bien pensado…

julio 11, 2023 § Deja un comentario

Que Dios se hiciera mortal —y para más inri: porque quiso—… ¿no es algo de por sí incomprensible? O al menos ¿no lo es para quien sepa qué significo ser un Dios? ¿Cómo fue posible que llegáramos a creer que un Dios podría amarnos hasta ese punto? ¿Acaso Epicuro no estuvo más cerca de dar en el clavo cuando dijo que los dioses no quieren saber nada de nosotros? El sacrificio de Dios ¿no nos liberó, precisamente, de su tremendo poder? ¿Es que esa inmolación no implicó, aunque ambiguamente, nuestro endiosamiento? ¿Dónde quedó el exceso de lo divino —la trascendencia— tras el Gólgota? La cristiandad puso encima de la mesa una solución ad hoc: quien se encarnó no fue Dios, sino su Verbo. Como si el hacerse cuerpo de Dios no afectase del todo a Dios… pues el Padre seguía en las alturas como si nada. De acuerdo. Ahora bien, la misma dogmática cristológica ¿no nos obliga a admitir que el Padre aún no es nadie sin la fe del Hijo —esto es, no supone tomarse en serio el como si nada? Y si esto es así —y diría que lo es—, entonces el cristianismo ¿no fue la respuesta a la muerte de Dios? Pues que Dios se revelase como amor —y como amor sacrificial— ¿no equivale a decir que Dios quiso morir para que el hombre que permanece fiel contra toda evidencia pudiera transformarse en el rostro de Dios —y, en definitiva, para que Dios pudiese resucitar como alguien? Más aún: ¿acaso esta voluntad de renuncia no es la voluntad que sostiene el mundo desde un principio —aquella que, de hecho, dio pie a la historia?

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