saber de lo que hablamos

mayo 2, 2026 § Deja un comentario

Una cosa es formar parte de la comunidad creyente y otra, saber en qué se cree. De hecho, este es un efecto colateral del triunfo de la cristiandad. O, ampliando el trazo, de nuestra condición humana, demasiado humana. Pues, por lo común, nunca terminamos de saber de lo que estamos hablando, sobre todo, cuando nos llenamos la boca con grandes palabras. En cualquier caso, no está de más preguntarse en qué creemos cuando creemos creer. Quizá ande en juego una cierta integridad.

Por ejemplo, en el credo se nos dice que Jesús de Nazaret fue Dios verdadero y hombre verdadero. Ciertamente, la fórmula nace de la polémica entre la iglesia que salió ganando y los docetas, por un lado, y los seguidores de Arrio, por otro. Los primeros defendían, como sabemos, que Jesús fue Dios, pero no hombre. Los segundos, en cambio, que Jesús fue un hombre, pero no Dios, aun cuando fuese exaltado, tras su muerte, a la altura de Dios. Con la fórmula del credo, se buscó una salida por la puerta de atrás: ni una cosa, ni otra.

Es cierto que este compromiso no fue, simplemente, un esquivar la cuestión de fondo —que también, y por razones, sobre todo, políticas. Pues paralelamente hubo un interés, al menos por parte de algunos padres conciliares, por aclarar la revelación. Esto es, por mantenerse fieles a lo que implicaba con respecto a la naturaleza de Dios el sacrificio del Gólgota. Y lo que implicaba, ciertamente, no fue un Dios que, permaneciendo en las alturas, intervenía en los asuntos humanos a su modo, a menudo un tanto desconcertante. De hecho, confesar que el de Nazaret es Dios verdadero, siendo un mortal, significa que Dios no es aún Dios sin ese mortal… lo que, obviamente, no dejan las cosas de Dios como estaban. Otro asunto es que la cristiandad haya seguido dando por sentado que Dios es alguien etsi homo non daretur —y por eso mismo, tolerando de facto las herejías que inicialmente condenó.

resistencia y fidelidad

mayo 1, 2026 § Deja un comentario

La Torá como testimonio de la resistencia a Dios, a su silencio mortal —y, por eso mismo, de la obediencia a Dios. Pues la resistencia —el aguante, la obstinación creyente— es debida a Dios, a su intratable trascendencia.

Ahora bien, por lo dicho, no hay un quién ante el que forcejear. Jakob peleó contra el espectro de Dios en Peniel —y un espectro clama por un cuerpo, por ser alguien. ¿El resultado? Ir hacia Esaú para invocarle su perdón. Pues solo ante el Dios que se manifiesta como vacío de Dios se nos revela nuestra condición de hermanos. El resto es esperar. Pues incluso la verdad de Dios está en manos de Dios.

trileros

abril 26, 2026 § Deja un comentario

Cuando decimos Dios es un Dios hecho carne lo que no podemos hacer es jugar con dos barajas, esto es, haciendo trampas. Y jugamos haciendo trampas donde el DIos ya hecho sigue entrando por la puerta de atrás. Cristianamente, que Dios no sea aún nadie sin su cuerpo significa que Dios quiso, y desde un principio, depender del hombre que depende de DIos. En definitiva, que Dios es este querer —esta voluntad, este amor. Presuponer que Dios sigue estando ahí arriba al margen de la carne, como lo supone la religión —esto es, dar por sentado que Dios es con independencia de su incorporación— es no haber entendido nada de la proclamación cristiana. Aun cuando a ello ha contribuido, sin duda, el éxito histórico del cristianismo,

Dios más allá de Dios

abril 20, 2026 § Deja un comentario

¿Acaso el creyente común no espera a Dios más allá del Mesías? Pero, de Dios, no tendremos más que el Mesías, dice el cristianismo, aunque tampoco menos. De ahí la confesión cristiana: Dios es el crucificado (y el crucificado es Dios). Traducción: Dios es —se realiza, se hace presente como— el cuerpo que fue crucificado en nombre de Dios, en su lugar. Y esto, obviamente, no deja las cosas de Dios como estaban. Pues nada es real que no se realice. La cristiandad, de hecho, triunfó pasando de puntillas sobre la revelación. Y de ahí que muchos cristianos sigan buscando a Dios más allá de Dios. Como si Dios aún permaneciese oculto tras el velo de las apariencias.

apocatástasis

abril 17, 2026 § Deja un comentario

¿Cómo se imaginó Orígenes el cielo? Pues como si los verdugos y sus víctimas, ya reconciliados por el acto salvífico de Dios, bailaran Got to Give it up de Marvin Gaye… sin parar. Es un decir. ¿Qué no llegó a imaginar? Que, incluso, la dicha cansa. El baile, tarde o temprano, debe detenerse. ¿Y, entonces, qué sigue? ¿El ennui? Y aquí algunos dirán: pero la eternidad nunca fue un tiempo indefinido. De acuerdo. Pero, en ese caso, ¿qué conciencia de sí podría sobrevivir al instante?

No obstante, las paradójas a las que conduce la reflexión no le restan peso a la esperanza creyente. Pues esta, en realidad, nunca fue una expectativa, sino un imperativo: al final, debe haber reconciliación en nombre de. Y quien dice imperativo, dice invocación. ¿Cómo sucederá? Ni idea… salvo la delirante. En verdad, Dios siempre tuvo que ver con lo imposible —con lo que los mundos no pueden admitir como su posibilidad. Y quien lo ignora, sigue hablando de sí mismo cuando se llena la boca con las cosas de Dios.

nietzscheanas 72

abril 14, 2026 § Deja un comentario

Podríamos aún, siguiendo a Nietzsche, dar un paso al frente. Podríamos, por ejemplo, decir —y decirlo porque es así— que Dios no tiene cabida en el mundo porque, precisamente, hay Dios. Y hay Dios porque hay quienes surgieron a imagen y semejanza de Dios, los arrancados de Dios. Así, porque los arrancados no terminan de hallar su lugar en el mundo —porque, en definitiva, difieren de sí mismos, de su identificación—, nunca podrán admitir el todo como unno hay más. Cualquier non plus ultra supone —y lo supone lógicamente— un más allá. Debe haberlo. Otro asunto es que lo haya… como pueden haber otros mundos. Pues, en realidad, no puede haberlo. De hecho, el genuino más allá es algo así como el horizonte asintótico de los mundos.

Por consiguiente, de topar con el Dios —de habitar sus cielos—, no podríamos evitar preguntarnos ¿y eso es todo? El todo nunca puede presentarse como el todo para quien nunca terminará de hallarse a sí mismo donde simplemente se deja llevar por la inercia de los días. De tener a Dios enfrente aún sentiríamos la inquietud por el último Dios.

De ahí que Dios en verdad siempre se encuentre más allá de Dios. No casualmente Israel concibió a Dios como promesa de Dios. Dios es, sencillamente, imposible. La imposibilidad de Dios es, sencillamente, lo más real —lo inalterable de la existencia, lo más duro. No hay Dios porque, precisamente, lo hay. Traducción: el haber de Dios no es el del ente, ni siquiera supremo. Un ente supremo todavía tendría por encima la nada de Dios, su eterno por-venir. Al fin y al cabo, que el hombre fuese creado a imagen y semejanza significa que su búsqueda de Dios corre paralelamente a la búsqueda de Dios de un cuerpo con el que llegar a ser alguien. En ambos, la misma insatisfacción ontológica. La Encarnación nos cogió, sin duda, con el pie cambiado. Mientras el hombre sigue mirando hacia arriba persiguiendo un más allá, Dios se negó a sí mismo para realizarse en el más acá —y realizarse como abandonado de Dios que se abandona a Dios. Probablemente, a Nietzsche se le escapó esta sutil dialéctica. O si no, ciertamente, prefirió no ir por ahí.

de los pobres

abril 13, 2026 § Deja un comentario

¿Qué significa que la Biblia insista en que Dios es, en realidad, el Dios de los pobres, los excluidos, los que no cuentan? Por lo común, nos imaginamos a un abuelo espectral encariñado de los más débiles. Esto es, un dios a favor. Es como decir que el abuelo estuvo de parte del crucificado en el Gólgota: casi parece una broma de mal gusto. Los pobres son quienes no parece que tengan a Dios de su parte.

Ahora bien, la lectura es otra donde tenemos en cuenta que la preferencia divina es el envés del hecho de que, bíblicamente, sólo los abandonados de Dios dan testimonio de la verdad de Dios. Esto es, de su infranqueable altura. Y quizá por eso mismo su fe sea un permanecer a la espera De Dios. Es decir, una esperanza.

vasos comunicantes

abril 12, 2026 § Deja un comentario

La convicción de que solo YWHW es Dios en verdad —esto es, realmente Dios— no debe entenderse en el marco de la polémica, típica del politeísmo, acerca de qué dios la tiene más grande. Pues la confesión mosaica supuso en su momento una ruptura epistemológica con respecto a lo que se experimenta espontáneamente como divino. De hecho, el supuesto implícito del paganismo, el cual siempre retuvo su origen campesino, es que hay vasos comunicantes entre el mundo que habitamos y la dimensión desconocida. No es así en el caso de YWHW, el cual, y no en vano, fue experimentado como el Altísimo. Esto es, como el inexperimentable. De ahí que, para Israel, la experiencia de Dios nunca fuese de Dios —no enconraremos éxtasis místicos en la Biblia—, sino de lo debido a Dios, a su extrema altura. A saber, la Ley y la Gracia.

Por eso mismo, Israel ama la Torá por encima de Dios. Y ello, en nombre, precisamente, de Dios.

comprender la resurrección

abril 5, 2026 § Deja un comentario

Es posible que aún estemos lejos de comprender el alcance del anuncio cristiano mientras sigamos entendiendo la resurrección como el resultado de la intervención ex machina de Dios, aun cuando probablemente fuese así como la entendieron los primeros cristianos. Y es que si el cristianismo proclama que Dios es Jesús —al crucificado como Hijo de Dios— y no solo que Jesús es divino, entonces la resurrección, como la caída, afecta tanto a Dios como al hombre de Dios que fue Jesús de Nazaret. Es decir, con la resurección el crucificado se revela como el quien de Dios y no simplemente como su heraldo —y aquí hay que tener en cuenta que sin su quien, Dios no es nadie.

Ahora bien, y como supo ver el cuarto evangelista, la resurrección no fue un final feliz que se añadiese al acontecimiento del Gólgota. Pues, según Juan, Jesús fue crucificado con la vida de Dios (y Dios no puede morir). Las apariciones no hicieron más que confirmar sensiblemente la revelación que tuvo lugar en el Gólgota. Y quizá fuese por esto que Bultmann dijo aquello de que Jesús resucita en el kerigma.

y fue levantado

abril 4, 2026 § Deja un comentario

La expectativa de los primeros cristianos que creyeron en la resurrección —hubieron otros: lo que entendieron las apariciones como el reflejo de una exaltación— fue que el resucitado volviese en breve para juzgar a vivos y a muertos en nombre de Dios. Sin embargo, esta esperanza no se cumplió. El relato de la ascensión quizá fuese, además, un modo de dar a entender que dicho regreso no sería, como quien dice, de un día para otro. Ahora bien, lo que esto significa es que el maranatha con el que se expresó inicialmente la expectativa creyente paso de ser una ilusión a, de nuevo, un clamor. De ahí que quienes, en la noche de Pascua, salen por las calles proclamando, y con forzado entusiasmo, que Jesús ha resucitado nos parezcan, precisamente, unos entusiastas.Como si el resucitado no conservase en su cuerpo las marcas de la cruz.

¡crucifícalo!

abril 3, 2026 § Deja un comentario

A Jesús de Nazaret no le crucificaron por ser un paradigma de la bondad. Obvio. O debería serlo. Probablemente, el desencadenante fuese el ataque al Templo. La lectura naive habitual acentúa que los comerciantes habían convertido el Templo en una cueva de ladrones. Y en buena parte es así. Pero hay que entenderlo bien. Pues, Jesús y los suyos tuvieron que ser muy conscientes de que, sin comerciantes que facilitasen lo necesario, no era posible llevar a cabo las, en principio legítimas, actividades del Templo. Así, no hay que imaginar el Templo como una casa de oración ahogada por el merchandising. Como si fuera la Lourdes de hoy en día. O como si Jesús creyese que el culto del Templo era prescindible frente a una fe meramente interior. El Templo, como es sabido, estaba a cargo de los saduceos, los cuales habían terminado haciendo buenas migas con los romanos. Y estos no es que fuesen, precisamente, almas caritativas. Es como si los judíos pudientes que hubiesen sobrevivido a la Shoa, y para poder seguir con sus reuniones en la sinagoga , hubieran congeniado con un Tercer Reich que se hubiese alzado con la victoria. Evidentemente, cualquier superviviente que no perteneciese a la esfera dominante hubiese sentido, incluso desde el exilio, que esas reuniones eran una afrenta a Dios.

El cultivo de un cristianismo narcisista, centrado en la intimidad, donde tantos siguen viviendo y muriendo como perros, ¿acaso no constituye, también, un ultraje? Y aquí, probablemente, se nos diga que el cultivo de la interioridad lleva a la caridad. De acuerdo. Pero una caridad que no corte las amarras con el hogar —una que preserve su quicio— ¿puede aún considerarse cristiana? ¿O es que Jesús no fue un duro? Aun cuando se le removiesen las entrañas. O por eso mismo.

nietzscheanas 70

marzo 29, 2026 § Deja un comentario

¿Olvidarnos de Dios? ¿Es posible? No, a menos que aceptásemos retorceder al estado de las bestias: comer, distraernos, dormir, reproducirnos y morir. Esto es, sin inquietud —sin preguntas. Nietzsche no se olvidó de Dios. Simplemente, propuso pasar de largo. En su lugar, ponerse a bailar, dando igual si es sobre un campo de amapolas o sobre la pira de los gaseados. No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio. Y una sensación de la que deberíamos liberarnos. Pero ¿en nombre de qué este nuevo deber? De la verdad —por eso, Nietzsche sigue siendo un filósofo, aun cuando filosofe a matillazos. Y la verdad es que no habrá redención. Pero tampoco condena. Al cosmos les es indiferente que haya creyentes. De hecho, no hay luz sin sombra —bien sin mal. Esta es la única eternidad.

Ahora bien, ¿desde dónde se sostiene lo anterior? ¿Desde la atalaya del espectador imparcial? ¿Acaso no es esta la visión del entomólogo, cuando contempla sin juzgar el despiece de las hormigas negras por parte de las rojas? C’est la vie, dice. La cuestión es, por tanto, si lo que hay se decide o no desde dicha atalaya. Nietzsche, obviamente, lo da por descontado. Como casi cualquier pensador a partir de Descartes.

Sin embargo, uno podría preguntarse si es posible una genuina experiencia de lo real que haga abstracción de la amenaza —o, cuando menos, la sacudida— que supone el carácter otro de, precisamente, lo real. Para Nietzsche no habría nada en verdad otro. Simplemente, su simulación, en definitiva, tan solo lo que aún ignoramos —y quizá seguiremos ignorando—. Pero bastaría que nos acostumbrásemos al descubrimiento para que el acontecimiento sorprendente pasara a convertirse en un déjà vu. El silencio de los espacios infinitos de Pascal sería la única respuesta a la pregunta por el sentido de cuanto es. Pascal, no obstante, creyó que ese silencio exigía otra respuesta. Nadie se la dio. Y quizá comprendiéramos la profundidad de esto último —una profunidad que se le escapó a Nietzcshe— si, cuando menos, vislumbrásemos que nadie es el nadie. Pero este sería otro asunto.

Con todo, podemos añadir un último sin embargo, a saber, si acaso la alteridad avant la lettre no podría revelarse, de hecho, como la indiferencia del dios. Y algo de esto intuyó el antiguo Israel cuando estuvo convencido de que lo decisivo , con respecto a Dios, no es el saber, sino la respuesta a su extrema trascendencia, en definitiva, la Ley. Como si, al fin y al cabo, la experiencia de la trascendencia divina fuera de la mano de un enfrentarse a Dios con el mandato que obliga a la fraternidad entre los huérfanos de Dios. La obediencia creyente —su fidelidad o sumisión— es el otro lado de una resistencia a la distancia sin medida que nos separa de Dios. ¿O acaso no fuimos expulsados del Edén? Puede que este sentido más profundo de la Ley como debida a Dios. Y aquí también tengo en cuenta que la lejanía de Dios encuentra su envés en un asumir la vida como don —como medida de gracia.

¿una interpretación auténtica de la figura de Jesús? (y 2)

marzo 28, 2026 § Deja un comentario

¿Quién fue Jesús de Nazaret? Hubo quienes vieron en él a un taumaturgo, un profeta, un maestro itinerante… y nada más. Otros, más atrevidos, al Hijo de Dios, al Mesías, al Señor. Más tarde, a Dios mismo hecho hombre. Así se pasó, progresivamente, del menos al más. Modernamente, este paso se entiende como invención. Y se entiende así porque ya no sabemos qué hacer con Dios. Dado que no hay cielos, ni por consiguiente Dios, la confesión creyente es, inevitablemente, un constructo, una proyección, un delirio. Sin embargo, en su momento, la divinización de Jesús fue una revelación, y por extensión, un caer en la cuenta. Y, precisamente, porque Dios era un dato de la experiencia. También lo fueron los espíritus de los bosques. O el maligno.

Ahora bien, el reconocimiento del crucificado como Dios entre los hombres admite dos versiones. La primera es la habitual, la que podríamos denominar típicamente religiosa. En esta, la naturaleza —la esencia, el modo de ser—de Dios se distingue de la humana. A su vez, esta versión se desdobla en dos variantes, las cuales fueron, sorprendentemente, rechazadas por los primeros concilios ecuménicos, a saber, la doceta y la arriana. En el primer caso, Jesús fue Dios con aspecto humano —un dios paseándose por la tierra, según la afortunada expresión de Ernst Käsemann. En el segundo, un hombre que, tras su muerte, fue exaltado a la altura de la divinidad a la manera de los héroes griegos. La segunda versión, en cambio, supone una desarticulación de la primera. Pues el envés de la confesión de Jesús como Dios es la revelación de Dios como Jesús. Es decir: Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero porque la esencia de Dios, su modo de ser, es indisociable del hombre de Dios que fue Jesús de Nazaret. Esto es, indisociable de la carne. Así, no es que Jesús ejemplificase, si se quiere a la perfección, la esencia de Dios, sino que fue la esencia de Dios, su realización, su quién (y aquí hay que tener en mente que nada es real que no se realice). Y, obviamente, esto no deja las cosas de Dios como estaban. Hasta el punto de que una de las raíces del ateísmo moderno es, precisamente, el anuncio cristiano. Y, precisamente, porque, salvo en algunas canchas teológicas, no se comprendió hasta el final. En este sentido, podríamos decir que el ateísmo moderno es un hijo bastardo del cristianismo.

Ciertamente, el cristianismo ha sobrevivido históricamente como religión cristiana —como cristiandad— y, por eso mismo, tolerando pastoralmente el docetismo y el arrianismo que inicialmente condenó. Pero este es otro asunto.

¿una interpretación auténtica de la figura de Jesús?

marzo 27, 2026 § Deja un comentario

Apelar a las lecturas más primitivas de la figura de Jesús —por ejemplo, la que se encuentra en el denominado documento Q— como lecturas más auténticas, en detrimento de las más sofisticadas de, por ejemplo, Pablo, por no hablar las que llevaron a cabo los concilios ecuménicos, como si estas fueran, al fin y al cabo, una construcción es como decir que las lecturas más espontáneas que se hicieron en los tiempos de Cervantes de El Quijote —las de quienes lo leyeron como sátira— son más auténticas que la de Nabokov. ¿Acaso no es posible que, por ejemplo, los ebionitas, y a diferencia de Pablo, al quedarse con el maestro y nada más, vieran antes los árboles que el bosque?

Ciertamente, la objeción de que con el tiempo se mitificó la figura de Jesús hasta divinizarlo es pertinente. Y compraría esta objeción… si no fuera porque con la mitificación del crucificado —la proclamación de Jesús como el Señor— va la desmitificación de Dios, la revelación de que Dios es un crucificado en su nombre. Es verdad que la cristiandad, a lo largo de su historia, no ha tenido muy en cuenta esto último. Pero este sería otro asunto.

última lección del libro de Job

marzo 24, 2026 § Deja un comentario

El acceso al sentido, si lo hubiera, nos está vedado. Dios no nos responde a la pregunta por el último porqué. Es así. Y esta fue la convicción de Israel. Con respecto a Dios, no sabemos nada, salvo que su trascendencia no puede entenderse como la de un ente superior o, si se prefiere, supremo. Y, por eso mismo —porque anda rozando la nada—, nuestra posición con respecto a Dios es la de quienes se situán ante lo debido a Dios, a su extremo más allá: el mundo como dado —la Creación— y el mandato que nos obliga a la fraternidad. Estar ante Dios, supone, por tanto, agradecer y obedecer. Y luego, ya se verá… aunque el creyente espera que los justos no serán dejados de la mano. La resurrección no cambia las cosas… en tanto que se trata, precisamente, de un imposible. Podríamos decir que las acentúa.

redemption

marzo 23, 2026 § Deja un comentario

Para sentir en carne viva la fuerza de la redención hay que partir de la deseperanza de los que han sido aplastados por el mundo. Tan solo el prisionero sabe lo que significa la liberación —y más si esta se mostró como improbable, por no decir, imposible. La redención no es el resultado de hacer bien las cosas. Y es que el dato inicial es, precisamente, que no podemos hacerlas bien. Es lo de la culpa original. Así, donde el mundo nos sigue pareciendo lo normal —lo que simplemente sucede—; donde no experimentamos nuestro estar en el mundo como quien se encuentra en medio de un combate de dimensiones cósmicas, como quien dice, entre la luz y la oscuridad, será difícil que podamos, cuando menos, comprender cuál es el alcance del anuncio cristiano. Pues está lejos de presentarse como una variante de los manuales de autoayuda.

comencemos por ahí

marzo 21, 2026 § Deja un comentario

Este es el punto de partida de la Revelación: no hay Dios. Pues Dios es su Testamento.

(PS: Luego vendrá el matiz del teólogo parroquial: “la Revelación no revela que no haya Dios, sino un Dios que nunca nos llegamos a imaginar.” De acuerdo. Pero ¿cómo es que continúa predicando como si Dios siguiera siendo, precisamente, el que imaginamos y, por eso mismo, podemos religiosamente soportar? ¿Acaso el Dios inconcebible no es el que colgó de un madero como un apestado de Dios?)

la versión teológica de la dialéctica entre el amo y el esclavo

marzo 20, 2026 § 4 comentarios

Porque el hombre dependió de Dios, el mismo Dios terminó dependiendo del hombre. Al fin y al cabo, es lo que sostiene el cristianismo al confesar que no hay otro Dios que el encarnado —y confesarlo ante el crucificado. O, yendo un poco más allá: que el verdadero Dips es el que quiso, y desde el princpio, depender del hombre que depende de Dios. Otro asunto es qué implica la confesión cristiana con lo que naturalmente se entiende por divino. Pues es obvio que el cristianismo supuso —y sigue suponiendo— una discontinuidad.

fumando espero

marzo 16, 2026 § Deja un comentario

El creyente permanece a la espera de Dios. Y esto significa que su fe —su confianza— no se resuelve como un saber. ¿Habrá, finalmente, Dios? Y aquí doy por sentado, que esta esperanza va con el mazo dando, el de las obras y el de la gracia.

Luego irrumpe la reflexión, planteando la cuestión de si, en el caso de topar con Dios, sea post mortem o en vida, podríamos aceptarlo como Dios. Esto es, si donde Dios dejara de ser el misterio que abraza cuanto es —si se manifestara como ente superior o, si se prefiere supremo— cabría aún admitirlo, precisamente, como Dios. Pero, de no ser así, qué poder redimirá a quienes necesitan redención.

Cristianamente, este poder va unido al del Mesías. De ahí que, para un cristiano, la espera de Dios sea indisociable del maranatha. Sin embargo, de qué poder hablamos si no puede en verdad concebirse como ex machina. ¿Acaso del poder que se halla inscrito en la misma realidad de Dios, aquella que se realiza históricamente, esto es, in fieri?

dos modos de presencia

marzo 15, 2026 § Deja un comentario

Decir que hay Dios es referirse a la presencia de lo que no cabe ver. Y no porque Dios sea una hipótesis explicativa, como quien sabe que hay fuego tras el muro por el humo que provoca, sino porque el creyente siente su presencia. Sin embargo, esta sentimiento puede sobrevenir de dos modos. El primero es el tópicamente religioso, el que la Ilustración tachó de superstición. Así, religiosamente, se siente la presencia de Dios como puede sentirse la presencia de espíritus en un bosque —y más si, de repente, se hubiera hecho el silencio. El problema es que, hoy en día, este tipo de presencia ya no se da por descontado. Y, por eso, uno tiene que sentirla por su cuenta y riesgo… lo que afecta, sin duda, a la relación entre experiencia y verdad.

El segundo modo es el que inauguró Israel. Pues siendo Yavhé el Altísimo, su presencia era, más bien, la de su ausencia o porvenir. No en vano Dios se reveló como su promesa, esto es, como la promesa de Dios. De hecho, que la creencia en presencias invisibles que ejercían un poder particular a nuestro alrededor fuese denunciada como idolatría fue antes un audacia profética que ilustrada. El monoteísmo no es, simplemente, una cuestión de cantidad, sino que atañe a lo que se siente como divino. De ahí que la fe no termine de hacer buenas migas con la religión natural.

teísmo y nihilismo

marzo 13, 2026 § Deja un comentario

La superación ilustrada del teísmo conduce, subrepticiamente, al nihilismo. Pues un Dios que se revela como un eso, algo así como una variante del arjé, no ofrece una respuesta a la pregunta por la vida que pueden esperar aquellos a los que se les arrancó la vida antes de tiempo y sin piedad. ¿Una disolución en las aguas del océano? ¿Una eternidad espectral sin padre? Otro asunto es que el teísmo no sepa qué decir ante la sospecha de que la idea de un Dios-padre tiene que ver con nuestra necesidad de amparo que con la verdad de Dios. Y quizá no sabe qué responder porque aún está un tanto lejos de comprender qué supuso con respecto a Dios proclamar que no hay Padre sin Hijo. O, por decirlo de otro modo, que el crucificado fue verdadero hombre y verdadero Dios.

jesucentrismo

marzo 12, 2026 § Deja un comentario

El centro de gravedad del cristianismo es Jesús de Nazaret y no Dios. O mejor dicho, es Dios en tanto que Jesús ocupa su lugar, como quien dice. Pues es Jesús el que soporta la extrema trascendencia de Dios —aquella que anda rozando la nada— y, por eso mismo, Jesús es la respuesta de Dios al clamor de los sin Dios. Como Moisés lo fue en su momento. De ahí que la respuesta sea, en cualquier caso, la Ley. En Jesús, sin embargo, la Ley ya no será el medio para hacerse dignos de la misericorida divina, sino la respuesta a un perdón ofrecido de antemano, el que divide los tiempos en un antes y un después. Ahora bien, y a diferencia de Moisés, la respuesta que Jesús encarna —en definitiva, el perdón de Dios— se dio en el Calvario. Pues es bajo el insoportable silencio de Dios que invocó el perdón de Dios. Y porque, al invocarlo, lo encarna, sus verdugos fueron perdonados.

Otro asunto es qué hicieron con ese perdón.

sexo y vocación religiosa

marzo 8, 2026 § Deja un comentario

Que el sexo fuese, católicamente, pecaminoso halla su explicación más elemental en la vida del monje, el eremita, el dedicado a la causa. Y es que la vocación genuina no es tanto un me gustan las cosas de Dios —aunque algo tienen que gustarte— como un sentirse llamado a participar del combate entre Dios y el demonio. Y al soldado, todo lo que le aparte de las trincheras es tentación, obra del enemigo. Es decir, demoníaco.

Sin embargo, hoy en día, las vocaciones difícilmente se sostienen sobre el espíritu soldadesco. Más bien, y en general, sobre una fuerte inclinación a hacer el bien en nombre de Dios —y, de paso, autorrealizarse. ¿El resultado? La deserción. Y uno puede desertar sin abandonar la disciplina de la vida religiosa. Basta con convertirla en oficio. Así, la lucha interior ha pasado a entenderse como una lucha contra uno mismo y no contra el demonio. Y es más “fácil” resistirse al demonio que habita en ti que a una pulsión natural —y por extensión, saludable. Con todo, tampoco cabe volver atrás. Pues nadie elige lo que se le muestra como hecho. O, por decirlo de otro modo, el mundo al que pertenece.

tipologías creyentes

marzo 5, 2026 § Deja un comentario

Hay quienes sienten que Dios les llama. Y todo se les muestra desde esta perspectiva. Quiero decir que no salen de ella. Ni a golpe de Holocausto. Hay quienes sienten la presencia de Dios. Y, sin embargo, se preguntan si ese sentimiento acaso solo tendrá que ver con su necesidad de un amparo sobrenatural. Antiguamente, no se lo hubiesen preguntado. La pregunta, de haberla, era si acaso Dios no les habría abandonado. Al fin y al cabo, el asunto Dios, de entrada, tiene que ver con lo que la época nos permite dar por sentado. Sin embargo, el Dios que se nos ofrece de entrada —incluso si esta entrada corre por nuestra cuenta y riesgo— siempre fue un Dios en falso. Y es que la fe, a diferencia de la mera creencia, da su primer paso con la experiencia de la orfandad. Y donde esta se impone, la respuesta no revelará la orfandad como transitoria. Aunque tampoco como definitiva. Más bien, como un mientras tanto.

del fariseo y el publicano, una vez más

marzo 3, 2026 § Deja un comentario

¿Es posible que el fariseo leyera Lc 18, 9-14 y no se reconociese? Quizá lo podríamos dar por descontado. Pues la hipocresía farisaica encuentra su base en una creencia sincera. La buena gente —y los fariseos, conviene recordarlo, fueron buena gente— ¿acaso no se siente satisfecha de pertenecer a su mundo? En ese mundo, todo cuadra. Sin embargo, no hubo ningún mundo para el cobrador de impuestos. ¿Ese hijo de puta arrepentido estuvo más cerca de Dios? ¿Va en serio? Es como si, hoy en día, el enviado nos dijera que el SS que, sepultado por el espíritu de sus víctimas, clamaba por Dios se hallaba justamente ante Dios —y no los fieles que cantan el agermanats como si el pasar de largo no fuera con ellos. ¿Aún no hemos comprendido que la fe es el paso al frente de los desencajados, de los que ni siquiera pueden sentir un Dios de su parte? ¿Acaso las celebraciones cristianas no comienzan con la confesión de la propia indignidad? ¿O es que esta confesión no significa que la legitimidad de dichas celebraciones depende de que nos identifiquemos, precisamente, con los desencajados?

el final de la esperanza

marzo 1, 2026 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, la esperanza del creyente es muy elemental —muy a flor de piel: que alguien nos saque de esta prisión. O, frente a la muerte: seguir con vida unos días más —y se sobrentiende que saludable. Aquí no caben — literalmente: no encuentran su sitio— las acrobacias de la reflexión. Tampoco las invalida, sin embargo. Podríamos decir que la esperanza más corpórea es algo así como un chutar el balón hacia delante. ¿La portería? Ya se verá.

Sin embargo, ¿que diríamos si pudiéramos liberarnos de la prisión o seguir con vida simplemente porque sí —porque, simplemente, sucedió? Probablemente, no era eso lo que esperábamos. O no solo. La esperanza es, casi por defecto, mesiánica. El creyente espera un libertador que, además, proporcione un porqué definitivo. El Mesías siempre ocupó el lugar de Dios. Y lo ocupó porque —y esta es la intuición de fondo del mesianismo— Dios no procede, ni puede proceder, ex machina. Ahora bien, por eso mismo, el último porqué siempre será un porqué sí —porque Dios quiso. Y aquí deberíamos tener en cuenta, si pretendiéramos captar el alcance del amor de Dios, que no hay querer que no sea sacrificial.

furor

febrero 28, 2026 § Deja un comentario

Puedo entender el furor iconoclasta. Pues sus raíces son proféticas. Es cierto que sin imágenes es difícil que lleguemos a incorporar —literalmente, hacer cuerpo de— lo que se nos reveló al pie de una cruz. Pero también lo es que caemos en la idolatría donde adoramos con devoción religiosa lo que la imagen nos sugiere. En este sentido, todas las vírgenes locales son intercambiables. Pues su función es satisfacer nuestra necesidad de contar con un amparo sobrenatural. Así, para que la imagen sea, cristianamente, relevante, hay que tener presente la historia que hay detrás, aquella que nos saca del quicio del hogar y, por extensión, del refugio. Solo entonces, los santos darán testimonio. De lo contrario, lo que sus imágenes logran es atarnos —todavía más— a ese quicio.

contra el principio de razón suficiente

febrero 27, 2026 § Deja un comentario

La rosa es sin porqué. De acuerdo. Pero, por eso mismo, también lo fue Auschwitz. Esta es, de hecho, la lección del libro de Job. Por lógica, todo tiene su razón de ser. Con todo, es posible que esa razón no sea, propiamente, una razón. El hágase original fue, en realidad, un Sí porque sí.

Israel, sin embargo, fue también —y sobre todo— Moisés: tras la revelación, la Ley, ese manual de resistencia ante Dios: primero obedeceremos y, luego, Dios dirá. Así, quien comprende la Ley, comprende que fuimos impelidos a la fraternidad por, literalmente, la impasibilidad de Dios. Más aún: que esa impasibilidad es, en realidad, el reverso de su amor.

lo presente

febrero 26, 2026 § Deja un comentario

La presencia del poder depende de sus imágenes. En la antigua Roma, todos sabían quién mandaba: la efigie del César era omnipresente. Y, por eso mismo, producía un clima, un mundo. En la cristiandad, no se dudaba de la existencia de Dios: el crucifijo, las vírgenes, las figuras de los santos, las catedrales… invadieron los espacios. Pocos se atrevieron a cuestionar la omnipresencia de Dios en tanto que, efectivamente, Dios se encontraba en cualquier esquina a través de sus representaciones. La creencia en Dios es, antes que nada, un asunto ambiental y, en definitiva, político. La secularización —la quema de las iglesias, la desnudez de los locales protestantes…— provocó un cambio climático. Una vez realizada, Dios dejó de estar en el presente. O, lo que es lo mismo, ya no pudo darse por descontado. Al desplazarse a la interioridad —al depender del sentimiento creyente—, Dios dio el último paso hacia la irrelevancia. Y es que el sentimiento íntimo, contra lo que suele suponerse hoy en día, es un sucedáneo de la experiencia.

Así, fueron llegando los impostores, con el propósito, no siempre deshonesto, de ganar cotas de realidad: los océanos, la energía positiva, la conexión astral… Evidentemente, aunque en algunos casos lo pretendieran, no consiguieron traducir a las nuevas categorías el viejo Dios del teísmo. Más bien, fueron distintos perros con el mismo collar. De hecho, resulta curioso, por no decir sintomático, que la catequesis cristiana, sobre todo la de corte progresista, haya renunciado a centrarse en la vidas de los santos para ofrecer, en su lugar, ninotets. Es decir, en vez de la paradójica verdad que se revela en los Gólgotas de la historia —y que atestiguan buena parte de los santos—, la promoción de los buenas vibraciones. Ciertamente, esto es importante. El problema es que, al final, la transmisión de la herencia se quede solo en eso.

En cualquier caso, lo cierto es que la muerte de Dios dejó al descubierto el hueso de la espiritualidad bíblica —y, por extensión, el del cristianismo. Pues dicha espiritualidad nunca hizo buenas migas con las imágenes. De hecho, cristianamente, la única imagen de Dios —y sin la cual aún no es nadie— es la de un crucificado en su nombre. Es cierto que no hay verdad que sobreviva históricamente sin el apoyo de una política, la cual, y extrañamente, solo podrá apoyarla falsificándola, esto es, pactando con el mundo. Pero ya no habrá política que valga para el cristianismo, salvo acaso la más perversa, la que, antes que falsificar la verdad, la traiciona. De ahí que su superviviencia exija que los cristianos tomen conciencia del carácter resistente de su fe frente al poder del mundo, una toma de conciencia que, ahora, solo podrá sostenerse sobre la base de las historias —humanas, demasiado humanas— que confieren inteligibilidad a las fórmulas del credo. O, al menos, es lo que me atrevería a decir.

dice el budismo

febrero 19, 2026 § Deja un comentario

Todo nos ha sido dado desde el horizonte del vacío, dice el budismo zen. Todo nos ha sido dado por Dios, dice el monoteísmo. ¿Dónde confluyen? En que la verdad de Dios es su vaciamiento de sí. ¿Donde se separan? No en la caridad a la que nos obliga el gran silencio —y esto es importante—, sino en lo que cabe esperar. En el caso del cristianismo, no la reencarnación —la purificación del karma, diría el hinduismo—, sino la resurrección de los muertos. En ambos casos, se trata de lo increíble. Sin embargo, para el cristianismo, lo increíble apunta a lo imposible en nombre de. Esto es, a una recreación. Y, por eso mismo, a un final de los tiempos. No es exactamente lo mismo que la rueda.

Así, no me atrevería a decir que la parábola de los ciegos y el elefante sea el mejor modo de comprender las discontinuidades entre las sensibilidades religiosas. Pues la esperanza cristiana no es, propiamente, un modo de palpar una realidad que nos excede por completo. Esto es, no es un hacerse una idea. El elefante, al fin y al cabo, es un Dios meramente formal, lógico, algo así como una variante del arkhé de los presocráticos. Poco que ver con un Dios que se revela como su porvenir.

más allá incluso de

febrero 13, 2026 § Deja un comentario

Me atrevería a decir que aún nos hallamos lejos de Dios, mientras sigamos creyendo que experimentar a Dios consiste en alcanzar la cima —o la profundidad— en la que el habita. Pues, en verdad, Dios siempre se encontró más allá de Dios.

Y quizá sea por esto mismo que Isarel comprendió, al pie del Sinaí, que lo decisivo con respecto a Dios no es la participación, sino la obediencia. Pues que ante Dios, estemos sin Dios, en el fondo, significa que, en nombre de Dios, hemos de enfrentarnos a su extrema inaccesibilidad. Como los huérfanos que deciden no abandonarse nunca.

dar razón

febrero 12, 2026 § Deja un comentario

Por lo común, el creyente permanece pegado a su mapa mental. Es decir, las cosas son —se dice a sí mismo— tal y como las siente. Hay un Dios que se preocupa por nosotros. Y cuanto más pegado, más satisfecho de su fe. Lc 18, 9-14.

Sin embargo, también se le pidió que diera razón de su esperanza. Y este es el asunto: que permanecer pegado supone un haber renunciado a la inquietud por la verdad. De hecho, la reflexión lo intranquiliza. Pues ¿acaso esta no exige tomar una cierta distancia?

Con todo, hay dos modos de distanciarse. Uno es el propio de la filosofía. El otro, el de quienes se encuentran en los Gólgotas de la historia. En ambos, Dios queda en suspenso, aunque esta suspensión —resulta obvio— no afecta por igual al filósofo que a los crucificados a causa de nuestra impiedad. En el segundo caso, el suspenso de Dios se experimenta en carne viva. Por eso, la reflexión altamente especulativa de quien ama la verdad solo será teológica si no la lleva a cabo en su nombre, sino en el de aquellos que se encuentran suspendidos. Como Dios mismo. Ahora bien, de llevarse a cabo, la creencia —mejor dicho, la fe— ya no tendrá como punto de partida el sentirse bien creyendo. Aunque tampoco hablamos de lo contrario.

creencia e interiorización

febrero 11, 2026 § Deja un comentario

Creer no consiste, exactamente, en permaneces pegados a la creencia. Y permanecemos pegados a la creencia cuando damos por sentado, por ejemplo, que Dios no espera con los brazos abiertos tras la muerte. En este sentido, la creencia a la que permanecemos pegados es el mapa mental que, habiéndolo interiorizado, nos facilita una orientación, un saber a qué atenernos.

Sin embargo, la fe —o la esperanza que constituye su envés— no se sostiene sobre un mapa mental. Pues el momento de la fe es aquel en el que los mapas mentales han sido hechos trizas. Ese momento es, literalmente, un momento crucial. De hecho, la esperanza nunca se nos dio como saber. Ni siquiera hipotético. Creemos. Esto es, confíamos. Y no porque sí, sino porque hemos sido testigos del acontecimiento de un perdón donde no cabía ningún perdón. O, en su defecto, porque nos fiamos de quienes han dado testimonio.

El nihilista, en cambio, no espera nada. El acontecimiento, sencillamente, caerá en saco roto. Sin embargo, frente a esta desesperanza, el creyente no cuenta con una previsión. En su lugar, un no debe caer en saco roto en nombre de. No es lo mismo. La genuina esperanza siempre anduvo sobre la cuerda floja. Aunque sea firmemente. La interiorización de la esperanza siempre dependió de un tener presente las historias que hay tras las fórmulas de la fe, no de lo psíquicamente conveniente.

a la espera

febrero 10, 2026 § Deja un comentario

Dice la Weil: creer es permanecer a la espera de Dios. De acuerdo. Pero esta espera ¿qué presupone acerca de Dios? Diría que, en principio, caben dos presupuestos. El primero apunta a la intervención ex machina de Dios. El segundo, a su existencia: ¿habrá, finalmente, Dios? Sin duda, ambos prejuicios están íntimamente relacionados. Pues el haber de Dios es indisociable de su poder. De ahí que la pregunta de fondo sea cómo esperamos que se ejerza.

Si ex machina, entonces ya podemos sentarnos —y ello aunque esta esperanza sea la más espontánea: ¿acaso el esclavo no espera, si fuese el caso, que alguien más poderoso que su amo le libere de sus cadenas? Y si digo que ya podemos esperar sentados es porque, desde el lado cristiano, la intervención de Dios es siempre a través de. Al fin y al cabo, el cristianismo fue, originariamente, un mesianismo. De hecho, solo el Mesías atestigua el haber de Dios. Por consiguiente, el permanecer a la espera de Dios equivale, cristianamente, a permanecer a la espera del regreso del Mesías.

Ahora bien, el creyente avant la lettre espera ese regreso porque se encuentra en medio de un combate de dimensiones cósmicas entre el imperio y sus víctimas. Esto es, no porque busque una satisfacción personal. Otro asunto es que aún lo crea. O pueda creerlo. Pues nuestro clima es nihilista. Y nihilismo significa: no hay —ni habrá— redención para las víctimas. Es decir, no esperemos ningún final de la historia, ninguna sentencia que no sea la que pronuncie el verdugo. De hecho, el cristianismo comenzó a bailarle el agua al nihilismo, una vez dejó atrás el espíritu combativo de los inicios, transformándose en una receta para obetner la salud espiritual.

En realidad, la fe, y por extensión la esperanza en un juicio final, siempre apuntó a lo increíble —e increíble por imposible. Quienes aún no comprenden que la fe en Dios tiene que ver con lo imposible en nombre de se hallan lejos de la fe. Y decir imposible no equivale a decir paranormal. Al menos, porque lo paranormal es posible… en tanto que es relativo a lo que en un momento dado se nos da como normal.

amigo, amigo

febrero 8, 2026 § Deja un comentario

No creo que la intimidad le convega a Dios. Al menos, tal y como se entiende fácilmente hoy en día, esto es, en clave sentimental. Pues uno termina dirigiéndose a Dios como quien habla con su psiquiatra —o, lo que acaso sea aún más relevante, con un chatbot. De hecho, en el evangelio de Marcos, el momento de mayor intimidad es cuando el enviado cae de rodillas en Getsemaní, clamando a Dios por Dios. Y ahí la proximidad coloquial del Padre no es que se diera, precisamente, por descontada. Quien da por descontado a Dios —y más, cuando se lo imagina— aún está lejos de haber experimentado la realidad de Dios. Nada que ver, por tanto, con el amigo invisible de la infancia.

suposiciones del más allá

febrero 7, 2026 § Deja un comentario

Dar por hecho, que la muerte es un tránsito, más que acercarnos a Dios, nos aleja. Pues, en ese caso, dejamos de estremecernos ante la posibilidad de que no haya ningún más allá. Y sin este estremecimiento —tan del Israel de los primeros tiempos—, fácilmente caeremos en la idolatría. La vida nos ha sido dada desde el misterio de Dios. Y, por eso mismo, dejamos a un lado a Dios donde lo damos fácilmente por descontado. Dios lo será todo, menos sedante.

efigies

febrero 6, 2026 § Deja un comentario

La presencia siempre viene cargada de contenido, presupuestos, paradigmas. Así, toda presencia se da en el marco de una cosmovisíón, cuyas coordenadas no se discuten. Y no se discuten —salvo acaso por los filósofos— porque hay imágenes que la refuerzan sólidamente: en Roma, la efigie del emperador era algo así como una constante gravitatoria; en la cristiandad, la cruz. La presencia siempre estuvo acompañada de la espada. O lo que es lo mismo, de una política —de una coerción. Una vez se derrumban las estátuas, solo quedan los afectos personales y la fantasía como salvaguardas de las viejas creencias. No debería extrañarnos que la fe, modernamente, haya terminado apoyándose en el sentimiento de una dependencia fundamental, tal y como sostuviera Scheliermacher. Un débil apoyo, sin duda. Pues conduce, fácilmente, a comunidades de iluminados. La fe devino, así, romántica. En este sentido, Schelling fue más lúcido al afirmar que el monoteísmo es un ateísmo. Como no dejó de serlo cuando añadió, si no recuerdo mal, que el ateísmo es el único punto de partida de una fe que no le da la espalda a la verdad.

nihilismo básico

febrero 4, 2026 § Deja un comentario

No hay el gran Otro que posea el secreto, ni que esté pendiente de nuestra suerte. Níngún símbolo ahí, salvo el proyectado. En su lugar, una ignotum X —un puro significante. Esto es, como sabemos, Lacan. Pero, antes de Lacan, fue Israel. ¿O acaso en Ex 3,14 Yavhé no se le reveló a Moisés como una fórmula pendiente de resolver? ¿Y acaso no la resolvió paradójicamente el cristianismo con el abandonado de Dios que se abandonó a Dios?

Dios es

enero 28, 2026 § Deja un comentario

Si Dios es el Dios que no quiso ser nadie sin el hombre, entonces Dios es, desde nuestro lado, el Dios que espera el hombre de Dios. ¿Desde el lado de Dios? El hombre de Dios que, como maldito de Dios, se abandonó a Dios.

paganismo y fe (1)

enero 21, 2026 § Deja un comentario

El paganismo —literalmente, una religión campesina— fue la creencia más espontánea: todo está lleno de dioses. Al fin y al cabo, la religión arraiga en el animismo. Hasta las piedras tienen un aura.

Por eso mismo, la fe de Israel —y, por extensión, la cristiana— es irreconciliable con la perspectiva pagana. Y es que el presupuesto de la fe, en tanto que esta consiste en permanecer confiadamente a la espera de Dios, es, precisamente, la desaparición de Dios. Donde Dios se revela como el Altísimo, el mundo deja de estar atravesado por poderes con los que nos vemos obligados a negociar.

Sin embargo, una vez el monoteísmo cristiano se impuso como obviedad política, la fe se transformó en el paganismo que inicialmente superó, aunque fuese con el motivo de un único dios. Tras esta vuelta a las andadas, la esperanza se convirtió en expectativa, el tener que responder al clamor de los hermanos que no cuentan en esa caridad puntual que nos hace sentir bien, el desquicio del profeta, en la admonición paternalista del pastor, el misterio de Dios —ese que roza el nadie— en el dios misterioso.

De ahí la importancia de la dogmática cristológica. Pues siempre cabrá la posibilidad de, al menos, volver a leerla con atención. De hecho, la crítica más radical de la cristiandad —de su docetismo implícito— se encuentra en dicha dogmática antes que en los atrabiliarios párrafos de Nietzsche. En ella y en la vida de los mártires. Pues, de hecho, la dogmática constituyó —y aún constituye— su clave hermenéutica.

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