferencias (1)

septiembre 28, 2020 § Deja un comentario

Muchos de los que creen que creen se dejan embriagar por expresiones como el perdón o el amor de Dios. Pero precisamente porque lo primero aquí es la embriaguez, antes creen en el perdón que en el perdón de Dios; en el amor, que en el amor de Dios. De hecho, aunque no lo admitan, les sobra el de Dios. Es lo que tiene una época que no sabe qué hacer con Dios, pero que mantiene el poder de seducción de ciertas palabras. Como si fueran mágicas. Sin embargo, quizá las cosas serían un tanto distintas si partiéramos no ya del Dios que imaginamos, sino de aquel que incluso en los cielos encontraríamos en falta. No en vano, el cristianismo confiesa que del Padre no veremos otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Como tampoco es causal que la Biblia entienda que el diálogo con Dios se da siempre a través del ángel.

asuntos pastorales

septiembre 18, 2020 § 1 comentario

En la cancha cristiana, suele darse un exceso de tenemos que. Así, por ejemplo, desde el púlpito no es raro escuchar que como cristianos tenemos que experimentar la alegría de la salvación y obrar en consecuencia. No, tendríamos, sino tenemos. Como si se tratara de un propósito moral. Sin duda, el punto de partida de la fe —y aquí conviene tener en cuenta que tener fe es, antes que nada, un confiar— es la experiencia de la redención. Pero ¿cabe tenerla donde no sentimos ninguna necesidad de ser redimidos —donde lo habitual es la satisfacción—? Quien se encuentra hundido en la depresión —quien no tiene el pan de cada día con el que dar de comer a sus hijos— clama por el Mesías, por decirlo así. En gran medida, es ese clamor. Sin embargo, ¿qué salvación pueden esperar quienes aún creen en sí mismos, en su posibilidad? La fe es, sobre todo, una respuesta. Y una respuesta confiada a quien, tras habernos sacado del pozo en el que nos hallábamos, nos pregunta: ¿y tú quien dices que soy yo? Donde nos ahorramos la pregunta no puede haber fe, sino en cualquier caso una suposición entre otras. El tenemos que no va a ningún lado. A lo sumo, contribuye a acentuar un desenfocado sentimiento de culpa, por no hablar de la tentación pelagiana. Pretender experimentar la salvación donde no partimos del clamor supone forzar las cosas. Y de aquí a la neurosis media un paso. Quizá sería mejor reconocer de entrada nuestra falta de fe y, de paso, escuchar a quienes, con su testimonio, pueden hablarnos de Dios. Aunque, por lo común, tengan mucho que callar. O precisamente por esto.

positivismo cristiano

septiembre 14, 2020 § 2 comentarios

La fe de una buena parte de los cristianos tiene mucho de positivismo. Así, fácilmente se dice que hay Dios; que Él nos creo y que, de algún modo, cuida de nosotros; que, tras la muerte, resucitaremos o algo parecido, si Dios quiere…, aunque, de hecho, bastantes dan por descontado que querrá, lo cual, dicho sea de paso, hace de Dios un Dios prescindible. Y este es el problema: el dar por descontado cuanto se refiere a Dios. Quizá una fe adulta, antes que traducir el kerigma a categorías digeribles hoy en día, convirtiendo a Dios en un océano o en el espíritu del buen rollo, debería interesarse, cuando menos, por lo que en la Biblia se afirma sobre la realidad de Dios, a saber, que en modo alguno es homologable a lo que espontáneamente entendemos por divino. De hecho, la revelación siempre nos coge con el pie cambiado. Pues, para una sensibilidad tópicamente religiosa, no es evidente que Dios, antes que ubicarse en la dimensión oculta del mundo, haya sido desplazado a un pasado inmemorial (y que por eso estamos donde estamos). Un Dios que se da por descontado exige culto y sacrificio. En cambio, como vio Israel, quien se encuentra ante la verdad de Dios permanece a la espera de Dios, mientras da de comer al hambriento. Sin embargo, Israel lo que no esperaba es que Dios regresara con el rostro de un colgado en nombre de Dios; que el Padre no fuese aún nadie sin la adhesión incondicional del hombre. Como decíamos, con el pie cambiado.

punto de partida

septiembre 13, 2020 § 2 comentarios

El cristianismo quizá fuese otra cosa si entendiéramos que, de facto, lo primero no es la creencia, sino nuestra incapacidad para la confesión. Esto es, que como cristianos más bien permanecemos en la falta de fe. En su lugar, unas cuantas suposiciones (y en el mejor de los casos, una cierta solidaridad). La fe es patrimonio de unos cuantos elegidos. O eso parece. A lo sumo, podemos decir que creemos que aquello en lo que cree el testigo es verdadero. Pero por honestidad, deberíamos admitir que la mayoría no nos encontramos en la situación en la que la fe es posible. O por decirlo de otro modo, no hay fe que valga para el escriba o el fariseo —para el satisfecho de sí mismo (y de paso, de su piedad)—. Quizá no sea casual que las eucaristías comiencen con un acto de contrición. Nos equivocamos donde creemos que lo que nos une cristianamente es la fe. En el día a día, lo que nos reúne es, precisamente, nuestra falta de fe. Y no estaría de más que fuéramos conscientes de ello. Una vez más, Deus semper maior. Y quien dice Dios, dice aquel que lo encarna.

Nani

septiembre 5, 2020 § 1 comentario

A pesar de su lucidez, no le vi nunca juzgar a nadie —aunque pudiera reprobar, y a veces duramente, sus actos—. Supo ver lo mejor de cada uno. Junto a él, uno se sentía convocado a la bondad. Escuchó más que habló (y cuando hablaba no podías evitar sentir el peso de lo meditado). Dado al consejo, acogió a quien se lo pedía sin importar en qué creyese o qué hubiera hecho. Su silencio siempre fue elocuente. Poseyó un atinado sentido de la prudencia, esto es, de lo mejor según el caso. También de la justicia. Así, vivía como propio el sufrimiento de tantos. Hombre de sencilla, pero profunda, piedad, Ignacio Vila falleció en la madrugada de este viernes. Con la misma discreción con la que vivió. Él encarnó como pocos lo que significa ser jesuita. Pocas veces le oí hablar de lo divino —su tema era la historia—, pero su modo de proceder supuraba una larga experiencia de Dios, de su proximidad y distancia. Los puntos suspensivos que se añaden a quien ha vivido lo suficiente no minó su convicción de que la compasión lo es todo. Por él supiste qué siginifica esto de una existencia que anda entre la gravedad y la gracia. Muchos nos hemos quedado ya sin padre. A través de su testimonio, algunos —ojalá— ocuparán su lugar. Deberían hacerlo.

lo inefable

agosto 21, 2020 § Deja un comentario

El místico suele referirse al carácter inefable de su experiencia de Dios como prueba de su efectiva trascendencia. Las palabras se le quedan cortas. Sin embargo ¿qué prueba en realidad dicha experiencia? ¿La existencia de Dios o nuestra limitación? Evidentemente, ambas van de la mano. Pues no hay desborde si no es relación con un límite (y viceversa). Pero el que, por definición, la realidad de Dios trascienda nuestra capacidad de intelección no implica, como es lógico, que todo cuanto la desborde sea divino. No basta con topar con algo o alguien netamente superior como para que nos veamos obligados a hablar de Dios. Es verdad que lo excesivamente superior puede parecernos divino —y más si presuponemos que hay Dios como pueda haber vida en la cara oculta de la Luna. La visión siempre está determinada por lo que damos por sentado. A un hindú nunca se le aparecerá la Virgen. Pero, por eso mismo, que algo o alguien nos parezca divino no significa que en verdad lo sea (y esto es así, aun cuando no sepamos cómo distinguir nítidamente entre lo que nos parece que es y lo real). La presencia de un hombre también sería inefable para el ácaro del polvo… si llegase de algún modo a sentirlo. Y nadie en su sano juicio diría que es un dios porque así se lo parezca a los ácaros. En cualquier caso, si lo inefable constituyese un criterio, también deberíamos tener en cuenta su vertiente más terrible. En La especie humana, Robert Anteleme, uno de los supervivientes del Holocausto, igualmente considera el horror como inefable: desde los primeros días, nos parecía imposible cubrir la distancia entre el lenguaje disponible y aquella experiencia que, para la mayoría de nosotros, continuaba en nuestro cuerpo. Aquí, no es que, como en el caso de muchos místicos, nos falten las palabras. Más bien, sobran.

¿Estamos ante otro inefable? ¿O, por el contrario, deberíamos hablar del enmudecimiento que provoca la absoluta falta de piedad? Quienes están dispuestos a reconocer a Dios como causa de la experiencia mística, ¿acaso no deberían admitir la presencia de Moloch donde sienten el abismo? Las víctimas ¿no percibieron el aliento de lo demoníaco como el místico experimentó el amor de Dios? El maniqueísmo y sus variantes siempre tuvieron en cuenta este dato. Podríamos decir que el maniqueísmo es la opción más razonable o espontáena. Por poco que salgamos de nuestra burbuja, fácilmente nos inclinaremos a creer que existimos en medio de poderes que combaten entre sí. O si se prefiere, entre el lado luminoso y oscuro de la fuerza. En cambio, a la hora de explicar la facticidad del Mal, el cristianismo se decantó por la ausencia de Bien. Tan solo hay un poder —el de la bondad de Dios—. El dominio de Moloch es aparente. Por consiguiente, el Mal debería entenderse como déficit antes que como un poder superlativo… aunque lo suframos como tal. Así, suele decirse que, al igual que la oscuridad se debe a la falta de luz, la efectividad del Mal obedecería al retroceso del Bien. Hay Mal porque nos vimos privados de Dios. Sin embargo, a flor de piel, ¿podemos contentarnos con esta justificación? Si la experiencia valida, en principio, la convicción del místico ¿no podríamos decir lo mismo con respecto a quienes sufrieron indecentemente la opacidad de los lager? A la hora de pensar la experiencia, las víctimas ¿no tienen igual derecho a concluir que no hay Dios —o que Moloch, simplemente, puede más? ¿Es que su padecimiento fue una ilusión, un error de perspectiva? Más aún: ¿puede haber luz sin oscuridad?

El maniqueísmo tiene las de ganar donde únicamente apelamos a lo que sentimos en lo más profundo. De ahí que la Biblia desconfíe de las sensaciones en el momento de dar fe de la realidad de Dios. Y no porque esta última solo pueda ser pensada —esto es lo que diría, en cualquier caso, el filósofo—, sino porque no hay algo así como una experiencia inmediata de Dios. La inmediatez de la experiencia tanto nos permite hablar de Yavhé como de Moloch. No es anecdótico que el paganismo sea, literalmente, una religión campesina. En cambio, para el profeta, no es posible contactar con un Dios cuya trascendencia no debería entenderse como si Dios habitase en la dimensión oculta del cosmos. En modo alguno, la experiencia de Dios es el resultado de poner los dedos en un enchufe. En cualquier caso, dicha experiencia es, bíblicamente hablando, de lo debido a Dios, a su des-aparición o paso atrás. Su más allá es un más allá del presente, de cualquier presente, incluyendo aquí el supuestamente sobrenatural. La trascendencia de Dios es temporal antes que espacial.

Ahora bien, lo debido a Dios es tanto la bendición como la maldición. Hay don porque hay Dios. Pero porque hay Dios, hay también sufrimiento. La luz y la tiniebla responden a un Dios que fue desplazado a un pasado inmemorial, una vez el hombre fue arrojado al mundo. Estamos ante un Dios que, porque no quiso ser sin el hombre, no puede funcionar como Dios Por eso, el haber de Dios —su en sí— es el de un fue absoluto. Y por eso mismo, el creyente permanece a la espera de Dios, de su regreso. Dios se revela, bíblicamente, como promesa de Dios. Aunque el regreso de Dios suponga el fin de los tiempos. Pues mientras haya tiempo, Dios es un Dios por-venir. Existimos como arrancados —y no solo separados— de Dios. El problema de quien creer haber experimentado directamente a Dios, aun cuando sea de manera incompleta o parcial, es que da por sentado que estamos separados de Dios solo por el grosor de un muro. Pero, como decíamos antes, ese dios aún no sería Dios, sino un Dios en apariencia, poco más que un ente de más. Aun cuando sea inconmensurablemente superior. Al fin y al cabo, a Jesús no se le iluminó el rostro cuando experimentó directamente a Dios en Getsemaní. Más bien, quedó cubierto por lágrimas de sangre. La experiencia directa de Dios tiene más que ver con sufrir su silencio que con las vibraciones.

A.M

agosto 20, 2020 § Deja un comentario

La psicoanalista Ana Ma. Rizzuto sostiene, junto a otros, que la experiencia mística apunta a una realidad última, se llame Dios o el nirvana. La idea se vende bien… porque cuadra con el principio básico de la razón: toda diversidad es, al fin y al cabo, la expresión de una unidad de fondo. De acuerdo. El problema, desde una óptica bíblica, es que Dios no se revela como arjé. De hecho, para Isarel, el nombre de Dios no es lo de menos, sino lo de más. En el presente, Dios es tan solo un nombre —y además impronunciable—, cuyo referente está por ver. Y no porque Dios permanezca oculto, sino porque su invisibilidad responde a la de un Dios que, tras la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre. Pues la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Es lo que tiene un Dios que no quiere ser sin el hombre. Contra el presupuesto de la mística —y por extensión de la religión—, Dios no es algo a lo que podamos conectarnos o de lo que quepa participar. Si el modo de ser de Dios no hubiera estado pendiente hasta el Gólgota, difícilmente un cristiano podría confesar que el crucificado es el quién de Dios —su modo de ser y no únicamente su representante—… salvo cayendo en la herejía, esa solución razonable al carácter inaceptable de un Dios hecho hombre.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

kénosis

agosto 12, 2020 § 2 comentarios

La fe cristiana —hay que admitirlo— apunta a un Dios bastante extraño. Pues un Dios que decidió hacerse siervo de Dios —un Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es— ¿hasta qué punto cuenta como Dios? La Encarnación implica un vaciamiento de la condición divina, una humillación, una renuncia. Dios, al encarnarse, desciende (y aquí el descenso no es geográfico). Podríamos decir que, al hacerse cuerpo, Dios se degrada como Dios. Cuando menos, porque la corporalidad de Dios va con la muerte de Dios —y una muerte abyecta. Ahora bien, un Dios mortal ¿no es acaso un oxímoron? La declaración de Nietzsche —Dios ha muerto— fue antes cristiana que nietzscheana. De hecho, el primero en proclamar que Dios había muerto en una cruz de hecho no fue Nietzsche, sino Tertuliano. Ciertamente, el cristianismo no se detiene en la cruz. De no haber habido resurrección, los discípulos de Jesús se hubieran quedado con el rabo entre las piernas. Es por la resurrección —y aquí dejamos a un lado de qué estamos hablando— que el que murió como un apestado de Dios pudo ser reconocido como Dios en persona. Como dijera Pablo, si Cristo no resucitó, la fe es una estupidez. Al fin y al cabo, Jesús murió como un fracasado —como un maldito de Dios. Tan solo con la resurrección, la cruz del Hijo se revela como una victoria sobre la muerte.

Sin embargo, ¿por qué Dios tuvo que abrazar la muerte para vencerla? ¿Es que no era suficiente un paraíso post mortem? ¿Acaso no basta con estar convencidos de la inmortalidad del alma para que la muerte no nos pueda? Quizá desde el prejuicio religioso, según el cual la esencia paradigmática de Dios ya se encuentra determinada de antemano, pero no desde la óptica del monoteísmo bíblico. La redención a la que aspira Israel no es la de las almas puras. Sencillamente, el hombre pierde su humanidad donde abandona la carne. Para Israel, el hombre no es un alma encerrada en un cuerpo, sino un cuerpo animado por el aliento de Dios. De ahí que, en las apariciones que narran los evangelios, se destaque la corporalidad, aunque transfigurada, del resucitado. El Jesús que regresa con la vida de Dios conserva las marcas de la cruz. En modo alguno, estamos hablando de un espectro dichoso. No es causal que la resurrección sea para Pablo el indicio de una nueva creación, algo así como un reset cósmico, un nuevo comienzo. O la redención tiene que ver con el hombre, o no hay redención. Es posible que ya no podamos creer en ello como quien no quiere la cosa. Pero este es otro asunto.

En cualquier caso, lo que resulta cristianamente decisivo es la identificación entre Dios-Padre y un crucificado en su nombre, identificación que el cristiano atestigua tras el tercer día. La revelación no dice tanto que Jesús es el Hijo de Dios —que también— como que Dios es Jesús. Ya no más Yo soy el que soy, sino Yo soy ese hombre que cuelga de un madero como un desarraigado de Dios. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Pues lo que se nos está diciendo es que el Padre no es nadie sin el Hijo (y viceversa). O mejor, es un nadie que clama por ser alguien. Y esto equivale a decir que el Padre es impotente sin el Hijo (y vivercersa). En Getsemaní, el Padre no pudo hacer más que guardar silencio. De hecho, su palabra —su respuesta— fue un crucificado que muere —y muere sin Dios mediante— perdonando a sus verdugos. Cristianamente, Dios es el Dios que acontece entre el Padre y el Hijo. Al margen del crucificado, el Padre no es más —aunque tampoco menos— que la voz que clama por el hombre. Sin duda, estamos en las antípodas del presupuesto de la religión, el cual da por sentado, precisamente, que el modo de ser Dios se encuentra determinado de antemano. Pero si el cristianismo está en lo cierto, el modo de ser de Dios estuvo pendiente de un hilo hasta el Gólgota. Y esto resulta tan desconcertante, si lo pensamos bien, que todavía estamos lejos de aceptarlo. Que Dios se hizo hombre para la redención de la humanidad es algo que no podría confesarse de no haber habido resurrección. Pues el resucitado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quien sabe qué significa la palabra Dios, sabe que un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser divino.

Por tanto, no es casual que la dogmática proclame que Dios se hizo hombre —y no solo adoptó su aspecto—… sin dejar de ser Dios. Desde una óptica religiosa, no hay manera de entenderlo. Solo desde la realidad de un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Desde esta óptica, Jesús no es un hombre de Dios, entre otros, sino el modo de ser de Dios. Y esto tiene que ver antes con Dios que con el hombre. Evidentemente, donde el cristianismo pacta con las espiritualidades difusas del océano con el propósito de hacerse más digerible para las entendederas modernas, pierde de vista su hallazgo más fundamental —lo que es lo mismo que decir que deja de ser cristianismo. Esto debería ser obvio. Pero no lo parece si tenemos presente cuántos hoy en día, incluso sacerdotes, se apuntan a este carro. Y aquí, más que de una actualización del cristianismo, deberíamos hablar de su desintegración. Con todo, no sería la primera vez.

el diálogo entre el creyente y la Modernidad

agosto 11, 2020 § Deja un comentario

Cuando leo a los teólogos progres, a menudo tengo la impresión de que, en su diálogo con la Modernidad, hay más de disculpa que de argumentación. Como si la música de fondo fuese en realidad no somos tan supesticiosos —y esto se halla muy cerca de sostener que en realidad no decimos lo que parece. Aquí hay algo de legítimo, cuando menos porque para comprender el cristianismo antes hay que aprender a leer. La cosa cambia cuando, en su intento de hacer las paces, sostienen, pongamos por caso, que proclamar la resurrección es lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. O que cuando nos dirigimos a Dios en último término no hacemos más que sintonizar con el espíritu del amor. El resultado es, ciertamente, un cristianismo aceptable para el prejuicio moderno. Esto es, un cristianismo que se presenta como una opción entre otras dentro del mercado de las espiritualidades. Pero donde aceptamos al Dios que se reveló en la cruz como quien no quiere la cosa, lo más probable es que no hayamos hecho mucho más que sustituir un ídolo por otro. El kerigma cristiano no termina de cuadrar con la Modernidad. Entre otras razones porque el presupuesto de los tiempos modernos es que no cabe otra trascendencia que la de un mundo aún por explorar. Pero como tampoco cuadró con los de la Antigüedad. En realidad, no cuadra con ningún mundo. Ni siquiera con el que imaginamos como sobrenatural.

la fe como postura (y 3)

agosto 6, 2020 § Deja un comentario

En principio, la posición básica en la que permanece el creyente apunta al Dios que pronunció el Sí en el origen de los tiempos. Y precisamente porque se trata de una posición básica estaríamos ante un irrenunciable de la fe. La reflexión no puede tomarla por objeto sin alterarla, esto es, sin desplazar de su posición inicial al creyente que se pregunta por su verdad. No obstante, ante este Dios caben dos sub-posiciones —dos creencias—, a saber, la que lo da por descontado como el Dios cuyo modo de ser está determinado de antemano; y la que entiende que, tras la caída, Dios quedó herido de muerte al no poder seguir reconociéndose en su imagen primordial. Así, o bien la caída —la separación— no afecta a Dios o, por el contrario, lo afecta (y lo afecta hasta el punto de perder de vista, por decirlo así, su modo de ser). No parece que estemos ante el mismo Dios. En el primer caso, Dios es el que es al margen del hombre. En el segundo, Dios no quiere ser sin la adhesión del hombre (y este no querer debería comprenderse como la voluntad que Dios, en última instancia, es). El primer Dios, el de la típica conciencia religiosa, es un Dios que no resiste el dilema de Epicuro —o Dios, en tanto que omnipotente, es indiferente a la suerte de los hombres; o Dios no es omnipotente y, por eso mismo, no es Dios. A la pregunta ¿por qué Dios permite que haya tantos hombres y mujeres sufriendo lo indecente? La pregunta presupone que Dios podría evitarlo si quisiera. De ahí que la cuestión de la teodicea —por qué hay Mal, habiendo Dios— tradicionalmente haya tendido a exculpar a Dios… para así poder salvar su divinidad. Como es sabido, a lo largo de la tradición judeocristiana, desde los profetas hasta Agustín, se ha atribuido el Mal a la desobediencia del hombre, a un uso desviado de su libertad. Pero ante el exceso del mal, cuesta imaginar que un Dios, por naturaleza bueno, se quede con los brazos cruzados. El problema no es el sufrimiento, sino su carácter excesivo, sobrehumano. Un padre puede dejar que un hijo asuma las consecuencias de sus actos. Mejor dicho, debe hacerlo. Pero sería un mal padre si no intentase salvarlo de la desgracia. Aun cuando el hijo hubiera ido de cabeza hacia ella.

Otro asunto es que Dios no pueda evitar el Mal, con mayúscula. Y aquí iríamos a parar a la segunda sub-posición acerca de Dios, la propiamente cristiana. Desde este punto de vista, el Mal también respondería al ejercicio de nuestra libertad. Pero estaríamos ante una libertad cuyas consecuencias, como sugeríamos antes, afectan no solo al hombre, sino también a Dios. Mejor dicho, afectan al hombre porque afectan a Dios (y viceversa). Aunque quizá deberíamos decir que afectaron (y siguen afectando). Pues hablamos de una libertad trascendental, casi en el sentido kantiano de la expresióm, aquella por la que el hombre decide alejarse de la Presencia. Es con el desprecio de Adán que Dios deviene un Dios impotente, algo así como un oxímoron. Podríamos decir que a partir de ese momento, anterior a la historia, Dios se queda sin cuerpo con el que operar en el mundo. A través de la negación del primer hombre, Dios fue sepultado en un pasado inmemorial —y sepultado como el fantasma que clama por volver a ser en el el hombre, por reconocerse de nuevo en su cuerpo. De ahí que, bíblicamente, de Dios tan solo oigamos una voz, aquella cuyo eco escuchamos en el llanto de los que sufren el retroceso de Dios, el sello de su radical trascendencia. Y es que, desde esta perspectiva, la trascendencia de Dios no puede concebirse en términos espaciales, como si simplemente Dios permaneciese oculto tras el muro que nos separa de Dios, sino en clave temporal. Dios no se encuentra estrictamente oculto, ni tampoco eclipsado por el mundo, sino desplazado a un pasado anterior a los tiempos históricos (y por extensión, a un futuro igualmente absoluto: no deberíamos olvidar que biblicamente Dios se revela como promesa de Dios). Y esto equivale a decir que Dios, tras la caída, es el Dios que aún no es nadie sin la fe del hombre —pues no quiso ser sin el hombre—, el Dios que tiene pendiente, precisamente, su identidad o modo de ser. De no tener esto en cuenta, va a resultar difícil comprender, cuando menos, la proclamación cristiana de Jesús como el quien —el modo de ser— de Dios, y no solo un representante, entre otros, de una paradigmática bondad, la que, según el homo religiosus, define a Dios. Por eso, no debería extrañarnos que, desde la perspectiva religiosa, la divinidad de Jesús acabe entendiéndose implícitamente a la manera del viejo monofisismo (o de cualquiera de sus variantes). Como si Jesús fuese Dios mismo, aunque con aspecto humano. Como si el cuerpo no tuviera nada que ver con Dios. O en el caso de que los tiros no fuesen por ahí, como si su divinidad fuese tan solo el resultado de una exaltación. Pero cristianamente, y aquí la dogmática trinitaria sirve de cortafuegos, no cabe hablar de Dios-Padre si no es en relación con el hombre que fue Jesús. Y viceversa.

contra el denominador común

agosto 4, 2020 § 1 comentario

Para los partidarios de la tesis transconfesional, todo dios es, en definitiva, el mismo Dios; incluso la nada de los budistas. Las diferentes espiritualidades deben, pues, entenderse como diferentes modos de aproximarse una cima inalcanzable. Cada creencia percibe solo un aspecto de Dios. De acuerdo. Pero ¿acaso no es esto el resultado de una abstracción? ¿Es que no podríamos darlo por descontado… desde la atalaya del espectador? Aquí no estamos tan lejos del todo es agua de Tales. Ahora bien, por eso mismo, el sujeto que hay detrás ¿puede tener fe al margen de su convicción de que hay algo, se supone que bueno, por debajo de la crosta del ego? ¿Acaso lo que se presenta como conclusión no es más bien un prejuicio —y un prejuicio racional? ¿Es que un dios-denominador-comun no presupone haber puesto las religiones dentro de un misco saco? ¿Que nada hay que confesar? Ciertamente, la separación es el dato inicial. Y de ahí que la voluntad de religación sea algo así como una constante de lo humano. Pero nos equivocaríamos si entendiéramos las religiones solo como distintas tácticas, históricamente determinadas, de volver a casa. La cuestión decisiva es a qué Dios pretendemos vincularnos. Y no es lo mismo un Dios que pende de una cruz que la nada del budismo-zen. No es lo mismo un Dios-qué, el cual solo nos exige un saber a qué atenernos, que un Dios que reclama, precisamente, nuestra confesión para llegar a ser el que es. La distinción mosaica entre el verdadero Dios y el falso no puede resolverse diciendo que el verdadero Dios es, en definitiva, un denominador común. De hecho, esta fue, tradicionalmente, la función de la divinidad suprema del paganismo. La universalidad del Dios bíblico no es la del arkhé —la del ente que confiere unidad a los diferentes modos de lo divino—, sino la de un Dios esencialmente desaparecido, y no meramente oculto tras las bambalinas del mundo, un Dios que, desde la óptica cristiana, tuvo pendiente su quién hasta el Gólgota. Desde el lado del hombre, todas las religiones son variantes de una religión universal, por decirlo así. No, desde el lado de Dios. Un dios-denominador-común ¿puede sacar al hombre del quicio del hogar? Quizá de su posición de confort, como suele decirse ahora, pero no de su posibilidad. Decía Cioran, literalmente, que ya no nos hacemos preguntas sobre Dios, sino sobre las formas de Dios. Y no le faltaba razón. El retorno a la religión que se percibe en Occidente no supone un retorno a Dios, sino a la idea abstracta de Dios y, en definitiva, a la necesidad de recuperar una vida que hemos perdido de vista. Y aquí hay un síntoma que no deberíamos despreciar. Sin embargo, la pregunta que tendríamos que plantearnos es cómo afecta la tesis transconfesional —el saber que todo Dios es el mismo Dios— a la posición que uno ocupa con respecto a lo que nos supera por entero. ¿Cómo puede uno tomarse en serio la invocación de un Dios crucificado donde da por sentado que, al fin y al cabo, también podría disolverse en el nirvana?

Franz (y 6)

agosto 2, 2020 § Deja un comentario

Los verdaderos oponentes de Franz, mejor dicho, de la verdad que encarna su compromiso, no son los campesinos que, con temblor de piernas, juraron fidelidad al Führer, sino los que lo hicieron cínicamente. En el fondo, decían, todo da igual. Desde la óptica de la eternidad, un genocidio se encuentra en el mismo plano que la sonrisa de un niño o el crecimiento de la hierba. Para los primeros, Franz es un héroe, el hombre que les permite seguir creyendo en la posibilidad de un nuevo comienzo (y de paso, seguir soportando su propia tibieza). Para los segundos, en cambio, un estúpido —un niño obstinado. Si queremos comprender el alcance del gesto de Franz, deberíamos inicialmente ponernos del lado de estos últimos. Pues espontáneamente es nuestro lado. Diría que solo así podemos caer en la cuenta de la enorme distancia que media entre Dios y el mundo. De lo contrario, no hay revelación.

Franz (5)

julio 31, 2020 § Deja un comentario

¿Fue Franz ejemplar? Admirable, sin duda. Pero ¿ejemplar? ¿Acaso se nos puede exigir lo que él hizo?¿Deberíamos imitarlo? Que sea admirable implica que su gesto no fue absurdo. Algo significa —y algo que sabe a definitivo. En cierto sentido, apunta a lo que deberíamos hacer. Pero también es innegable que estamos ante un gesto que nos supera por entero. Difícilmente se puede acusar de impiedad a aquellos campesinos que, por miedo, terminaron jurando fidelidad a Hitler. Aunque la impiedad la llevasen incrustada en los huesos. Como todos. ¿De qué estamos hablando, entonces? La obstinación de Franz ¿qué nos dice de nuestra situación ante lo último o decisivo? ¿Nos habla del milagro —de la posibilidad de lo imposible? ¿De lo que no es de este mundo y, sin embargo, nos alcanza en lo más íntimo? ¿De la gracia, que como señaló Bonhoeffer, no sale barata? Podríamos decir que la fe del hombre común se mueve entre el carácter admirable de la entrega del mártir y el hecho de que no sea estrictamente ejemplar. Franz no poseyó el sentido de su decisión. Franz se movió por pura fidelidad al Sí que fue pronunciado con anterioridad a los tiempos —a la bendición que precede al horror. En cualquier caso, el sentido es para los testigos de su sacrificio. Franz con su compromiso encarnó una esperanza cuyo cumplimiento, no obstante, tampoco podemos imaginar, salvo en los términos de un mundo increíble. Sencillamente, porque lo hemos visto podemos creer que el hombre llevado por la gracia es capaz de ofrecer una dura resistencia al Mal. Aunque sea pagando el precio de su inmolación.

mística e irrupción

julio 30, 2020 § Deja un comentario

Desde la perspectiva religiosa, Dios irrumpe como el enteramente otro. De acuerdo. Pero ¿cómo irrumpe Dios? Mejor dicho ¿cómo es posible? Según el místico, embargando el alma. Según el profeta, invocándonos con una voz, de entrada, inaceptable. Obviamente, no se trata de lo mismo. Pero, cuando menos, podemos plantearnos la posibilidad de que estemos ante irrupciones complementarias. De hecho, hay quienes defienden que, a diferencia del profetismo bíblico, la mística sería el modo materno, por decirlo así, de experimentar a Dios. Al fin y al cabo, la experiencia mística tiene mucho de matricia. Ahora bien, quizá no esté de más preguntarse en primer lugar si el Otro, como tal, puede irrumpir —e irrumpir como Dios. Acaso el Otro, ¿no permanece siempre más allá de su ofrecerse como el contenido de una experiencia, aunque sea embriagadora? La unión mística ¿no implica un retroceso de la alteridad de Dios? Aquí podríamos apelar a que dicho contenido no acaba de encajar en los moldes de nuestra receptividad —al hecho de que nos desborde. Y por ello, tendría sentido, según los místicos, hablar de una irrupción del enteramente otro. Pero este desborde ¿no sería, más bien, el síntoma de lo que tan solo aún no acabamos de entender? ¿Es que Adán no se quedó sin palabras la primera vez que vio estallar un volcán? ¿Fue Adán un místico? Un topo ¿no queda conmocionado cuando siente la presencia del niño que juega con él? Y ese niño ¿no sería como un dios para el topo —no siéndolo, en realidad? Con respecto a la alteridad, deberíamos desconfiar de las sensaciones, por muy intensas que sean. Nada que se nos presente como Dios es Dios. Dios, en cuanto alteridad radical, no pertenece a ningún mundo, ni siquiera oculto. Su trascendencia es temporal, antes que espacial. Con la caída, Dios fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos (y de ahí que se dé en adviento, como suele decir E. Jüngel). Si el absolutamente Otro es, por defecto, lo eternamente extraño —lo siempre pendiente de la existencia—, entonces no parece que podamos hablar de una experiencia inmediata de Dios, por muy parcial e inefable que sea. Sencillamente, el Otro, en cuanto tal, no puede darse a una sensibilidad. Su carácter otro o ajeno desaparece en su mostrarse. Y no porque nos queden rasgos por percibir, sino porque la alteridad, en sí, carece de rasgos. De hecho, se trata de una falta esencial. En este sentido, me atrevería a decir que, a diferencia del místico, Israel está más cerca de dar en el clavo (nunca mejor dicho). Y es que, desde un punto de vista bíblico, no cabe una experiencia de Dios que no sea la de lo debido a Dios, a saber, el don de la vida y la Ley. Sin embargo, hay que entender bien esto último. Pues no decimos que el don de la vida y el deber de preservarla frente a la crueldad sean efectos inmediatos de la presencia de Dios. Al contrario: lo debido a Dios es lo que se desprende de su desaparición —del hecho de haber sido privados, precisamente, de su actualidad. Dios en verdad no aparece como dios, ni siquiera tangencialmente. Sin duda, la experiencia del don —de la paz o la bendición— se aproxima a la vivencia mística. Pero quien se siente bendecido —quien percibe la existencia como gracia— no se funde. Entre el sentimiento de formar parte y el de la unión no hay una mera distinción de grado. Ni Moisés, ni Jesús de Nazaret fueron unos místicos, a pesar de haber intimado con Dios. A menos que estemos dispuestos a convertir la mística en un cajón de sastre. No es casual que Marcos pusiera la palabra Abbá —la expresión de la mayor intimidad— en boca de Jesús durante el episodio, sin duda sangrante, de Getsemaní.

hacerse cuerpo

julio 27, 2020 § Deja un comentario

Con la encarnación —ese imposible para quien sepa de qué se habla—, Dios deviene abrazable. Aún estamos lejos de comprender el alcance del dogma central del cristianismo. ¡Un Dios que cabe abrazar! ¿Y sigue siendo un Dios? ¿Acaso un Dios no debería mantener la distancia —no sea que nos demos cuenta de que no es nada del otro mundo? Si lo aceptamos como quien no quiere la cosa, será porque ya perdimos de vista el significado original de la palabra Dios (y ello en gran medida debido a dos mil años de cristiandad). Sencillamente, un Dios que se incorpora para poder llevarse al hombre del brazo está muy cerca de ser un oxímoron. Con todo, no tengo claro que el hombre quiera abrazar a Dios. En cualquier caso, su imagen de Dios, pero en modo alguno un Dios cuyo cuerpo sangra. No deja de ser extraño que la redención pase por dejarse ceñir por un cuerpo en estado de descomposición. Aunque quizá sea lo que corresponde a un Dios que no aparece como dios. Hay otro mundo. Pero está en este. Es, ni más ni menos, el mundo invisible de los invisibles, esos apestados. Y lo que hubiese más allá es, literalmente, otra historia. Al fin y al cabo, el Dios de los que sobran no puede ser otro que un Dios que no contó para el Olimpo. (Y aquí cabría añadir: porque quiso.)

la fe como postura (2)

julio 26, 2020 § 1 comentario

En la primera entrada de esta serie, decíamos que existir supone adoptar una posición básica con respecto a lo dado. Para quien posee una sensibilidad religiosa, dicha posición consiste en un dejarse abrazar, como quien dice, por la paz de una presencia sin más. Religiosamente, esto sería lo primero (y por ende, lo último). La creencia viene, en cualquier caso, después. Sin embargo, en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios —o cuando menos, un Dios de nuestra parte—, aquellas en las que Moloch irrumpe como una divinidad suprema, se hace muy difícil mantenerse en la posición básica. En las simas abisales de la historia la experiencia de un hallarse bajo una bendición primordial se muestra inevitablemente como ilusión. El peligro de quien se ha instalado en la posición básica es, precisamente, el de vivir como instalado en el Sí, cuando lo cierto es que existimos como arrancados de ese Sí. Esto es, el peligro es que haga oídos sordos al sufrimiento —el horror— que implica la separación. Como si no fuera con nosotros. Es así que la catástrofe —el derrumbe de los cielos— deviene, bíblicamente hablando, la prueba del nueve de la fe. En este sentido, la fe sería sinónimo de una innegociable fidelidad a un Sí anterior a la historia —la expresión de una apertura fundamental, apertura que, por lo común, es interiorizada como apertura a la divinidad—, hasta el punto de parecer absurda, casi una obsesión. La fe es, antes que hipótesis, una confianza en que el Sí prevalecerá sobre el No —que el Sí es más poderoso que el No—, una confianza que el creyente ha hecho cuerpo contra toda evidencia. Y es que no hay religión que no gire en torno a la pregunta sobre el verdadero poder.

la fe como postura (1)

julio 24, 2020 § Deja un comentario

La posición básica de la experiencia religiosa es la de una adhesión en cuerpo y alma a un sí de fondo —a una bendición que se presenta como paz en medio del exceso de una presencia sin porqué. Esta presencia todavía no ha sido transformada en una idea sobre cuya adecuación quepa preguntarse. Uno simplemente se encuentra ahí, en el puro haber —en lo dado. En la presencia sin porqué aún no hay tema. La posición básica de la espiritualidad es independiente del mundo donde se da por sentado que vivimos bajo el influjo de poderes invisibles —de ángeles y demonios. En este sentido, apunta a lo supremo o último, más allá de la intervención de los dioses. La diferencia entre Dios —aquel al que, en principio, remite la posición básica— y los dioses no es una diferencia de grado, aun cuando en el imaginario religioso sea inevitable concebir a Dios como dios —como el macho alfa del Olimpo. Pero aquí el imaginario es lo de menos. Ciertamente, en el mundo no todo es paz. Hay también —y sobre todo— dolor, sufrimiento, espanto. Hay temor. Pero desde esta óptica, el Mal, con mayúsculas, se comprende como el efecto de una separación y, por eso mismo, no altera la posición básica o inicial. Acaso podríamos decir que terminamos en manos de los dioses del lugar, los cuales tanto pueden jugar a nuestro favor como en contra, porque fuimos separados de la raíz. Un dios no deja de ser un dato natural, un dato con el que hay que negociar, aunque posea el índice de lo sobrenatural. La raíz, en cambio, no admite comercio alguno. En realidad, no se ofrece como dato.

Es verdad que el sufrimiento indecente de tantos hombres y mujeres obliga al creyente a clamar por una respuesta. Pero el creyente clama por Dios ante Dios, esto es, sin poner en cuestión su paradójica presencia, como fue el caso de Job. El creyente, como decía Yeshayahu Leibowitz, que tras Auschwitz dejó de creer, nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios (aunque sin duda después de Auschwitz, la posición básica quede significativamente alterada en la dirección de Job). Quien cree, aunque sienta en sus carnes el abandono de Dios, persiste en su estar ante Dios. Sin duda, deja atrás su saber acerca de Dios. Pero no su confianza en Dios, una confianza que, sin embargo, resulta insensata a ojos de cualquiera. De ahí que el horizonte de la religión, como sugiere la etimología de la palabra, sea precisamente el de la restauración —el de un volver al hogar del que fuimos expulsados. Conviene subrayar que se trata de una posición antes que de una creencia, de una afirmación sobre la naturaleza de Dios. De la creencia podemos distanciarnos al preguntarnos, pongamos por caso, por su valor de verdad. Una posición, en cambio, se lleva pegada a la piel. Esta posición podría comprenderse perfectamente como el denominador común de las diferentes religiones. Una posición no se elige —no es algo que aceptamos porque nos convenza. Se está en ella o no se está. Las creencias religiosas, de hecho, se derivan de la posición con la que asumimos la existencia. Una posición no parte de ninguna sub-posición —de ningún supuesto o prejuicio conceptual. La posición que abraza el sí de fondo —mejor dicho, que es abrazada por el Sí— expresa el sentimiento de formar parte, el cual es anterior a la transformación de la presencia —de lo dado— en un mundo particular, un mundo de objetos más o menos tratables. Para quien posee una sensibilidad religiosa, hay bendición, aun cuando en los arrabales del mundo resulte difícil creer en ella. Es cierto que siempre podemos poner en cuestión la fiabilidad de la posición básica. Pero al hacerlo nos situamos en la grada del espectador, de aquel que se interroga sobre su vivencia y, por eso, se distancia —se extraña— de su corporalidad. No es causal que, en la Antigüedad, la mayoría de los filósofos terminasen despreciando el cuerpo —como si solo pudiéramos hacer las paces con él en tanto que objeto de disfrute, en modo alguno como el lugar de la revelación. Y es que, de entrada, o nos hallamos del lado del Sí o en la orilla del No. Es lo que tiene nuestra finitud —nuestra dependencia. Todo cuanto podamos decir sobre nuestro estar en el mundo, y en último término acerca de Dios, se deriva de una postura, casi en el sentido corporal de la expresión. De hecho, quien cuestiona la posición básica desde la que encaramos el mundo admite un quizá no —la sospecha y no el asombro— como punto de partida, tanto para lo bueno como para lo malo. Es posible que la incredulidad contemporánea tenga que ver, sobre todo, con el hecho de haber abandonado la posición básica de la fe en favor de un sistema de representaciones acerca de Dios o de lo último —de haber olvidado que las representaciones responden, en última instancia, a dicha posición. El actual revival de las espiritualidades de corte oriental quizá no sea más, aunque tampoco menos, que un intento de recuperar la postura inicial de la sensibilidad religiosa. Pues la tradición cristiana hace tiempo que quedó encorsetada en fórmulas sin sentido. Y ello a pesar de la verdad que revelan. Pero como dijera Hegel, con el paso del tiempo, hasta la verdad termina siendo otra cosa.

antes que nada, nadie

julio 23, 2020 § Deja un comentario

Dios sin el hombre, aún no es nadie, sino tan solo, pero no menos, que un fantasma que clama por un cuerpo. Y no hay otra realidad —otra exterioridad — que la del fantasma. Antes que nada, Dios en sí mismo es un don nadie. Esto es lo que hay tras la dogmática cristológica, la que proclama al crucificado como el quien —el cuerpo— de Dios. Ahora bien, si esto es así, entonces el hombre carga sobre sus espaldas una enorme responsabilidad. Pues el ser o no ser de Dios dependerá de la respuesta del hombre a su clamor. Esto es, ante Dios, el hombre es responsable de Dios (aun cuando, por eso mismo, su estar ante Dios sea sin Dios). Es lo que tiene un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que fue (y de paso liberar al hombre de su inclinación a la crueldad). Nada que ver, por tanto, con el dios que el homo religiosus da por descontado. Ni siquiera donde lo viste con los brillos del océano.

Franz (4)

julio 22, 2020 § Deja un comentario

La cuestión religiosa por excelencia es la cuestión del poder. ¿Dónde se encuentra el verdadero poder? ¿En Dios o en los dioses que imagina el hombre? Quizá no estaría de más ver Una vida oculta desde esta óptica. Ciertamente, podemos no plantearnos la pregunta —mejor dicho, cabe que la pregunta no nos hiele el corazón. Pero este sería el síntoma de nuestra irrelevancia —de que aún vivimos en la burbuja del hogar. De hecho, en Occidente los primeros en hacerse esta pregunta fueron Platón y los profetas. En su Apología, Platón sostuvo, a riesgo de hacer el rídiculo, que el verdadero héroe no era Áquiles, a quienes los atenienses veneraban, sino el payaso de Sócrates. La operación es parecida a la que llevaron a cabo los profetas de Israel al proclamar que en verdad Dios no aparece como dios, sino como un Dios que está por venir —un Dios cuyo poder depende de la respuesta del hombre a su invocación. Por no hablar de la confesión cristiana que anuncia a un apestado de Dios como Dios en persona. La fe comienza donde nos vemos obligados a responder a la pregunta que nos dirige el santo inmolado: ¿y tú quién dices que soy yo? ¿De qué lado crees que se encuentra el último poder —de qué lado, la verdad? ¿En quién confías, en Franz o en el Führer? Evidentemente, la pregunta adquiere la densidad que les es propia donde se nos exige una confesión (y no tan solo una opinión). Uno siempre confiesa ante el juez que decide su libertad o condena. Y no parece que podamos confesar como quien no quiere la cosa que el poder está en manos de aquel que, por fidelidad al Bien, muerde el polvo de la derrota. La fe siempre fue contrafáctica.

eucaristía y rito sacrificial

julio 21, 2020 § Deja un comentario

La lógica del sacrificio religioso es contundente: hay que darle de comer al dios, esa bestia, para que no nos devore. Como el domador, que para poder acercarse al león, antes tiene que saciar su hambre. De ahí lo desconcertante del cristianismo. Y es que la revelación de Dios como crucificado implica un cambio de polaridad dentro de la relación sacrificial: no es el hombre, sino Dios mismo quien se inmola para que podamos alimentarnos de su carne y de su sangre, por decirlo así. El rito eucarístico es, por tanto, ininteligible si no es desde el horizonte de los sacrificios paganos, cuya lógica, precisamente, invierte. Sin duda, un Dios que se sacrifica para que el hombre viva de Dios —mejor dicho, de su espíritu— ya no puede seguir siendo el que imaginamos religiosamente. Ahora bien, quienes viven del espíritu de Dios —ese resto— comparten el pan de cada día, que es como si hoy en día compartiéramos el sueldo: nadie se quedará sin pan.

vivir 120 años

julio 20, 2020 § Deja un comentario

Corre por ahí un vídeo de un hindú que ha llegado a los ciento viente años. Tiene la solución: ver el lado positivo de las cosas, vivir austeramente, respirar la naturaleza… Él posee el secreto de la felicidad. De acuerdo. Pero quien perdió a sus hijos en los Auschwitz de la historia no quiere vivir ciento veinte años —ni probablemente ser feliz. Quiere reencontrarse con sus hijos tras la muerte; que el mundo termine cuanto antes. En definitiva, que Dios resucite a los muertos —que el triunfo del verdugo no sea una última palabra. Alcanzar los ciento veinte es posible (aunque no sé si deseable). Volver como resucitados, imposible (y sin embargo, necesario). He aquí la diferencia entre Oriente y el judaísmo.

Dios es así

julio 19, 2020 § 1 comentario

Dios, al margen del hombre, sería como una biblioteca sin lectores (cojo prestada una imagen de Gregorio Luri, aunque él no la remita a Dios). Una biblioteca solo es lo que es donde hay lectores. De lo contrario, no es más que un simple almacén de libros. Y un almacén de libros es una biblioteca muerta. Dios quedó herido de muerte, no con el advenimiento de los tiempos modernos, sino cuando el primer hombre creyó poder prescindir de Dios. En cualquier caso, los tiempos modernos legitiman ese desprecio.

Franz (3)

julio 18, 2020 § Deja un comentario

El alcance del compromiso de Franz, el protagonista de Una vida oculta, no termina de entenderse sin el contraste que supone la fe de su esposa, Fani. Estamos ante una fe que no se cuestiona a sí misma, una fe que arraiga, como suele decirse, en el corazón. Para ella lo primero es la confianza en Dios: nada malo puede ocurrirle a un hombre bueno. Dios proveerá… aun cuando ahora estemos a oscuras. De acuerdo. Sin embargo, no parece que los hechos le den la razón. ¿Se trata de esperar lo imposible más allá de la muerte? Quizá. Pero la fe de Fani —la fe a secas— no puede entenderse desde la necesidad de un final feliz, aunque se satisfaga post mortem. Se trata de un esperar sin expectativa. Nuestras expectativas —los pronósticos— son refutables. En cambio, la esperanza es contrafáctica: a pesar de todo, confío (y esto resulta casi sobrehumano cuando el todo es insoportable y no tan solo un inconveniente). Diría que no es secundario que las imágenes de la esperanza bíblica —que el león coma hierba— sean increíbles. Tienen que serlo si el creyente espera lo que en modo alguno puede concebir como expectativa. La posibilidad a la que apunta la fe es la posibilidad de lo imposible, de lo que el mundo no puede admitir, precisamente, como posibilidad. La esperanza, al margen de lo razonable, es un estado, una postura existencial. En el estado de buena esperanza prevalece el frente a cualquier evidencia en contra. ¿Se trata exclusivamente de un estado psicológico? Probablemente… si el creyente no estuviera por entero referido a un Otro en falta y, en consecuencia, por venir. Esto es, si el paso atrás de Dios —su extrema trascendencia— no fuera lo más real de nuestro estar en el mundo, el acontecimiento originario por el que la vida se carga con el aura de lo sagrado (y esto es así, aun cuando el creyente solo pueda incorporar dicha trascendencia imaginándola como la de un Dios oculto tras las bambalinas: es lo que tiene ser también un cuerpo). De ahí, la importancia del diálogo final entre Fani y Franz, días antes de que este sea ajusticiado. Fani preferiría que Franz firmase la declaración de lealtad al Führer. Sin embargo, acepta con dolor la decisión de Franz. Estoy contigo. La bendición de Fani es el envés de la fidelidad de Franz. Es desde su aceptación que el compromiso de Franz se revela como la providencia de Dios. Ciertamente, no es esta la providencia que ella hubiera querido. Pero es la que hay. Al menos, mientras la historia siga su curso. El pedirle a Dios por Dios —y no otra cosa es la oración cristiana— no se resuelve como aparición ex machina de Dios, sino como la de aquel que lo encarna. Es en su nombre que el creyente permanece abierto a un Sí contra naturam. Más allá de esta esperanza, no hay saber que valga. Pues el saber, tarde o temprano, se decanta del lado del no que recae sobre aquellos que sobran.

Por eso, para entender de qué va el asunto de la esperanza creyente, podríamos preguntarnos si la película acaba bien. No lo parece desde una óptica meramente humana. Los justos tienen las de perder. Malick no ofrece, obviamente, un final a la Hollywood. Pero tampoco me atrevería a decir que termina mal. La muerte de Franz posee, cuando menos, una fecundidad extraña. La libertad frente al verdugo es posible, aunque quien la ejerce tenga que pagar un alto precio. En este sentido, cabe hablar de una libertad aparentemente sobrehumana. Pero porque hubo quien la encarnó, la historia se abre a una palabra que nosotros no podremos pronunciar. Aunque tampoco el dios de la expectativa religiosa.

Franz (2)

julio 14, 2020 § Deja un comentario

Franz, decíamos en la entrada anterior, mantuvo una relación casi física con Dios. No podía fallarle al Dios que le dio la vida como no podía fallarle a su esposa si los nazis le hubieran obligado a repudiarla. Nos hallamos ante un creyente que toma su creencia al pie de la letra. Hay Dios —la Creación lo atestigua— y es bueno. El mal es debido a nuestra desobediencia. Punto. Podríamos decir que Franz cree a flor de piel. De ahí que veamos a Franz como un ejemplo de fidelidad extrema, pura, incondicional.

Sin embargo, nosotros, los que nos hemos preguntado alguna vez por la verdad de nuestra creencia, difícilmente podemos creer como Franz. Nuestra relación con Dios no es, ni de lejos, tan física. Por lo común, de haberla, se sostiene sobre una suposición: quien cree que hay Dios suele creerlo como quien cree que hay vida en Marte. De hecho, como modernos, tenemos la impresión de que en la fe de Franz aún posee mucho de infantil. Ahora bien, cogiendo un lápiz más fino, podríamos decir que la distancia que experimentamos con respecto a la fe de Franz no responde solo al haber sido infectados por el espíritu de la sospecha. En realidad, esta distancia fue cristiana antes que moderna. El cristiano, ciertamente, cree en lo que Jesús creyó: hay un Padre que está del lado de los que sufren, un Padre que pondrá un punto y final a los tiempos para juzgar a vivos y a muertos. Un cristiano cree —es decir, espera— que, en nombre de Dios, el verdugo no pronunciará la última palabra. Sin embargo, si cristianamente cabe creer en lo que Jesús creyó no es porque este lo creyerá —porque fuera su supuesto—, sino porque murió como murió. Esto es, si cristianamente es posible confesar que hay Dios —y no solo el fantasma de Dios— es porque Jesús lo encarnó; porque, en definitiva, el crucificado se puso en manos de un Dios impotente hasta el Gólgota. En modo alguno es secundario que el cristianismo convierta al predicador en predicado. Jesús no se anunció a sí mismo. No dijo: creed en mí como Dios en persona. En cambio, es esto lo que proclama el cristianismo. Es desde la fe en Jesús como el quien de Dios que podemos creer en lo que Jesús creyó. La fe de Jesús no es aún cristiana. De afirmarlo, haríamos de Jesús un creyente ejemplar, pero poco más. Ciertamente, esto podríamos decirlo, por ejemplo, de Abraham o de Moisés. Sin embargo, Jesús no se reveló como un nuevo Abraham, sino como el nuevo Adán. En realidad, Jesús fue la última oportunidad de Dios, antes de que pudiera ser la del hombre.

Franz (1)

julio 12, 2020 § 1 comentario

El protagonista de la última película de Terrence Malick, Una vida oculta, es condenado a muerte por no querer jurar fidelidad al Führer. Para Franz, Hitler es el heraldo del Mal. Sencillamente, no quiere formar parte de las fuerzas del Anticristo. Su situación recuerda a la de los mártires durante las persecuciones de Diocleciano, lo cuales fueron ajusticiados o enviados a los leones por no reconocer al César como señor. La pregunta es ¿por qué se obstina Franz? Muchos de los que quieren salvarlo —incluyendo aquí a hombres de Iglesia—, le aconsejan jurar en falso: al fin y al cabo, no son más que palabras. Los argumentos son, sin duda, razonables. De hecho, serían los nuestros: tu gesto será inútil, el mundo no sabe ni que existes; todo seguíra su curso y otro ocupará tu lugar; al fin y al cabo, lo que Dios tiene en cuenta no son las palabras, sino lo que hay en tu corazón, etc. De hecho, los gnósticos de los primeros tiempos del cristianismo recurrieron a esta última justificación para ahorrarse el martirio: si Dios habita en lo más profundo del alma —si la redención consiste en saber de qué va el asunto—, la confesión es lo de menos. Lo que importa es la enseñanza. Los gnósticos se comportaron como Galileo ante la inquisición. Que la Tierra dé vueltas alrededor del Sol —que sea verdad— no depende del compromiso de quien lo afirma. Desde la óptica del gnosticismo, el martir es, simplemente, un insensato, por no decir, un talibán. No hay para tanto. Eppur si muove, a pesar de la declaración de Galileo. Y quien no lo sepa ver, peor para él: seguirá siendo un ignorante.

Aparentemente, la conducta del protagonista es coherente con los principios del pacifismo. Es preferible sufrir la injusticia que cometerla, le dice a Franz uno de los personajes de la película, citando a Sócrates. Y algo de esto hay. Sin embargo, el empecinamiento de Franz no obedece solo a su voluntad de mantenerse fiel a sus principios. En un momento de la película, el abogado defensor le ofrece la posibilidad, previa firma, de trabajar en un hospital de campaña… si es cuestión de no matar. Pero Franz no acepta el trato. El asunto es otro —o fundamentalmente otro. Franz no quiere traicionar al Dios que nos dio la vida. Sin duda, nos enfrentamos a un gesto desconcertante, por no decir, incomprensible, incluso dentro de las canchas cristianas de hoy en día. ¿Acaso puede importarle a Dios? ¿Es que Dios no prefiere que Franz continuase cuidando de su mujer y de sus hijas? ¿Exige Dios el sacrificio de Franz? ¿No sería ese Dios un Dios cruel y, por eso mismo, indigno de la fe del hombre? Desde una óptica tópicamente religiosa, según la cual el modo de ser de Dios, se entienda como se entienda, está determinado de antemano, la decisión de Franz es absurda. Sin embargo, desde el punto de vista cristiano, las cosas son muy diferentes. Pues el Dios que se revela en el Gólgota es un Dios que no termina de ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Por ello, la adhesión del hombre —su fe— solo podrá llevarse a cabo sin Dios mediante, esto es, en aquellas situaciones en las que no parece que haya un Dios de nuestra parte. Dicho de otro modo, en un mundo sin Dios, tan solo cabe un Dios encarnado. Cristianamente, no hay otra presencia de Dios —otro presente— que la de quien lo encarna. O lo que viene a ser lo mismo, no hay contacto directo con Dios. Dios como Padre —como el eternamente otro— sigue estando más allá. Incluso en los cielos. Es por eso que, cristianamente, Jesús es confesado como el quien de Dios —como Dios en persona—, aquel en el que el Padre se reconoce y por eso mismo puede llegar a ser el que fue en el centro de la historia. Jesús, el hombre, no es simplemente aquel que representa el modo de ser de Dios: es el modo de ser de Dios (y esto no debería entenderse como si Jesús fuese un dios con la máscara del hombre). La encarnación de Dios significa que Dios se da como hombre de Dios (y no únicamente en el hombre de Dios). Dios, sencillamente, es este darse o, en trinitario, la relación histórica entre el Padre y el Hijo, los cuales respectivamente no son aún nadie sin el otro.

Para entender esto último hay que tener presente que la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Un Dios que no quiere ser sin el hombre queda herido de muerte con el desprecio del hombre. Tras la caída, Dios queda vaciado de su modo de ser y, por eso mismo, deviene el impronunciable nombre de Dios —e impronunciable precisamente porque no puede funcionar como nombre sin falsificar a Dios. Contra los presupuestos de la sensibilidad religiosa, el nombre de Dios no designa a Dios como la palabra árbol refiere a cualquier árbol. Y esto equivale a decir, cristianamente hablando, que, tras la caída y hasta el Gólgota, el nombre de Dios tuvo pendiente su referente —su quien. En este sentido, no es casual que, para Israel, Dios en verdad se ofrezca como promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. La reconciliación entre Dios y el hombre no depende de un culto adecuado —esto sería aún religión—, sino de que se realice un porvenir que no está solo en manos de Dios (aunque tampoco solo en las del hombre). Evidentemente, todo esto es ininteligible —e inaceptable— para el homo religiosus. Cuando menos, porque este da por sentado que la divinidad es la que es con independencia del fiat del hombre. El horizonte de la religión es la salvación del hombre —o al menos, su plenitud. El de la fe, la redención de Dios. Aunque quien redime a Dios del pasado en el que fue sepultado ignore —y deba ignorar— que está redimiendo a Dios para que el hombre pueda volver a ser capaz de Dios.

De ahí que el tema del sacrificio del Hijo sea uno de los irrenunciables del cristianismo, a pesar de que para el cristianismo ligth de nuestros días resulte un tema, cuando menos, incómodo. Y es que donde la fe pierde de vista la dimensión sacrificial de la pasión pierde vista al Dios que se revela en la cruz. Ahora bien, para comprender dicha dimensión sacrificial, hay que tener presente que el envés del sacrificio del hombre no es otro que la impotencia de un Dios que perdió su identidad tras el abandono del hombre —de un Dios que, como decíamos, no quiere ser sin el hombre. De lo contrario, Dios sería un Dios sediento de reparación. Y no es esto lo que sostiene el cristianismo.

Por tanto, para entender la obcecación de Franz hay que situarse en la perspectiva del sacrificio. Evidentemente, Franz ignoraba el significado de su entrega. Tenía que ignorarlo. El sacrificio pierde su sentido donde el que se sacrifica posee el sentido de su sacrificio. Como decíamos antes, nuestra relación con Dios se decide en las situaciones en las que nos sentimos abandonados de Dios. O en palabras de Bonhoeffer, ante Dios, nos hallamos sin Dios. El sacrificio de Franz habría resultado rídículo, si Franz se hubiera dicho —y nos hubiera dicho— que tiene que sacrificarse para que Dios se haga presente entre los hombres (y como hombre). Esto es, su sacrificio nos habría hablado de él —de su creencia—, en modo alguno de Dios. Sencillamente, Franz quiso ser fiel a Dios. Ni más, ni menos. En cualquier caso, su posición fue la de quien mantiene una relación casi física con el Dios al que le debe la existencia. A pesar de que en el imaginario de Franz siga habiendo mucha religión. A pesar de que Dios en realidad sea un fantasma que clama por incorporarse de nuevo al mundo de los vivos. En cualquier caso, Franz no podía faltarle a Dios al igual que los antiguos mártires no pudieron abjurar de aquel de quien recibieron la salvación, precisamente, porque el punto de partida de su fe no fue una cosmovisión en la que todo encaja, sino la experiencia de un haber sido liberados de los poderes del mundo. En este sentido, la relación que Franz mantiene con Dios sería análoga a la que mantiene con Fani, su esposa (y no es casual que las metáforas conyugales sean habituales en el profetismo bíblico a la hora de traducir las relaciones entre Dios y el hombre). Franz no puede abjurar de Dios, como no podría repudiar a la mujer a quien le debe la vida. Y esto es lo que nos cuesta admitir hoy en día, incluso cristianamente. Podemos entender la imposibilidad de irse con otra. Ya nos cuesta más decir lo mismo con respecto a Dios. Pero puede que este sea el síntoma de que nuestro vínculo con Dios no es con Dios, sino con nuestra creencia en Dios —con nuestra necesidad de suponer que hay un Dios.

En realidad, el sacrificio de Franz no fue estéril, aun cuando su fertilidad permanezca abierta a un futuro que no logramos vislumbrar. La película termina con la imagen de la campana que un habitante del pueblo de Franz hizo sonar después de que Franz fuese guillotinado. Al oirla, los hombres y mujeres del pueblo se detienen, cayendo en la cuenta del alcance de la obstinación de Franz. Por decirlo en breve, gracias al sacrificio de Franz, el Mal no pronunció la última palabra —y es de esperar que no la pronunciará cuando todo esto termine, aunque no podamos concebir el cómo. Mi amigo Miguel Angel Moll dice que al final los hombres del pueblo fueron salvados por la campana. Quizá, quienes seguimos instalados en el hogar, no podamos esperar otra redención.

eternidad

julio 11, 2020 § Deja un comentario

Lo real, por defecto, es lo que permanece, lo inmutable o eterno. ¿Y qué permanece? Nada que tenga que ver con los hechos —con cuanto sucede. Pues todo pasa, y nada permanece… salvo la desaparición, la distancia, el retroceso que hace posible la aparición del mundo. Hay, sin duda, momentos epifánicos. Pero no duran lo suficiente. Tarde o temprano, se impone el oficio de vivir, el hiato, la necesidad de tratar con cuanto nos rodea. Únicamente, la pérdida es eterna. Y por eso mismo, el porvenir como regreso o restauración. Tan solo Dios es real —o mejor dicho, tan solo la relación, inicialmente quebrada, entre Dios y el hombre. Ni Dios ni el hombre terminan de hallar la paz mientras sigan separados. Y lo seguirán estando de aquí al final de los tiempos. Pues Dios es el Dios que el hombre encuentra en falta, la alteridad que el mundo tiene pendiente (y por eso mismo es lo que es). No hay otro vínculo con Dios que el que mantenemos con aquel que lo encarna. Con respecto a Dios tan solo cabe situarse ante Dios —ante lo debido a su eterna y radical trascendencia. No hay más allá de lo eterno. Y esto es lo mismo que decir que no hay más allá de nuestra situación con respecto a lo eterno. Y si lo hubiera, lo ignoramos, por no decir que no nos concierne. Lo eterno es un eterna promesa y no la materia, lo subyacente, ni siquiera donde lo entendemos como el fondo nutricio del cosmos. Incluso si lográramos conectarnos a dicho fondo, seguiríamos preguntándonos por el lugar de Dios. Sencillamente, el todo no puede ser el todo para quien existe.

disminuir para crecer

julio 10, 2020 § Deja un comentario

En las espiritualidades de diferente cuño, hay una especie de leitmotiv moral: uno tiene que desaparecer para poder conectarse con la divinidad o, si se prefiere, con el fondo nutricio del cosmos. Así, deberíamos renunciar a nosotros mismos —a nuestro deseo de posesión— para alinearnos con el anhelo más profundo. Disminuir para crecer sería el lema. Y algo de esto hay. La cuestión es si se trata de una enseñanza. Sin duda, en cierto modo lo es. Como decían los estoicos —o Buda—, la felicidad no se alcanza a través de la satisfacción de nuestras múltiples —e interminables— necesidades, sino reduciéndolas al mínimo. El hombre no tiene suficiente con lo suficiente. Pero lo que va más allá de lo suficiente —aquello a lo que apunta la inquietud, cuanto, en definitiva, importa— no es una cosa más. Aunque inicialmente nos lo parezca. Una cosa más siempre está de más. Al fin y al cabo, pretendemos reconciliarnos con la alteridad de la que fuimos separados, sentir que formamos parte de un orden que nos supera —del bien o la paz. Es verdad que los sucedáneos están ahí: la tribu, la patria, el club. Y por eso la vida del espíritu exige discernimiento, un mínimo de lucidez para distinguir el trigo de la paja. Pero podríamos preguntarnos si la enseñanza de las diferentes tradiciones espirituales, más allá de la disciplina a la que nos obligan, es verdadera —si traduce nuestra relación con lo que en verdad acontece o tiene lugar. Y bíblicamente, la verdad en este sentido no se decide en el ámbito de la interioridad, aun cuando sea cierto que no solo de pan vive el hombre, sino frente a los desposeídos por el hambre. Como decía Nikolái Berdiáyev, mi hambre es un problema material. Pero el hambre del hermano es un asunto espiritual.

De hecho, no da la impresión de que las víctimas estén por la labor de disminuir. Ya fueron disminuidas —hasta el punto de que dejaron de contar para el mundo. Las víctimas no desean a Dios… como quien desea lo que queda lejos de su alcance pero cabe alcanzar, aunque sea con la punta de los dedos, sino que claman —y desgarradamente— por Dios. Su oración es el padrenuestro, un pedirle a Dios por Dios, como decía Metz. No parece que sea lo mismo. En el caso de la ascesis, el horizonte es la felicidad o la plenitud. En el de las víctimas, la redención. En el primero, se trata de ascender o participar. En el segundo, de responder a la voz que se desprende de un Dios en caída libre. Ciertamente, hay una presencia de fondo anterior al mundo, por decirlo así, la que provoca, precisamente nuestro asombro —la que produce el sentimiento de estar en paz en el mero estar. Y es mejor asombrarse de vez en cuando, que vivir pegados a nuestra estrecha circunstancia. Pero, desde el lado de las víctimas, esa presencia es también indiferente a su dolor. El sufrimiento no es debido solo a que no hemos sabido hacer los deberes. Va con la existencia —con el haber sido arrojados al mundo. Es cierto que donde permanecemos atados a nuestro deseo de ser como Dios, seguiremos siendo incapaces de Dios. Pero de ello no se desprende que si logramos despojarnos de cuanto nos sobra, lleguemos a hacerle un hueco a Dios. En realidad, el riesgo es que lleguemos a despojarnos incluso de los que sobran. Es lo que tiene confundir precio y valor. Cuanto vale tiene un precio. Pero no todo lo que tiene un alto precio posee valor. Traducción: el encuentro con Dios lleva a la ascesis, a una vida de renuncia. Pero la ascésis no conduce, por si sola, a Dios. En cualquier caso, a lo que suponemos que es Dios.

Sin duda, hay un misterio de fondo. No obstante, se trata de un misterio interpelado por el llanto de los que sobran. Para las víctimas no hay reparación que valga desde nuestro lado. Y la desposesión ascética no deja de ser un logro del hombre, aunque se vista con los oropeles de la renuncia de sí. En última instancia, no parece que la divinidad a la que aspira la espiritualidad del ascenso sea el Dios que quedó herido de muerte con el desprecio de primer hombre. Y menos aquel que no tiene otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Cristianamente, no cabe otro encuentro con Dios que el que tiene lugar al pie de una cruz. En verdad, Dios y el hombre se encuentran como pobres. Como pobre —como empobrecido por el mundo— el hombre se vuelve capaz de Dios. Pero no porque a través de su disminución pueda coronar la cima de Dios, sino porque solo a través de la fidelidad del disminuido, Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre (y por eso mismo darse como hombre de Dios en el centro de la historia). Puede que efectivamente haya algo así como un fondo nutricio. Pero ese fondo, desde la óptica de los evangelios, no es aún el de Dios. Al menos, porque la pregunta no es cómo lograremos conectarnos de nuevo con Dios, sino si Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre… para llegar a ser el que fue.

Buda y Cristo

julio 8, 2020 § Deja un comentario

Buda muere serenamente. Cristo, gritando. La diferencia no es anecdótica. Buda alcanzó la iluminación. En cambio, las últimas palabras del crucificado son las de quien no entiende nada: Abba, abba ¿por qué me has abandonado? Sin embargo, si el grito del crucificado deviene la base de la fe es porque se dirige a Dios. Jesús no muere proclamando no hay Dios. La experiencia cristiana de Dios comienza con una interpelación a Dios. Y no hay interpelación que no espere una respuesta, aun cuando el que cuelga de una cruz no llegue a escucharla. Jesús muere sin poseer el significado de su inmolación. Como si el hombre tan solo pudiera ser fiel a Dios ante un Dios fuera de campo. La respuesta de Dios es la que escucharán los testigos de la cruz. ¿Preguntáis por Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, esto está muy cerca de declarar que no hay Dios. Y de ahí que Nietzsche defendiera que el nihilismo es un hijo bastardo del cristianismo. Pero también cabe entenderlo tal y como lo entiende la confesión cristiana: Dios no tiene otro rostro que el de un crucificado en nombre de Dios. Sencillamente, el Padre no es nadie sin el fiat del Hijo, un fiat que el Hijo solo puede pronunciar ante la impotencia del Padre, esto es, sin Dios mediante. Dios, cristianamente, solo se hace presente a través del fiat del hombre de Dios. Jesús es el quien de Dios y no tan solo aquel que ejemplificó el modo de ser de Dios. Dios no tiene un modo de ser independiente de su encarnación —de su hacerse cuerpo. De ahí que Dios, cristianamente, se revele como el encuentro —la reconciliación— entre el Padre y el Hijo, un encuentro que se determina en el centro de la historia y sobre un cadalso. No hay Padre sin Hijo, ni HIjo sin Padre. Evidentemente, la confesión cristiana supone una mutación de lo que se presupone religiosamente por Dios. Tras el Golgota —o si se prefiere, tras el tercer día— Dios no volverá a ser el mismo. De hecho, nunca fue el que imaginó la sensibilidad tópicamente religiosa.

Por eso, quien crea que el budismo es una vía junto a la cristiana de acceder a Dios sencillamente no sabe de lo que habla. Para Buda no haya lugar para Dios, y menos para un Dios crucificado. Quienes sostienen que gracias a Buda podemos seguir siendo cristianos, como si el budismo proporcionase el lenguaje que nos permite actualizar la espiritualidad cristiana, en el fondo están diciendo que hoy en día solo podemos ser espiritualmente budistas. Sin duda, Buda fue un maestro espiritual. Pero Jesús no fue reconocido como el Señor porque ofreciese un saber más profundo —ni tampoco porque estuviese impregnado de Dios. Quizá es lo que les pareció a los discípulos hasta el Gólgota. Sin embargo, la cruz reveló que la cosa no iba de que Dios habitase en el interior del hombre que fue Jesús. La cruz, desde los presupuestos del budismo, no deja de ser un mal karma. Es evidente que no estamos hablando de lo mismo. Aun cuando haya mucho de compasión en las diversas tradiciones del budismo. Pero este es otro asunto.

mística y cristianismo

julio 6, 2020 § 1 comentario

¿Una mística cristiana? No sé… Cuando menos, porque el dios de la experiencia mística no tiene rostro —mientras que el cristiano confiesa que el crucificado es el quien de Dios. La mística es la puerta por donde la religión se cuela en el interior del cristianismo —por donde cabe concebir a Dios al margen del que volvió de la muerte con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Ciertamente, aquí podríamos referirnos al conjunto de santos místicos de la tradición cristiana. Sin embargo, no fueron proclamados santos por ser unos místicos, sino a pesar de serlo.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría WALLY en la modificación.