punto de vista

agosto 1, 2021 § Deja un comentario

Nada se entiende de los evangelios si no es desde la situación de los desesperados, de quienes ni siquiera pueden concebir a un Dios de su parte. Nada. Hay que ponerse, por tanto, junto a ellos, para cuando menos intuir por donde van los tiros de la confesión cristiana y, en definitiva, de la redención. Esto es, hay que partir del nihilismo —hay que tomarse muy en serio el No— para poder proclamar desde lo más íntimo (y no tan solo decir) que no hay otro Dios que aquel que, colgando de una cruz, ofreció el perdón que solo pueden dar quienes regresan con vida de la muerte. De ahí lo ridículo que resulta el intento de actualizar las fórmulas de la fe desde la posición de quienes aún podemos confiar en un futuro a nuestra medida. Pues aquí actualizar supone, sin duda, acomodar.

fe y liderazgo

julio 31, 2021 § Deja un comentario

¿Transmitir la fe como verdades en las que creer… porque nos elevan por encima de lo prosaico? ¿Es cierto que, ante la crisis, tan solo se trata de encontrar otros métodos? No sé… ¿Es que hemos olvidado que únicamente llegamos a la fe, de llegar, a través del contagio, seducidos por la fuerza de quienes la encarnan, aquellos que hicieron de la última palabra —o mejor dicho, del silencio más elocuente— un cuerpo? Y su fuerza ¿acaso no tendrá que ver con que regresaron con vida del infierno, aquella que ofrecen, precisamente, a los que aún estamos muertos? ¿Es posible creer sin haber sido convocados por un hombre de Dios? ¿De qué fe hablamos donde no hay seguimiento? Si Jesús de Nazaret no hubiera sido el que fue, un hombre que, ocupando el lugar de Dios, consiguió arrastrar voluntades hacia el final del mundo —“no puedo soportar que tantos vivan como perros”—, quienes proclamaron su resurrección, y ello al margen de cómo podamos entenderla hoy en día, no habrían hecho mucho más que anunciar un fenómeno paranormal.

Saturno devorando a sus hijos

julio 30, 2021 § Deja un comentario

De tan acostumbrados que estamos a un Dios-bonachón, al menos desde el Vaticano II, fácilmente nos hemos olvidado de que la experiencia más elemental de lo divino es la de un hallarnos bajo un poder capaz de destruirnos (aunque también de trabajar a nuestro favor si pagamos el precio). No tiene nada de obvio que un dios se interese por nuestra suerte (y menos que decida sacrificarse por nosotros). Y aquí uno podría preguntarse cómo la revelación que conduce a la confesión creyente es de Dios y no un primer paso, ciertamente enmascarado, hacia el ateísmo. Por eso, la conversión de Dios en un amor delirante hasta la inmolación ande de la mano de la crítica moderna —o no tanto— a la experiencia religiosa de Dios. Ambas podrían entenderse como las dos caras de una misma moneda. Quizá no sea casual que la salvación más básica consista en liberarse del Padre, escrito así con mayúsculas. Como tampoco que la redención cristiana suponga, de algún modo, también la de Dios, en el sentido objetivo de la preposición. Como si su ira tuviera más que ver con su impotencia que con el fantasma que tenemos en mente. Al fin y al cabo, el cristianismo viene a decirnos que la hija que sufrió los abusos de papá solo se libera del mismo donde logra abrazarlo movida por la compasión —donde es capaz de ver en su padre a un pobre dios (y no a un monstruo)—. Pero para que sea posible ha de regresar con vida de la muerte, como quien dice. Y este regreso en modo alguno puede entenderse como un horizonte moral. Aquí tan solo cabe apelar a lo que tuvo lugar, si es que fuera el caso, contra cualquier pronóstico.

las otras cruces

julio 26, 2021 § Deja un comentario

¿Qué distingue la cruz de Jesús de Nazaret de la cruz de los profetas? ¿Acaso que, con Jesús, hubo un tercer día? No solo, me atrevería a decir. Pues los profetas, según parece, interpretaron el abandono de Dios como resultado de la infidelidad de Israel. Los profetas tuvieron que soportar cruentamente el peso de esa infidelidad. Pero no la hubo en Jesús de Nazaret. Como tampoco, en el caso de Job. La explicación profética de la desgracia no basta para entender la del justo que sufre. El crucificado sintió en sus carnes el silencio de Dios como no lo experimentaron los profetas. Estos se entregaron, en la soledad de su muerte, a un Dios que sabían que estaba de su lado. Jesús muere ante Dios como si no hubiera Dios. Los profetas fueron mártires de una causa. Jesús, en cambio, será la causa. Y lo será porque su sacrificio revela un Dios que en modo alguno puede darse por descontado —un Dios de carne y hueso—.

verdad y tiempo

julio 25, 2021 § Deja un comentario

Aun cuando estemos convencidos de que en Dios tiene más peso lo extraño que lo familiar —que su realidad es propiamente la del aún nadie que la de un ente espectral— resulta muy difícil, de creer, que no nos dirijamos a Dios como si fuese alguien. Aunque hayamos admitido que estar ante Dios supone estar ante los abandonados de Dios —y por tanto, sin Dios—, para el creyente resulta casi inevitable intimar con el fantasma. A pesar de que sepamos que en la mujer que abrazamos prevalece lo intangible, en el día a día se imponen los requisitos del (con)trato. Nadie niega, salvo el insensato, que la tierra gire alrededor del sol. Sin embargo, seguimos diciendo que es el sol el que se mueve. Hay un desencaje entre la verdad y lo que nos parece —o por decirlo al modo clásico, entre alma y cuerpo—. Pues la verdad —lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa— se ofrece como aquello que, estando ahí, somos incapaces de ver (y por eso para caer en la cuenta necesitamos volver sobre lo visto, esto es, diseccionarlo). Como si la verdad estuviera por debajo —o por encima— de las apariencias. O también, como si la hubiésemos dejado escapar —como si lo que acontece en el presente fuera un haber sido, un eterno por regresar—. Nuestra relación con la verdad, por consiguiente, no es como la que mantenemos con cuanto poseemos. De ahí que aquellos que han logrado interiorizarla suelan guardar una distancia irónica en todo lo que dicen y hacen o, en cristiano, un silencio expectante, mientras cavan pozos de agua para los sedientos. El hermano Gárate quizá estuvo más cerca que aquellos, de sus contemporáneos, que fueron hábiles en descifrar la Trinidad.

analogia entis

julio 23, 2021 § Deja un comentario

Decía Aristóteles —y antes que él, Empédocles— que tan solo lo igual conoce lo igual. No podemos conocer nada que, de algún modo, no suponga un re-conocer. Esto es lo que hay tras la teoría platónica de la anámnesis: que el conocer es, en definitiva, un recordar. Así, cuando nos enfrentamos a los desconocido espontáneamente intentamos reducirlo a lo conocido. La primera vez que los apaches vieron un tren, no vieron un tren sino un caballo de hierro. El cristianismo se apoyó en esta tesis para defender un cierto saber de Dios, aun cuando se guardó —y mucho— de que dicho saber anulase el misterio de su trascendencia. De ahí que en la doctrina católica de la analogia entis pesara más la desemejanza —lo que permanece en esencia incognoscible— que la semejanza.

Sin embargo, el problema de dicha doctrina es el de acabar creyendo que, en el fondo, Dios y el hombre poseen rasgos comunes solo que en distinto grado (y en este sentido, creemos que Dios es bueno o misericordioso, pongamos por caso, aunque en mayor medida que en el caso del hombre). Por no decir que hay algo así como una chispa divina en lo más hondo de uno mismo. De hecho, la tendencia gnóstica consiste, precisamente, en creerlo. Es como si el gnóstico se quedase con el interior intimo meo de Agustín olvidando que a continuación añadió et superior summo meo. Y aquí hay que tener en cuenta que estamos ante una superioridad ontológica —que no óntica, por decirlo a la Heidegger—. Como absolutamente otro, Dios no es el ente cuya extrañeza obedezca tan solo a una serie de rasgos inconmensurables (y por eso mismo ininteligibles). La distancia entre Dios y el hombre no es como la que media entre el hombre y una lombriz. El otro avant la lettre carece de rasgos (y por eso mismo, podríamos decir que, en sí mismo, no posee entidad). Para el hombre no hay alteridad como pueden haber focas o montañas. La alteridad se nos da como lo que tuvimos que dejar atrás una vez fuimos arrojados al mundo (y esto es lo que significa, literalmente, ex-sistir: un hallarnos expuestos a la desmesura de una alteridad en falta, estrictamente, a lo que se deriva de esta exposición).

En el mundo, la alteridad se nos da como el presupuesto de la representación, de la idea que nos hacemos de las cosas. Es por ello que, en cuanto tal, no es representable. La realidad de lo enteramente otro, en su hacerse presente, queda reducida a los esquemas de la conciencia. Dios inevitablemente adviene a la sensibilidad con un aspecto en concreto —y de ahí que creamos que Dios es lo que nos parece que es divino—. En cambio, la realidad de Dios tan solo puede ofrecérsenos bajo la forma de lo negativo: es en tanto que no es —o mejor dicho, en tanto que, en sí mismo, aún no es nadie. Así, no debería sorprendernos que, desde una óptica bíblica, no haya una experiencia de Dios como pueda haberla, por ejemplo, de un tsunami. Bíblicamente, la experiencia de Dios es siempre una experiencia de lo que se desprende de su radical trascendencia: el don de la vida y el mandato de preservarla de nuestra impiedad. O por decirlo en cristiano, el Padre no tiene otro rostro que el de un colgado en su nombre. Y esto, no por casualidad.

una de preposiciones

julio 22, 2021 § 1 comentario

Dijo Bonhoeffer: ante Dios, sin Dios. Y esto es así. Ciertamente, ante Dios somos responsables. Literalmente, aquellos que debemos responder a la demanda —el clamor— que se deprende de la absoluta trascendencia de Dios. Pero acaso también seamos responsables de Dios. Al menos, porque Dios es el Dios que no quiso ser Dios sin la respuesta del hombre.

perdidos

julio 20, 2021 § Deja un comentario

Es cierto que no caemos en la cuenta del valor del otro hasta que no se nos va. En el día a día, prevalece el trato, la reacción (y solo en raras ocasiones se nos revela su carácter excepcional, el milagro de que esté-ahí). La apariencia no basta. El otro tiene que desaparecer para que se haga presente su aura —su espíritu, su huella—. Podríamos decir lo mismo con respecto a Dios. Un Dios en exceso tratable aún no es Dios. En cualquier caso, una imagen a disposición. Al fin y al cabo, para la fe cristiana, no hay otra presencia de Dios que la del espíritu de un crucificado en su nombre (y un crucificado que volvió a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo).

apocalípticos e integrados

julio 15, 2021 § Deja un comentario

Jesús, como es sabido, fue un profeta apocalíptico. Su mensaje fue, al fin y al cabo, simple: el juicio de Dios es inminente y los hombres tendrán una última oportunidad si acogen el perdón del enviado (y obran en consecuencia). No parece, sin embargo, que podamos esperar sensatamente la fanfarria de los ángeles. El género ya nos resulta extraño. El fin del mundo, de haberlo, es a lo sumo un límite asintótico. Largo me lo fiáis. De ahí la irrelevancia actual de la predicación del Jesús que andó por Galilea. Con todo, acaso la pregunta no sea si el mito de un final de los tiempos es verdadero, sino para quién puede aún valer esta esperanza. No, evidentemente, para aquellos que confiamos en las ofertas del mundo. De hecho, solo los deshauciados son capaces de invocar a un Dios capaz de provocar un reset de dimensiones cósmicas. Únicamente ellos pueden seguir siendo apocalípticos, aunque sin el apoyo de un mito creíble. Ahora bien, es posible que la genuina esperanza siempre apuntase a lo increíble. Pues Dios nunca fue una posibilidad del mundo.

1Co 15, 17

julio 14, 2021 § Deja un comentario

Si Cristo no resucitó —sostiene Pablo—, vana en nuestra fe. En esta disyuntiva se decide la suerte del cristianismo. Pues es como decir o bien Cristo resucitó, o bien la fe es un trampantojo. De ahí que el cristiano, sobre todo hoy en día, deba tomar una posición al respecto. Pues la resurrección es dura de tragar (aunque ya lo fue desde los inicios). Sin embargo, tomar una posición no significa traducir. Como si proclamar la resurrección de un crucificado fuera, en definitiva, lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en el corazón del creyente o como si se nos hablase, en los términos de una cultura que ya no es la nuestra, de la inmortalidad del alma. Quizá sea porque nos cuesta esto de la resurrección de la carne, como les costó a los griegos del Areópago, la sentencia de Pablo pueda entenderse actualmente como una ironía póstuma. Como si, al fin y al cabo, se nos dijera que los relatos que dan pie a la confesión cristiana pertenecen a la literatura fantástica. En cualquier caso, el cristianismo difícilmente sobrevivirá al ridículo histórico donde no asuma, en contraste con la deriva religiosa, que la realidad de Dios se decanta del lado de lo imposible —de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y esto aun antes de comenzar a hablar de la resurrección.

supermarket religioso

julio 13, 2021 § Deja un comentario

Cada vez hay más mujeres y hombres que compran religión. La compra, sin embargo, busca una compensación. Nos pasamos los días en una jaula, en algunos casos dorada, y esto es difícil de soportar. Demasiada inercia o costumbre. Al fin y al cabo, religión significa, sobre todo actualmente, un caer en la cuenta de que no todo es comercio. Hay un fondo —y un fondo del que formamos parte, aun sin entenderlo—. Sin embargo, ese fondo, de haberlo —y podríamos dar por descontado que lo hay—, sigue formando parte del mundo. O si se prefiere, del todo. Pero nadie que se enfrente a según qué interrogantes puede admitir el todo lo sea todo. Ni siquiera donde el todo posee un horizonte, un final feliz. Basta con suponer que consiguiésemos enchufarnos a ese fondo: que nos disolviéramos en el mar como muñecos de sal; que aceptásemos serenamente la muerte —la nuestra, pero también la de aquellos a los que se les arrebata injustamente la vida—. En ese momento, la pregunta que Yavhé le dirige a Caín —dónde está tu hermano Abel— se revelaría como ridícula. No es este el tema, nos diríamos. Que cada palo aguante su vela —esto es, su karma—. Ahora bien, la convicción bíblica sostiene que ese es, precisamente, el tema. Y lo es en nombre de un Dios que, como absolutamente otro o extraño, se encuentra fuera del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el sobrenatural. Precisamente, porque existimos como arrancados de Dios, tan solo nos tenemos los unos a los otros. De hecho, el lugar de Dios no es un lugar, sino ese tiempo, anterior a los tiempos, al que fue dezplazado por el desprecio de Adán. Es desde esta radical exterioridad que el Otro clama por el hombre como un Dios herido de muerte. Y por eso mismo mantiene el mundo sub iudice a través de aquellos que reproducen su clamor.

celos

julio 11, 2021 § Deja un comentario

El Dios bíblico es un Dios que, desde el principio, no quiso ser un dios. O al menos, no sin la fe del hombre. El celo de Yavhé hacia el resto de las divinidades debería entenderse, por tanto, como el reflejo especular de esta renuncia: no quiero que me confundas con otras. Dios nunca fue una opción.

Dios es el que llama

julio 10, 2021 § Deja un comentario

¿Qué significa decir que Dios se manifiesta como el Dios que nos invoca? Pues que no es el que nos imaginamos religiosamente, un dios que habita en las alturas y cuya superioridad nos subyuga. Traducción: Dios, en cuanto tal, carece de la entidad de un dios. Con respecto a lo que sea Dios, no cabe ir más allá de nuestro encontrarnos expuestos a su invocación, la que nos convierte en rehenes del que sufre, precisamente, la realidad de un Dios en falta. Mejor dicho, más allá de que aquellos con los que Dios se identifica. El resto es un eterno por-venir. O si prefiere, una tensa esperanza.

no matarás

julio 9, 2021 § Deja un comentario

Dice la ley: no matarás (y esta fue una ley divina antes que humana). Sin embargo, la ley, en tanto que de Dios, amaga también una promesa: acabarás no matando (pues también asesinamos cuando pasamos de largo de quien carece del pan de cada día). Ahora bien, hay un matiz que quizá se nos escape: no matarás porque, en realidad, no puedes matar a nadie. Pues el nadie que hay tras el rostro de cualquiera —la expresión, literalmente clamorosa, de su genuina alteridad— es inalcanzable. Y esto es lo mismo que hablar de lo santo.

la sabiduría de un taxista

julio 8, 2021 § Deja un comentario

El problema no es vivir equivocado, sino morir equivocado, me dijo Eudaldo, el taxista con el que fui el otro día. En su guantera tenía Confesión, de Lev Tolstoi. También me habló de su padre, que murió cuando él tenía nueve años. Terrateniente en Ecuador, y a pesar de su profunda convicción cristiana, el obispo le tenía vetada la entrada en la iglesia por no pagar el diezmo: “si lo quieren, que trabajen la tierra”. En cambio, se preocupaba de que ningún campesino pasara hambre. “Cojan lo que necesiten de la cosecha; que sus hijos puedan comer a diario. Nosotros tampoco necesitamos tanto”. Esta fue su herencia. “Tan solo importa el amor que ofrecemos, aunque sea solo a veces”. Estas fueron las palabras con las que Eudaldo me despidió. Y luego dicen que no hay ángeles.

la santidad y el quinto

julio 7, 2021 § Deja un comentario

Lo sagrado o divino es, según la clásica sentencia de Rudolf Otto, tan fascinante como terrible, es decir, una completa desmesura. En este sentido, podríamos hablar también de lo monstruoso. Un monstruo es, al fin y al cabo, intocable (y, por eso mismo, siempre se encuentra más allá). Desde esta óptica, la epifanía de un dios es tan impresionante como lo pueda ser la presencia de un fantasma. Ahora bien, para una sensibilidad bíblica, las cosas son un tanto distintas. Pues nada hay más sagrado que la vida del otro —la del extranjero, el huerfano, el incontable—. Sin embargo, su carácter sacro no se nos revela de manera inmediata. De entrada, tendemos a tratarlo como objeto de deseo o rechazo. Esto es, de entrada, se nos presenta como estímulo. Hace falta mucho asombro para caer en la cuenta de que el milagro —la excepción de lo inerte— no se encuentra del lado de lo que espontáneamente nos impresiona. Hace falta mucho asombro —y acaso también unas cuantas dosis de estupor— para ver que la naturaleza intocable del otro no va con su apariencia —con lo que tiene de estimulante—, sino con el no matarás que se halla inscrito en su frente con tinta invisible. Aunque quizá no entendamos la dimensiones de este mandato mientras no percibamos que estamos ante el envés de una promesa.

Matusalen

julio 6, 2021 § Deja un comentario

Hasta la época de los Macabeos, en el AT la bendición de Dios se reflejaba en una vida larga y fecunda. Nada, por tanto, de una vida postmortem. Y por eso Dios es Dios: ningún hombre puede aspirar a los cielos. La cuestión de una vida más allá se plantea solo ante el problema del justo sufriente. Sencillamente, Dios no puede abandonar a los suyos. De ahí que la cuestión de la trascendencia sea inseparable, bíblicamente hablando, de la cuestión de la justicia, aunque algo de esto encontramos también en Platón. Sin embargo, no se trata únicamente de la reparación, sino, sobre todo, de la recreación. Y esto significa que Dios y el mundo, tal y como está, no acaban de ser compatibles; que no es cuestión de que nos pongamos a hacer los deberes. El mundo es irreparable. O mejor dicho, tan solo un Dios puede restaurarlo. Y esto, donde la palabra Dios ha dejado de ser significativa, está muy cerca de decir que no hay nada que hacer. Una espiritualidad que no tenga en cuenta que el horror es el envés de la paz —que no hay luz sin oscuridad— sigue siendo el mismo opio de siempre.

de predicados

julio 4, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, el cristianismo afirma que Jesús es Dios. Ahora bien, esto no hay que entenderlo como si la divinidad fuese un predicado —una propiedad— de aquel que anduvo por Galilea, hace unos dos mil años, anunciando el Reino de Dios. De ser así, haríamos de Jesús de Nazaret un dios disfrazado de humanidad (y no es esto lo que proclama el cristianismo). Defender que Jesús es Dios —o siendo más precisos, el Hijo de Dios— dice más sobre Dios que de Jesús. Y lo que dice es que Dios —estrictamente, el Padre— no es aún nadie sin la fidelidad del hombre. Si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Por eso mismo, no cabe afirmar de un crucificado que es el quién de Dios sin alterar significativamente lo que damos por sentado acerca de lo divino. Ciertamente, la mayoría de los creyentes sigue dirigiéndose a Dios como si no hubiese habido Encarnación. Pero este es otro asunto.

Richard sj

julio 3, 2021 § Deja un comentario

Hay un árbol frente a mi ventana. Pero ese árbol es más que un árbol. Es el árbol que puso Dios para darnos sombra. Esto fue lo que me dijo Richard Gassis, jesuita, hace ahora unos cuantos años. Richard Gassis, como tantos creyentes, está instalado en la creencia. Y esto significa no preguntarse demasiado por lo que siente a flor de piel. Sencillamente, ve —y vive— cuanto nos rodea con los ojos del niño. Y me atrevería a decir que la relación que mantuvo con su madre —una buena y gran mujer— está en la base de su predisposición. Quizá hubiera sido más difícil tener esa fe si hubiese crecido como aquel que fue abandonado por sus padres. Sin embargo, ¿es la fe un asunto que podamos reducir a psicología? ¿Es la experiencia raíz que hay tras la fe una experiencia que dependa de quién seamos, de un modo particular de estar en el mundo? No me inclinaría a decirlo. A pesar de que la fe común nos dé esta impresión.

En cualquier caso, la pregunta no es ¿de hecho, puso Dios es árbol ahí? Pues es obvio que de hecho no lo puso o, al menos, ya no puede tratarse de un hecho para nosotros. Ahora bien, lo cierto es que todo nos ha sido dado por Dios… aunque, desde una óptica bíblica, estemos casi obligados a entender el don como lo debido al retroceso de Dios a un pasado inmemorial. Dios no procede al modo de un titiritero espectral. De hecho, no procede sin nuestras manos. ¿Deberíamos concluir que la fe de Richard Gassis es un delirio infantil? Tampoco me atrevería a concluirlo. Pues no parece que podamos interiorizar la realidad del don divino —y menos en el día a día— si no es por medio de imágenes que, como tales, traducen lo real… con un cierto desenfoque. Y aquí podríamos ingerir unas pocas dosis de ironía judía: Dios, de hecho, no puso ese árbol ahí… aun cuando en verdad lo pusiera. Pues acaso sea la única manera de presevar al niño dentro de un cuerpo que comienza a estar de vuelta.

la convicción cristiana

julio 2, 2021 § 2 comentarios

El creyente, según Simone Weil, permanece a la espera de Dios: al final, lo veremos cara a cara. Y aquí podemos estar religiosamente de acuerdo. Sin embargo, la convicción cristiana es otra: Dios —estrictamente el Padre— es invisible como tal. Y no porque lo sea como nosotros podemos serlo para las orugas, sino porque no es nadie sin el Hijo. O lo que viene a ser lo mismo un nadie. Por consiguiente, no habrá un cara a cara. En cualquier caso, ver a Dios supone ver el rostro de un crucificado en su nombre. Mejor dicho, el de un crucificado que fue transformado por la fuerza del espíritu de Dios. No entender que Dios no tiene otro rostro que el del crucificado supone no entender nada de lo que proclama el cristianismo.

amor y violencia

julio 1, 2021 § 1 comentario

Creer en la fuerza del amor no es moco de pavo. Sobre todo, si se trata de amar al enemigo. La pregunta no es si esto es posible, sino dónde o bajo qué situación se nos da esta posibilidad. Mejor aún, quién la lleva a cabo (pues probablemente hablemos de los muertos, de aquellos que ya no tienen vida por delante de hundidos que están). El Mal muestra la resistencia del diamante. Hay orcos a las puertas. El enemigo no tendrá piedad. Ni de ti, ni de tus hijos. Quiere exterminaros. Ciertamente, hay milagros: ovejas que lograron, con su bondad, paralizar la mandíbula del lobo. Pero la excepción confirma la norma (y de ahí que el milagro sea el indicio de otro mundo). Pues mundo significa el amor no transforma. El reino de la bondad es imposible, esto es, no se ofrece como una posibilidad del mundo. Hace falta mucha fe para creer en el triunfo final del amor. Y esto es lo mismo que decir mucha confianza en lo increíble (en nombre, precisamente, del milagro). Donde la fe es sustituida por la hipótesis —donde se convierte en un ideal— es como si dijéramos que mañana saldrá el sol tras cuarenta días de lluvia. Quien cree que el orco no tendrá la última palabra porque los muertos resucitarán como quien cree que, al fin y al cabo, todo terminará bien porque así lo siente —porque su carácter le predispone al buen rollo— le hace un flaco favor a la causa de la fe. Pues, siendo sensatos, es como si dijera que los orcos tendrán la última palabra. Nadie se tomaría en serio a quien dijera que la tierra es plana porque soy Napoleón. Salvo que fuese un modo irónico de decir que la tierra es, efectivamente, redonda.

películas del oeste

junio 27, 2021 § 1 comentario

El séptimo de caballería: eso —y no que el león coma hierba— es lo que espera el prisionero de los sioux. Sin embargo, en su lugar, el cristianismo ofrece un Mesías crucificado —un Dios que no tiene otros brazos que los nuestros. Mal remedio para quien prefiere una expectativa a la fe (¿y quién no la prefiere?). La esperanza siempre fue de entrada muy física —muy concebible. De salida, en cambio, es incapaz de ver nada que no sea increíble y, por eso mismo, delirante. La esperanza de quienes ya no pueden imaginar una intervención ex machina apunta a lo imposible. Pues, sensatamente, no cabe esperar que el león coma hierba, ni que los muertos resuciten. Y menos que la nueva humanidad dependa de un siervo sufriente. Eppur si muove.

Etty

junio 26, 2021 § 3 comentarios

Escribe Etty Hillesum: sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Aquí, teológicamente hablando, solo cabe hacer una pregunta: ¿qué implica, con respecto a Dios, el que no pueda ayudarnos? ¿Qué Dios es aquel que necesita ser resucitado en el corazón del hombre (y por el hombre)? Evidentemente, no uno ex machina. Pero tampoco uno cuyo modo de ser esté determinado de antemano. Incluso la bondad de Dios está en el aire, una vez decidió no ser Dios sin el fiat del hombre.

una de fantasmas

junio 18, 2021 § Deja un comentario

El alma de los muertos, según la antigua creencia, habita en el sheol, algo así como una tierra de nadie —o como el no-lugar de los nadie. El alma, por tanto, sobrevive como un espectro de lo que fue —como lamento en la oscuridad. Algo parecido podríamos decir de Dios tras el desprecio con Adán. De ahí que Dios sea, en sí mismo, un fantasma que clama por volver a la carne. O mejor, un fantasma que dejó de serlo una vez fue abrazado por el cuerpo de aquel que fue crucificado en su nombre. En este sentido, podríamos decir que la resurrección, a menos que se entienda como una operación ex machina, afectó tanto al hombre como a Dios.

icono

junio 17, 2021 § Deja un comentario

Todo es icono desde el retroceso de Dios —todo queda cargado con el aura de la excepción. El gnóstico dirá que tan solo hace falta caer en la cuenta. Y algo de esto hay. Pero no solo. Hay también mal. El icono no basta. De ahí la esperanza bíblica en el porvenir de Dios. Ahora bien, Dios no volverá, ni mucho menos ex machina. En cualquier caso, el que volverá —o mejor, el que regresa a diario, aun cuando lo sigamos ignorando— es aquel que ocupa su lugar: el quién de Dios, el hereu, el que ofrece una bondad de otro mundo cargando con la cruz. Esto es, el Mesías.

lo concerniente

junio 17, 2021 § 1 comentario

O el pobre nos incumbe, o no. O bien vivimos como si no hubiese nadie con el vientre hinchado por el hambre; o bien como si la miseria de tantos nos juzgase (y no solo provocase nuestros mejores sentimientos). Tertium non datur. Ante esta disyuntiva se decide una existencia cristiana. Lo habitual es pasar de largo. Aunque con la boca grande digamos lo contrario.

falsa identidad

junio 16, 2021 § Deja un comentario

La cuestión no es si cabe identificarse con Dios —o lo divino—, sino si un Dios puede reconocerse en un hombre. El anhelo de participar de la fuente del poder responde, en el fondo, a la primera tentación: y seréis como dioses. Esto sigue siendo así, aunque ser trate del vigor de los océanos. En cambio, lo audaz —por no decir, lo inadmisible— es lo segundo. De ahí que no acabemos de comprender el alcance de la confesión cristiana mientras no nos sintamos, cuando menos, desconcertados ante un Dios no quiso ser Dios —y por consiguiente, no pudo serlo— sin la adhesión incondicional del hombre. No en vano fue Atanasio el que, siguiendo las huellas de Pablo, dejó escrito que Dios se hizo hombre para que los hombres pudiéramos hacernos Dios (y aquí deberíamos tener en cuenta que el hacerse hombre no consiste simplemente en adoptar un aspecto humano). Lo que ignorábamos es que esto del hacernos Dios tuviera que ver con la renuncia a ejercer el poder de un dios. Por no hablar de la persecución.

Dios no es lo primero

junio 14, 2021 § Deja un comentario

Donde lo primero, con respecto a Dios, es Dios, tarde o temprano acabamos regando fuera del tiesto cristiano. Pues de dar por hecho que Dios es, por ejemplo, misericordioso, el Hijo de Dios será, en el mejor de los casos, casi tan misericordioso como pueda serlo Dios, pero en modo alguno será la misericordia de Dios (que es lo que confiesa el cristianismo). Donde partimos de una idea de Dios —y partimos de ahí donde nos atrevemos a decir lo que Dios es, aunque sea a tientas—, la encarnación solo podrá entenderse a la platónica, esto es, como ejemplificación —por no decir como copia imperfecta. A muchos esto les parecerá secundario, si no irrelevante. Pero no es lo mismo creer que hay Dios y que este posee una esencia, sea cual sea, que existir ante un Dios cuyo modo de ser se encontró, nunca mejor dicho, en el aire. El cristianismo, aunque en un primer momento nos lo pueda parecer, no proporciona una nueva descripción definitida para la palabra Dios —no sustituye, por ejemplo, la ira por la compasión—, sino que altera, y significativamente, qué se entiende por Dios (o mejor dicho, que supone estar ante Dios). Y esto es así porque Getsemaní deja atrás cuanto pudiéramos decir religiosamente acerca de la naturaleza de Dios. Sencillamente, en la pasión del crucificado, Dios se revela como el absolutamente otro que no es nadie sin el fiat del hombre —y no lo es porque no quiso ser Dios sin ese fiat. La cruz hace patente la crisis de Dios, la que dio pie, precisamente, al inicio de la historia. Es por eso que en el Gólgota Dios se hace presente como aquel que cuelga de un madero como un apestado de Dios. Y esto equivale a proclamar que Jesús no fue un representante de Dios, sino su esencia o modo de ser. Que Dios se encarne significa, por tanto, que la realidad de Dios tiene lugar en el centro de la historia —y tiene lugar como carne. Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso. Pues entenderla supone entender que no hay Padre sin Hijo. Y viceversa. Sin duda, en muchas cabezas cristianas la encarnación se comprende a la platónica. Como si el Padre fuese por un lado y el Hijo por otro, esto es, como si la filiación fuese tan solo cuestión de participación. Pero este es otro asunto.

el test de Rorschach y la resurrección

junio 13, 2021 § Deja un comentario

En el test de Rorschach, nadie ve lo mismo ante las mismas manchas. Uno ve lo que cree ver. Se supone que depende del inconsciente. Aquí la clave del asunto consiste en darse cuenta de que hasta que no interpretamos no vemos nada. Evidentemente, en el día a día no todo son manchas de tinta sobre el papel. Sin embargo, sigue siendo cierto que no hay visión que no contenga una carga teórica, un ver como, un cierto saber. En este sentido, podríamos entender la resurrección como una postal del test de Rorschach. Los testigos de las apariciones vieron lo que vieron porque pudieron verlo en tanto que la resurrección de los muertos formaba parte de su expectativa, aun cuando es verdad que no la esperaban tan pronto. De habernos situado en la grada del espectador, no habríamos visto lo que de hecho vieron. A lo sumo, diríamos que ellos creyeron ver lo que proclamaron a los cuatro vientos. Para la visión objetiva cuanto aparece es subsidiario de una realidad que debe expresarse en otros términos. Nosotros, por ejemplo, al ver los colores no vemos la frecuencia de onda como tal: vemos su manifetsación sensible. Esto es, en el fondo, Platón: de lo real, tan solo una idea. O por decirlo de otro modo, lo real tan solo puede ser pensado como lo que en sí mismo no aparece —o también, como lo que solo se revela al pensamiento. Ahora bien, la abstracción no puede afectarnos —no puede comprometernos con lo real. De ahí la convicción cristiana de que Dios solo puede incidir en nuestra existencia como cuerpo (y como cuerpo transfigurado a través de la cruz). Ninguna visión —ninguna aparición— puede ser confirmada por el observador imparcial. Aunque tampoco refutada.

Das Ding

junio 12, 2021 § Deja un comentario

El lenguaje encuentra su raison d’être en lo que perdimos aun antes de nacer. Y evidentemente, esta no es una tesis sobre el origen del lenguaje, el cual, fuese el que fuese, deviene irrelevante en relación con su raison d’être. Pues la Pérdida, escrita con mayúscula, es la condición ontológica del para sí de la conciencia, de la extrañeza con respecto al mundo. Quien entiende esto, entiende, sin embargo, que no estamos hablando de un ente, aunque solo podamos imaginarlo como tal, sino del Padre o, mejor dicho, de su espectro. La realidad del Padre —y no hay otra realidad que la que retrocedió a un pasado anterior a los tiempos— se revela en la noche del desierto, en los Getsemaní de la historia, esto es, donde cesa el ruido de fondo que enmascara que existimos en relación con una falta irreparable. El nombre del Padre es el nombre par excellence —un nombre cuyo referente está eternamente por ver—, al fin y al cabo, lo único que resta del Padre una vez fuimos arrojados a la existencia (y en ello reside nuestro común desamparo, el punto de partida de la fraternidad). De ahí que el Padre no tenga otro rostro que el del Hijo. El cristianismo —en particular, su dogmática trinitaria— supone, de hecho, un vaciamiento de la palabra Dios. Al menos, porque por sí sola no significa nada que tenga que ver con Dios.

hacer la pregunta adecuada

junio 9, 2021 § 1 comentario

La pregunta que le hemos de dirigir al cristiano no es cómo sabes que hay Dios, sino qué pasó para que llegaras a creer, en nombre de Dios, que la bondad triunfará sobre la impiedad (lo cual, dicho sea de paso, deja fuera de juego a muchos de los que se autoproclaman cristianos solo porque dan por descontado que hay un Dios que nos ampara desde el más allá). Y es que la fe en Dios, contra lo que suele entenderse, brota de la crisis de la suposición religiosa, mejor dicho, de su hundimiento en medio del horror. Cualquier fe que no nazca de las cenizas del homo religiosus pertenece a un mundo que ya no es el nuestro. Auschwitz hace inviable —por no decir que convierte en ridículo— el que podamos creer que nos hallamos en presencia de Dios como los antiguos creyeron que el mundo estaba atravesado de poderes invisibles. En el infierno, no hay rastro de Dios.

Por eso, quien lleva sobre sí el llanto de los que sobran no puede seguir bajo la seducción de hipótesis personales. La fe apunta, antes que a los cielos, a lo que sucedió tras la cruz. De ahí la necesidad de contar. Y lo contado suena siempre más o menos como sigue: no hay Dios que nos saque las castañas del fuego; el Mesías cuelga de una cruz; pero he visto a quien, en medio del infierno, cuidó de su verdugo… como si hubiera regresado con vida de la muerte, conservando, sin embargo, la herida en su costado. Todo cuanto cristianamente cabe decir acerca de Dios —incluyendo aquello del uno y trino— es un intento de dar razón de este imposible. De ahí que cristianamente se proclame que el crucificado es el quién de Dios y no solo su representante, lo cual afecta también a Dios. Pues esto último equivale a decir que el Padre aún no es nadie —o mejor dicho, no es más, aunque tampoco menos, que su clamar por su quién— con anterioridad a la entrega del Hijo. Y llegados a este punto uno está tentado de pensar que la figura del Espíritu está, precisamente, para impedir que sigamos creyendo, como quien no quiere la cosa, en la presencia etérea de la divinidad. Pues no hay que olvidar que el Espíritu procede del encuentro histórico entre el Padre y el Hijo. Donde creemos que solo procede del Padre, fácilmente convertirmos al Espíritu en una especie de onda expansiva de un Dios sin cuerpo. Si podemos confesar que Dios está presente incluso donde no parece que pueda haber Dios es porque Dios se encarnó, esto es, porque Dios descendió a los infiernos como hombre —porque no hay otro quién para Dios que el de un crucificado en su nombre.

nuestras manos y las suyas

junio 8, 2021 § Deja un comentario

Suele decirse que Dios no tiene otras manos que las nuestras. De acuerdo. De lo que no se suele hablar es sobre la idea de Dios que hay detrás. Y no suele hablarse porque lo habitual es no terminar de saber de lo que estamos hablando. De ahí que muchos proclamen lo anterior como quien no quiere la cosa —lo cual no quita que lo hagan honestamente—… mientras siguen dirigiéndose a Dios como si tuviera unas manos dispuestas a intervenir ex machina (si es que ello entra en sus planes). Sin embargo, por poco que pensemos nos daremos cuenta de que estamos hablando de un Dios que no es nadie —porque no quiso serlo— sin la respuesta incondicional del hombre. Al fin y al cabo, ya quedó escrito en el Talmud: si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Otro asunto es que esto cueste de tragar para quien permanece sujeto a una concepción ex machina de lo divino. Aunque se vista con los oropeles de una fuerza cósmica y, por eso mismo, impersonal.

verdad e historia

mayo 31, 2021 § Deja un comentario

Decimos: los pobres nos juzgan. Esto es así. Pero, por lo común, no sentimos que sea así (y por eso mismo, tampoco lo creemos). Únicamente ante ellos podemos llegar a sentirlo —a comprender de qué estamos hablando. De ahí que el criterio de verificación de los enunciados cristianos no sean los hechos, sino la posición en la que nos hallamos: si erguida o arrodillada. En el fondo, tendríamos que leer los enunciados del credo como los sedimentos de una historia, escucharlos como si los recitase aquel que está de vuelta. O mejor dicho, aquellos que volvieron con vida del horror.

tres en uno

mayo 30, 2021 § Deja un comentario

El dogma de la Trinidad dice, en el fondo, algo muy simple: que si Dios es amor, Dios no puede ser solo Dios. El hombre, por tanto, no debe quedar fuera de Dios. Y esto desde un principio. Karl Rahner sostuvo que la trinidad económica es la inmanente (y viceversa). Traducción más o menos libre: la esencia del Dios trino es su realización en la historia, su darse como hombre. O por decirlo de otro modo, Dios es in fieri. Y esto es así porque Dios no quiere —y por eso mismo, no puede— ser sin el hombre. En esta voluntad se concentra la existencia del único Dios —y esto significa que Dios, al margen del hombre, es su clamar por el hombre. El Dios cristiano es un Dios que se arriesgó como Dios al ponerse en manos de los hombres para llegar a ser el que es. El hombre es lo otro de Dios —lo que, consecuentemente, lo pone en cuestión. Pero al igual que Dios —en realidad, el Padre— es la alteridad a la que el hombre se encuentra esencialmente expuesto. Me atrevería a decir que la dogmática trinitaria no dice más, aunque tampoco menos, que lo siguiente: Dios es la reconciliación entre Dios y el hombre o, siendo estrictos, entre el Padre y el Hijo, de tal modo que si esta no hubiera tenido lugar sobre un cadalso, ambos seguirían siendo aún nadie. El Padre, por sí mismo, aún no es Dios sin la respuesta incondicional del Hijo a su clamor. Como tampoco el Hijo hecho carne llega a ser divino sin su abandonarse en manos de un Padre que renunció desde el origen de los tiempos a su poder ex machina. El misterio de Dios no reside, por tanto, en la ininteligibilidad del tres en uno, sino en el carácter eternamente invisible del Padre, así como en lo escandaloso de su entrega, al menos para una sensibilidad tópicamente religiosa. En definitiva, el misterio tiene que ver con lo extraño —lo contranatural—de esta historia. De ahí que los cristianos confiesen que el Padre no tiene otro rostro que el del Hijo. Que estar ante el Padre es lo mismo que estar ante aquel que crucificaron en su nombre. Y esto es mucho confesar.

yo-yo

mayo 30, 2021 § Deja un comentario

Algunos dicen yo creo en Dios. Y por lo común, lo dicen dice como quien dice yo opino que hay Dios o yo siento a Dios en lo más íntimo. Ahora bien, acaso este sea el síntoma de que, hoy en día, esto del creer se ha puesto muy cuesta arriba. Hay aquí un exceso de yo como para que podamos hablar de fe. Pues la confesión creyente nunca fue, como tal, un parecer, sino una respuesta a un aparecer. En relación con la fe, lo primero no es el yo, sino la irrupción de Dios, aquella que nos saca del quicio de la autosatisfacción. Dios no cierra el círculo. Más bien, lo abre. No es posible creer donde Dios no se da por descontado —y por eso mismo, tiene que ser supuesto. En cualquier caso, se creerá que se cree.

Con todo, Dios en verdad nunca fue un dato de la experiencia, sino un Dios por venir —un Dios en adviento como dice Jüngel. Por eso, su irrupción no es la de un deus ex machina —no puede serlo—, sino la de aquellos que soportan sobre sus espaldas el peso de un Dios en retroceso, un retroceso que, no obstante, se dirige —o eso espera el creyente— hacia el fin de los tiempos. Su aparecer es el de un desparecido. Donde se da por descontado como la presencia invisible que sostiene el orden de lo visible, esto es, como quien está convencido de que, por el humo que observa, tiene que haber un fuego tras los muros, la experiencia de Dios es sustituible: el lugar de Dios puede ocuparlo cualquier otra cosa. Se trata de un dios demasiado mundano como para que pueda trascender el horizonte de lo factible. De ahí que la fe, a pesar de la cuesta arriba, siga siendo posible hoy en día como antes. Basta con partir de una ausencia irreparable, al menos desde nuestro lado. Aunque para ello uno tenga que hallarse en la situación de quienes, antes que pensarla, sufren dicha ausencia.

Pannenberg y el asunto de la resurrección

mayo 29, 2021 § Deja un comentario

En Consideraciones dogmáticas acerca de la resurrección de Jesús, un escrito de 1968, Wolfhart Pannenberg sostiene que el motivo teológico de la ascensión a los cielos del resucitado expresa a su manera la creencia de que Jesús, también como hombre, comparte el modo de ser de Dios. Ahora bien, esto implica que el significado de la resurrección depende de cómo comprendamos la realidad de Dios. En este punto, me atrevería a decir, se decide la novedad cristiana. Y aquí puede que no esté de más recordar que, en los inicios, la experiencia de Dios iba muy ligada a la irrupción del Reino. Por consiguiente, mientras no llegue el Reino, Dios, sencillamente, permanece oculto. Y esto es lo mismo que decir que Dios se da en adviento, como suele decir Eberhard Jüngel. Dios es el Dios que viene, el Dios por-venir —y quien dice porvenir dice por ver. En este sentido no es casual que los primeros cristianos entendieran la resurrección como la irrupción de Dios en la historia —de su Reino—, como el comienzo de una nueva creación. Es a partir de la resurrección que se llega a la fe en la encarnación (y no a la inversa). Para los testigos de la resurrección, Dios dejó de ser el Dios que está por venir o por ver. Pues se hizo presente en Jesús y como Jesús.

Sin embargo, el problema —al margen de que el hecho de la resurrección nos resulte, al menos hoy en día, difícil de admitir— es que cabe entender lo anterior de dos modos. El primero es el de Pannenberg, que es, por otro lado, el habitual: la esencia de Dios está determinada de antemano, y por eso mismo, su intervención tras el tercer día fue, necesariamente, ex machina. Aquí el resucitado participa de la vida de Dios como el que se conecta a —o queda transformado por— la fuente de la existencia. El segundo, díria, es el que nos permite comprender, cuando menos, el carácter disruptivo del cristianismo con respecto a la religión: el resucitado no es que comparta, como afirma Panneberg, el modo de ser de Dios, sino que es, precisamente, su modo de ser. En este sentido, la resurrección no solo tendría que ver con el hombre que fue Jesús —con la transfiguración de su cuerpo—, sino también con la realidad de Dios. Al fin y al cabo, todo depende de si la restauración del vínculo originario entre Dios y el hombre —el que se quebró con la caída— se entiende como una vuelta a casa, aunque sea por la iniciativa de Dios, o, por contra, como el hacerse presente de Dios en el centro de la historia. Hay que tomarse este hacerse presente en su sentido más literal, lo que supone aceptar, de entrada, que nada es que no se haga presente. Hablamos, por tanto, de un Dios que, tras la caída, tuvo pendiente su modo de ser —un Dios que tuvo en el aire, nunca mejor dicho, su identidad como Dios. La resurrección, por tanto, afecta a Dios, y no solo al hombre, porque la caída afectó no solo al hombre, sino también a Dios. Esto, diría, es lo que impide que el cristianismo sea asimilable a una religión entre otras. Pues el Dios del que hablamos no es aquel que ya está hecho, como quien dice, sino de quien no quiso ser sin el hombre —un Dios cuya voluntad fue la de reconocerse en el cuerpo del hombre y no solo la de estar junto al hombre. Evidentemente, este Dios no termina de homologarse a lo que entendemos espontáneamente por divino. Y es que aquí no hay fuente que sea independiente de la adhesión —la fe, el fiat— del hombre.

idolatría

mayo 28, 2021 § Deja un comentario

Quizá no hayamos entendido aún el alcance de la prohibición profética de hacerse una imagen de Dios (y ello al margen de que este malentendido sea inevitable). Pues por el nombre de Dios es el nombre de esa alteridad radical a la que nos hallamos expuestos en tanto que arrojados al mundo. Donde nos hacemos una imagen —aunque esta sea una imagen a favor como la de un dios bonachón— corremos el riesgo de reducir la alteridad de Dios, o lo que viene a ser lo mismo, de suprimir su radical extrañeza. En este sentido, un dios concebido a nuestra imagen y semejanza —un dios conveniente o, cuando menos, tratable— supone una inversión de nuestra sujeción a un pasado anterior a la historia. Y es que la extrañeza —la genuina trascendencia— no se da con respecto a un dominio que todavía no somos capaces de explicar, pero que en principio sería explicable, sino con respecto a una desaparición fundamental —a una pérdida irreparable—, a saber, la del Otro en cuanto tal. Cuanto quepa decir acerca de Dios —de su naturaleza— no es propiamente de Dios, sino en cualquier caso de lo debido a su ocultación o paso atrás. Por tanto, el que Dios sea misericordioso, pongamos por caso, no tiene que ver con lo que nos parece que es Dios, sino con el hecho de que seguimos con vida ante la amenaza que supone nuestra exposición a lo esencialmente extraño (y no solo a poderes sobrenaturales, los cuales son solo aparentemente divinos). En este sentido, la gracia no deja de ser una medida de gracia. Los dioses que poblaron el mundo fueron, en realidad, los suplentes de ese Dios —sus lugartenientes, en el sentido literal de la expresión. Así, con la presencia palpable de la divinidad pasamos de estar sujetos a una extrañeza irreductible a un estar enfrentados a poderes con los que negociar. En vez de una esencial invisibilidad, fuerzas invisibles. De ahí que podamos comprender la irrupción del monoteísmo como una recuperación de nuestra originaria exposición a lo imposible —a lo que no cabe asimilar como correlato de la subjetividad, en definitiva, como posibilidad. No hay nada que sea más real —nada más exterior— que lo imposible o inviable. Pues lo imposible es, precisamente, lo que no puede realizarse como presente. Donde olvidamos que Dios, en verdad, es inviable como dios, el monoteísmo, tarde o temprano, deriva en deísmo. Como si la diferencia entre monoteísmo y politeísmo fuese meramente cuantitativa.

fe y reflexión

mayo 27, 2021 § Deja un comentario

El pensar —la reflexión, el volver sobre lo dado u obvio— pone de los nervios a quien no piensa —al que permanece instalado en la creencia, en cuanto da por sentado. Y en cierto modo es normal. Pues donde irrumpe la reflexión, como decía Hegel, no vuelve a crecer la hierba —o al menos, la misma hierba. Sencillamente, dejamos de pisar tierra firme. Ahora bien, si es cierto que somos en gran medida nuestra inquietud —y en último término, nuestra inquietud por la verdad—, nadie puede renunciar a examinar su creencia sin renunciar a sí mismo —sin convertirse en una pieza más del engranaje.

El problema es que este examen no es inocente. Pues resulta inevitable partir de algún que otro postulado o, mejor dicho, de una posición. No es lo mismo, por ejemplo, preguntarse por la verdad donde presuponemos que se trata de corroborar por medio de la experiencia una determinada hipótesis que donde partimos de la idea de que la verdad es un tener lugar, antes que una conformidad entre los hechos y su representación. En el primer caso, la posición es la de espectador imparcial —y para un espectador imparcial nada acontece o tiene lugar, sino que simplemente pasa. No es casual que el escepticismo sea el destino de una reflexión llevada a cabo desde la grada. Para el dios —y un espectador imparcial no deja de ocupar el lugar de un dios— todo es irrelevante. En el segundo, sin embargo, cuanto acontece siempre se decide desde el lado de la alteridad, del extraño por defecto. Ahora bien, con respecto al extraño no cabe un saber, ni siquiera hipotético. Pues el extraño irrumpe, precisamente, como el que convierte cuanto damos por sentado en un trampantojo. Se trata, en definitiva, de un hallarse en manos de, al fin y al cabo, de un descentramiento —y por eso mismo, en esta posición solo cabe esperar, confiar, tener fe. Sin embargo, el riesgo de la esperanza es el de transformarse en una expectativa más o menos creíble, cuando lo cierto es que tan solo en relación con lo que el mundo no puede admitir como posibilidad —esto es, en relación con lo increíble— podemos mantener la lucidez de quien ha tocado fondo. Los pastores quizá se equivoquen cuando les ahorran a las ovejas los dolores de parto, sobre todo cuando ya han dejado atrás la infancia. De ahí que antes que testigos del más allá acaben siendo funcionarios, por no decir monitores de un kindergarten. Aunque, en realidad, esto tampoco debería sorprendernos. Pues la tensión entre el sacerdote y el profeta es tan vieja como la Escritura. Por no hablar de la que se da entre este último y el escriba, aquel que acaso sepa de lo que habla, aunque se trate de un saber paradójico, pero sin asumir ningún riesgo.

la fuerza de las palabras

mayo 27, 2021 § Deja un comentario

El peligro de las grandes palabras es que se bastan a sí mismas para provocar estados de ánimo. Así, por ejemplo, cuando se nos dijo vale la pena entregar la vida entera a Dios quizá lo de menos fuese Dios. Perfectamente, podríamos hallar cualquier otro motivo: la patria, una obsesión creadora, el océano, la amante… Para que Dios sea lo primero —y no la excusa—, Dios tiene que desaparecer del lenguaje. De hecho, ante Dios —ante su retroceso— nos quedamos sin palabras. Y no porque nos hallemos frente a lo numinoso, tan fascinante como terrible, sino porque no hay otra epifanía que la del abandonado de Dios. El niño-Dios viene en patera. Este es el verdadero exceso. De ahí que la entrega solo logre integrar una existencia donde no responde a nuestra necesidad de encontrar un centro de gravedad, sino al clamor de los sin Dios. O dicho de otro modo, donde en nombre de Dios, Dios no puede darse por descontado. En realidad, que la diferencia entre darlo todo por Dios —por los que ocupan su lugar— o casi todo sea infinita es algo que solo cabe proclamar a posteriori, habiendo regresado con vida de la muerte, como quien dice. Y me atrevería a añadir que no sin balbucear; esto es, no sin que las palabras queden abrazadas por un enorme silencio.

el más y el menos del Padre: un apunte trinitario

mayo 23, 2021 § 1 comentario

Como sostuvo Hegel, quizá tengamos que pensar la sustancia como sujeto y no como objeto (bueno, Hegel lo decía sin el quizá). Traducción libre: lo que para nosotros se muestra como la alteridad avant la lettre —como lo real en su carácter absolutamente otro— no puede ser un algo, sino un alguien (y por esta razón, lo absoluto lo es todo). Aquí hay que hilar fino. Cuando menos, porque no deberíamos entender lo que acabamos de decir como si hablásemos de alguien en concreto, aunque espectral. Hablamos de la voluntad que se halla inscrita, por decirlo así, en la lógica de lo real (Hegel diría en la del concepto). En el fondo, nos estamos refiriendo a la naturaleza paradójica o, mejor dicho, dialéctica de cuanto es. Desde nuestro lado, no hay nada real que, siendo otro, no se haga presente a una sensibilidad —y por eso mismo, relativamente. De ahí que el carácter otro de lo real solo pueda revelarse como lo absuelto de cualquier vínculo retrocediendo, en el momento de hacerse presente, a un pasado inmemorial. Ahora bien, esto es así desde nuestro lado, desde la óptica de quien ha sido arrojado a la existencia —Hegel diría desde el punto de vista de la conciencia desdichada. En cambio, si nos situamos del lado de lo originario, lo cual solo es posible partiendo del concepto, las cosas son un tanto distintas. Y es que tan solo puede haber un haber donde lo uno-originario se diferencia internamente en su opuesto —o dicho a la hegeliana, donde lo en sí deviene un para sí. No en vano Hegel insistió en la necesidad, como decíamos al comienzo, de pensar la sustancia como sujeto, lo cual equivale a decir como un devenir conciencia. Ahora bien, este devenir únicamente es posible donde la afirmación de sí, la cual se logra a través de la identificación con lo que es puesto fuera de sí, conserva en su seno la negación de sí que implica el proceso de diferenciación.

Como escribió Rimbaud, je est un autre (y aquí no estaría de más evitar la típica lectura sentimental: como si Rimbaud dijera lo que no dice, a saber, que nadie puede vivir sin sus semejantes). Que el yo sea un otro para sí mismo significa que el para sí de la subjetividad se da con respecto a la extrañeza que representa el cuerpo con el que se identifica. O dicho a la inversa, que el yo siempre difiere del cuerpo que reconoce como suyo. Sin este continuo diferir de sí no habría propiamente identidad. Es cierto que el yo no es nadie sin su cuerpo —no se trata, por tanto, de un alma para la que el cuerpo es una prisión. Pero un cuerpo por sí solo no existe. En cualquier caso, está ahí. Los chimpancés no tienen cuerpo. Pues al no ser para sí mismos, nunca se encuentran más allá de la corporalidad. Tan solo existe lo que se encuentra escindido. En el fondo, Hegel —que no Rimbaud— habla de Dios, mejor dicho, del Dios cristiano. Pues se trata del Dios que no quiso ser sin el hombre —un hombre que fue creado a imagen y semejanza. Como si Dios no quisiera —y por eso mismo, no pudiera– ser el que es sin reconocerse en su criatura.

En este sentido, no es casual que Hans Küng viera en Hegel a un teólogo enmascarado —o en particular, al pensador que expresó en clave puramente lógico conceptual el galimatías trinitario. Al fin y al cabo, el dogma de la trinidad traduce a su manera la idea de que no es posible diferenciar la realidad de Dios de la historia de Dios. Pues aquí no decimos que Dios intervenga ex machina en la historia, sino que Dios es su historia, una historia que no terminó de ser suya hasta la respuesta incondicional de aquel que murió abandonándose al Padre donde no parecía que hubiese ningún Padre. Es por eso que, cristianamente, la cruz es el lugar de la reconciliación entre Dios y el hombre, una reconciliación por la que tanto el hombre como Dios llegan a ser, en el centro de la historia, quienes fueron in illo tempore. En este sentido, el Padre es más que el rostro del Hijo con el que se identifica. Pero, en sí mismo, es menos: estrictamente, no es aún nadie (aunque al igual que el hombre ignora lo que quiere mientras no sepa quién es su Padre —mientras no le sea fiel). Sin duda, estamos lejos de lo que defiende la típica sensibilidad religiosa. Y es que, según esta, Dios no se ofrece in fieri, sino que, en vez de descender a los barros de la historia para llegar a ser el que es, permanece inalterable en su sitio, por decirlo así.

Otro asunto es que la cristiandad haya oscilado entre la religiosidad y su superación. Cuando menos, porque lo habitual en muchos cristianos ha sido —y sigue siendo— un dirigirse al Padre… como si su paternidad fuese independiente de su haberse identificado de una vez por todas con aquel que fue crucificado en su nombre. Esto es, como si Dios no tuviese cuerpo —como si no hubiese habido Encarnación. Pero como decíamos, este es otro asunto.

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